MADRID / ‘Attila’: un Verdi bien explicado

Teatro Real, 14-5-2025. Christian van Horn, Artur Rucinski, Sondra Radvanovsky, Michael Fabiano, Moisés Marín, Insung Sim. Coro y Orquesta titulares del Teatro. Director: Nicola Luisotti. Verdi: Attila. Versión de concierto.
Obra poco frecuentada del joven Verdi en nuestros teatros, Attila se ha recuperado ahora en el Real dentro del abundante capítulo de versiones concertantes. Hemos podido escuchar la primera de las dos anunciadas y reconocer los valores que el joven compositor atesoraba ya en 1846, año del estreno en La Fenice de Venecia. Obra de juventud pero valiosa, reveladora de las facultades del Verdi de los ‘años de galera’. Las idas y venidas, los acontecimientos escénicos, la música, en algunos casos inspirada, no acaban de satisfacer y de evitar lagunas y lugares comunes.
La orquestación no posee siempre el refinamiento necesario ni el tratamiento de los personajes revela un estudio serio. Y las reacciones de unos y de otros a veces no tienen ninguna lógica. Todo es más bien simple, pero resultón. Como en tantas otras ocasiones, el gancho verdiano, su directa comunicatividad, prenden en el oyente por encima de exquisiteces o de verosimilitudes. Porque, además, el músico se lanzó con entusiasmo a la composición, como revelan estas palabras dirigidas a la condesa Maffei: “Mis amigos pretenden que ésta es la mejor de mis óperas. El público lo cuestiona. Y yo digo que no es inferior a ninguna de mis obras anteriores. El tiempo decidirá”.
Hoy sabemos que tanto el compositor como sus amigos se equivocaban. El juicio no hay duda de que se dirigía más a las intenciones que a la música resultante. Como afirma Baldini, “Attila debía ser un producto diverso y superior a cuantos Verdi hubiera compuesto con anterioridad”; algo que nacía del amor por el asunto, luego no correspondido por la realidad de los hechos, no ya por lo absurdo, lo confuso y lo improbable de las situaciones dramáticas, sino por la falta de pulso y de coherencia. Lo que no obsta para que en la ópera existan algunos pasajes reveladores de genio.
Un genio que se puso de manifiesto en esta versión de concierto del Real (una más) gracias a una interpretación muy plausible llevada de la mano imantada de Nicola Luisotti, uno de los grandes directores verdianos de la actualidad, que consiguió algunas de las cosas imprescindibles de cualquier acercamiento a la música de Verdi: mantenimiento de un constante y electrizante tempo-ritmo, aplicación de cuidadas acotaciones dinámicas, acompañamiento puntual a las voces y enaltecimiento del coro, tan importante en este caso con sus marchas guerreras y sus comentarios a distintas situaciones. El del Real (el Intermezzo) dirigido en la actualidad por José Luis Basso, volvió a mostrar sus galones, su reciedumbre, su variedad de acentos y, esto no siempre se logra, una impoluta afinación, puestas ya de manifiesto en sus primeras y guerreras intervenciones.

Un buen plantel de solistas hizo frente a las nada fáciles exigencias de la partitura. Mencionemos en primer lugar a Sondra Radvanovsky, que no tuvo, es verdad, una de sus mejores actuaciones madrileñas. Pero es que el papel de Odabella se las trae y pide esfuerzos -saltos de octava, variada coloratura, amplísima tesitura del grave al sobreagudo- fuera de serie, tantos como los de su precedente Abigaille de Nabucco. La soprano canadiense es una lirico-spinto o una spinto, no una dramática y menos una dramática de agilidad. En su aria de salida se vio muy comprometida: débil e insegura en los graves, tirante en los agudos y sobreagudos, indecisa en la afinación. Claro que la belleza ebúrnea de su timbre compensaba. Se fue asentando a medida que transcurría la función y cuajó a lo largo de ella alguna memorable frase, sobre todo en la parte final, poco explicable argumentalmente. Gran artista en todo caso.
A su lado, el Attila del gigantesco Christian van Horn (1978), hombre bien bronceado, mostró entidad, solvencia, presencia vocal y sentido musical sin alardes. Es un bajo de amplia tesitura, de timbre algo desvaído, falto de brillo, de redondez, de cuajo, pero cantó de manera musicalmente correcta. Brindó una buena interpretación de su conocida aria Mentre gonfiarsi l’anima. Sus dúos con el barítono (Ezio) fueron de lo mejor, gracias también al buen hacer de Artur Rucinski, voz noble y timbrada, dotada de un atractivo toque penumbroso que, curiosamente, se estrecha en la zona de paso. Pero matiza y colorea. Lo probó en sus dos arias.
Hemos encontrado mejor que otras veces al tenor Michael Fabiano, que en esta ocasión ha estado menos engolado de lo que suele ser habitual en él. Lírico expresivo antes que elegante o matizador, se mostró valentón y arrojado en su poco interesante papel de Foresto. Estupendos secundarios: Moisés Marín (Uldino), un tenor lírico al que hay que dar más oportunidades en papeles de envergadura, e Insung Sim (Leone), un bajo algo destemplado pero tonante. Todo ello, tras el remate de la obra -uno de los menos conseguidos de Verdi- promovió un justo y celebrado éxito. Programa de mano de excesiva austeridad que requiere -y ya es costumbre- del móvil para su incómoda lectura.
Arturo Reverter


