MADRID / Asmik Grigorian: las cosas en su sitio

Madrid. Teatro Real. 24-XI-2024. Asmik Grigorian, soprano. Henrik Nánási, director. Orquesta Titular del Teatro Real. Obras de Glinka, Chaikovski, Tigranian, Dvarionas, Rimski Korsakov, Dvorák, Puccini y Verdi.
Aplaudimos vivamente hace meses a Asmik Grigorian, soprano lituana nacida en 1981, con motivo de su interpretación de la parte de Rusalka en la ópera del mismo título de Dvorák, en aquella sorprendente y discutible producción de Christof Loy. Hoy hemos de hablar de ella tras la escucha de este interesante recital. Comprobamos de nuevo las características de su voz, la de una lírica con cuerpo, de centro amplio y bien moldeado, agudo seguro y adecuadamente proyectado, sonoro y rotundo; y graves no en consonancia: más bien débiles y faltos de entidad.
Con todo ello la cantante ofrece muy interesantes prestaciones gracias también a una técnica bien probada, a un firme apoyo a la nota, a un legato de libro, a una hábil manera de regular el sonido y conseguir así interesantes claroscuros. Agrada siempre recibir sonidos vocales bien articulados, redondos, sonoros. Grigorian maneja excelentemente los resonadores superiores a fin de obtener notas plenas, robustas, penetrantes. Sin que el suyo sea un timbre especialmente brillante, de raro metal; pero el squillo, la penetración en virtud de una excelente colocación suple ese aspecto.
Por lo demás, Grigorian es artista, dice y expresa con sentido, pronuncia con claridad y afina. No es una melodramática, guarda siempre la compostura, se mueve y acciona lo justo. Pero está lejos de ser impávida o fría. Dice a veces con ardor bien dosificado. Se pudo apreciar desde el primer momento con la interpretación bien medida del aria ¿Por qué estas lágrimas? de La dama de picas de Chaikovski, de quien ofreció más adelante el aria Si contemplas desde las altas cumbres de Nizhny de La hechicera. Y de quien bordó al final de la sesión la emotiva escena de la carta de Eugenio Oneguin (que, como es mala costumbre, no se anunció: no todo el mundo se sabe de memoria todas las óperas) mostrando los claroscuros del personaje, sus dudas y su entusiasmo. Fue un bis magnífico, estupendo cierre de un concierto en el que el público braveó a base de bien.
Interesantes y muy románticas a su modo las arias de Anoush del armenio Armen Tigranian y Dalia del lituano (como la soprano) Balys Dvarionas. Uno de los momentos más definitorios del concierto fue la interpretación (menos soñadora que otras) del conocido Canto a la luna de Rusalka, cerrada con un firme, sonoro y bien emitido Si bemol agudo. En el aria Sola perduta, abbandonata de Manon Lescaut de Puccini echamos en falta un mayor dramatismo, un desgarro más auténtico, una dimensión teatral más convincente. Puede que también en Un bel dì vedremo de Madama Butterfly, aunque expresó y dijo la parte recitada con mucho sentido. Cierre por todo lo alto (nuevo Si bemol).
Magistral la delineación, con fraseo exquisito, de la extraordinaria aria de Elisabetta de Don Carlo de Verdi, Tu, che la vanità, en la que sus cinco temas, que van floreciendo a lo largo de la pieza, se nos brindaron con la expresión, generalmente contenida, justa. En ella la cantante acusó la escasa presencia de sus notas graves. Pero el contraste entre unos episodios y otros fue espléndido. Hay que anotar aquí otra de las excelencias del arte de Grigorian: su habilidad para adelgazar la emisión en busca de pianos y pianísimos muy expresivos.
Para que todo, o casi todo, saliera a pedir de boca, la soprano contó con una orquesta en bastante buena forma y con un director que supo gobernarla y amoldarla a la situación o situaciones. Fue siempre atento y, en determinados momentos, especialmente comunicativo y fogoso: el húngaro Henrik Nánási, un juvenil cincuentón de pequeña estatura, ágil, movedizo, de batuta clara y expresiva. Expuso con buen tino además algunas piezas sinfónicas. Apreciamos especialmente la buena construcción y gradación de aconteceres en la sobada obertura de La forza del destino de Verdi. Menos afortunada y algo confusa la no menos célebre de Ruslán y Liudmila de Glinka.
Arturo Reverter


