MADRID / Bach por Trifonov: concentrada e intemporal devoción

MADRID / Bach por Trifonov: concentrada e intemporal devoción

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 24-III-2021. XXVI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Daniil Trifonov, piano. Obras de Bach (incluyendo arreglos de Brahms y Myra Hess).

Cualquiera hubiera pensado en algunas de las múltiples (y bellísimas) Suites o Partitas, o incluso en el Clave bien temperado, para un recital como este, aunque es cierto que pianistas como Aimard o Sokolov, entre otros, han llevado al disco con éxito esa monumental partitura que es El arte de la fuga. De todas las obras de Bach para teclado (o que pueden llevarse al teclado), esta es, con seguridad, la más densa, compleja y exigente.

Lo es para el intérprete, sin duda, pero también para el público, del que se demanda una concentración creciente para absorber en toda su magnitud el complejo entramado dibujado por Bach. El Cantor escribió un tratado contrapuntístico tan magistral y asombroso como intrincado y hasta abstracto. Decía Trifonov, en la entrevista que publicó Scherzo hace unos días, que su estudio de esta obra ha sido realmente intenso durante los últimos dos años, concentrado sin respiro en ella hasta el punto de afirmar que “con Bach, el tiempo no existe”. No puede, desde luego, ser de otra manera. El arte de la fuga, o se estudia y trabaja con la concentración, devoción e intensidad adecuados, o puede perfectamente resultar un ladrillo indigerible.

Pero esta vez estábamos de suerte. Pocas veces como aquí el espectador se ve atrapado en una excepcional apoteosis de intemporalidad, transportado hacia lo más elevado de la música y de lo que ella significa y transmite. Más allá de lo que la partitura tiene de abstracción, más allá del asombro continuo al que Bach nos somete, más allá de que cada nueva voz, cada nueva combinación, cada nuevo tratamiento, aumentación, disminución, inversión, nos deje pasmados por lo que parece una perfección inalcanzable, está la capacidad, ya inverosímil, de emocionarnos, de que el intérprete, ultraconcentrado en el fruto de esa profunda reflexión, nos sirva la partitura en una forma en la que, en realidad, nos está diciendo, simplemente: “cierren los ojos, sientan cómo el tiempo se detiene, porque si algo es capaz de detener el tiempo, de triturar la estúpida superficialidad que tanto nos embrutece hoy en día, es esta asombrosa combinación de perfección y belleza que durante tantos años construyó Bach con su maestría irrepetible. Y, por cierto, emociónense, porque esa maestría para exprimir los recursos del contrapunto hasta los límites de lo posible no está reñida con el despertar de las más profundas emociones. Antes bien, está en su mismo origen. Más aún, dejen de preguntarse cómo es posible tan perfecta belleza. Es posible, solo hay que concentrarse y paladearla, para que ningún recoveco de sabor se nos escape”.

Cuando el intérprete ha madurado, como lo ha hecho Trifonov, una partitura como esta, con el grado de convicción, concentración, devoción (insisto) e intensidad con la que lo ha hecho, y cuando ese intérprete, como es el caso del ruso, domina de principio a fin con insultante facilidad los recursos del instrumento, podemos dar por seguro que lo que nos va a llegar de sus dedos es un jugo quintaesenciado que nos va a llevar, indefectiblemente, a afirmar, como él, que, efectivamente el tiempo con Bach no existe.

Inició el ruso la velada con una intensa traducción del dificilísimo arreglo para la mano izquierda que Brahms construyó, como un estudio, a partir de la Ciaccona de la Segunda partita para violín. Ya en ella Trifonov anunció lo que vendría después, porque desgranó la partitura con una magistral combinación de concentración, intensidad, expresividad y… sí, devoción. La intensidad fue tal que hasta cabe perdonar el exceso en forma de octavas (espectaculares, sin duda) no escritas en algunos compases del final de la partitura (exceso que también apareció en alguno de los contrapuntos finales de El arte de la fuga).

Sin levantarse siquiera afrontó Trifonov el primero de los contrapuntos (ofreció los catorce más habituales y omitió los cánones), y ya en él fue evidente esa hipnótica combinación de convicción, devoción y concentrada intensidad que nos tendría pasmados la siguiente hora larga. Uno tras otro fue desgranando Trifonov la compleja maraña bachiana, dotando a cada una de las fugas de una energía especial, desde el enérgico ritmo punteado del contrapunto 2 hasta la enérgica rotundidad del sexto, la vitalidad contagiosa del séptimo o la hermosa, jubilosa luminosidad del noveno. Pero también con muchos momentos de cuidada introspección, como en el primero de los contrapuntos, o de grandeza solemne como en el último.

Tampoco después de ello dio respiro el ruso. Y el cierre no pudo ser más adecuado, porque el arreglo (hermosísimo) de Myra Hess del tan conocido coral de la Cantata 147, que si nos acogemos a la versión inglesa se titula Jesús, alegría del hombre, dibujado con exquisita serenidad, sensibilidad en el canto y formidable diferenciación de voces, nos volvió a demostrar hasta qué punto es importante sentir y transmitir la devoción por esta música. Si, sin duda, con Bach el tiempo no existe. O se detiene, tal vez. Pero para que eso ocurra, la devoción por su música es imprescindible. Trifonov nos sirvió una palmaria demostración de ello.

El éxito fue enorme, pero, con buen criterio, el ruso no ofreció propina alguna. Hubiera sido impropio romper la atmósfera excepcional conseguida, y ese coral final ya había dicho cuanto había que decir.