MADRID / Arrollador Perianes con Beethoven en el Día Europeo de la Música

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 21-VI-2025. ¡Solo Música! VII: Beethoven ¡pianisimo!. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Piano y dirección: Javier Perianes. Beethoven: Los 5 conciertos para piano y orquesta.
Hace algo más de seis años que quien firma estas líneas reseñaba en estas páginas los dos conciertos en los que Javier Perianes, con la Filarmónica de Londres dirigida por Juanjo Mena, interpretaba en sendas sesiones los cinco Conciertos para piano y orquesta de Beethoven, algo que repetiría pocos días después en la capital británica. Si entonces me pareció ya más que meritorio el empeño en sí, ya se pueden imaginar la consideración que merece que esos cinco conciertos, en lugar de interpretarse en sesiones de días sucesivos… se ofrezcan en dos sesiones seguidas (tarde y noche) el mismo día. Semejante maratón es parte de esa aventura de ¡Solo música! que conoce esta vez su séptima edición y con la que se celebra el Día Europeo de la Música, de manera festiva y muy abierta a todos los públicos. De ese carácter festivo y abierto da fe el dispositivo que lo apoya, que incluye la proyección de los conciertos en la Plaza Rodolfo Halffter, justo en la entrada de la Sala Sinfónica del Auditorio, la presencia de un set de Radio Clásica, que transmitió en directo el evento y ofreció entrevistas e interacción con algunos de los asistentes, la grabación por TVE, que emitirá el evento en diferido (aunque cabe imaginar que en el muy inconveniente horario de costumbre) y la disposición de distintos mostradores donde los espectadores, al modo del Bach Vermut, pueden degustar comida y bebida en el hall del auditorio antes y en los descansos de los conciertos. Y para colofón, unos fuegos artificiales que redondean esa fiesta de la música… con la Música para los reales fuegos artificiales de Handel como fondo. No podía ser de otra manera.
El que suscribe recuerda como tour de force asombroso la interpretación, en la misma sesión (año 1977), de los dos conciertos de Brahms, por parte de un entonces pletórico Daniel Barenboim, con la Sinfónica de RTVE y García Asensio en el podio. Las características de las obras difieren mucho (incluso en la exigencia física), pero en cuanto a extensión y complejidad el miura al que se ha enfrentado Perianes en esta ocasión tenía los cuernos bien afilados. Los Conciertos de Beethoven (un Beethoven que, como oportunamente señala César Rus en las notas al programa y ha explicado de forma extensa y con su proverbial erudición Luca Chiantore en su valioso libro sobre el compositor de Bonn, no es concebible sin el piano), son piezas extraordinarias que, además de probar la evolución asombrosa del genio entre el inicio del ciclo (1794-5) y su final (1809), nos sorprenden con un torrente de inventiva y creatividad, y a menudo recuerdan el estupendo improvisador que era el gran sordo. Hay en estas obras mucha más fantasía de la que a menudo se cree y, más allá de las reconocibles y extensas cadencias del solista, especialmente en los primeros movimientos (siendo la mucho más breve del Emperador, que abunda sin embargo en otros pasajes muy libres, la excepción), son numerosas las ocasiones en que el genio de Bonn prescribe ad libitum o senza tempo, en sí mismas expresiones de esa libertad que forma parte esencial del contenido.

La música de estos conciertos nace en Mozart y, sobre todo en Haydn, cuya influencia es bien palpable en el primero de los conciertos escritos (nº 2 porque se estrenó después que el op 15, que consta como nº 1), pero el Beethoven más temperamental, en muchos momentos intensamente dramático, se presenta con rotundidad en el Tercer concierto, tan conectado con el K 491 de Mozart, por el que profesaba rendida admiración. Inefable el Cuarto, que según declaraba hace poco Perianes era especialmente favorito para él, y lo es también para quien esto firma. Desde el bellísimo, sereno e inesperado inicio del solista hasta el sorprendente contraste entre las temperamentales peroratas de la orquesta en el segundo que alternan, en impactante diálogo, con la melancólica tristeza del discurso solista, no hay un segundo de este concierto que no le deje a uno con la boca abierta. El Emperador, en fin, se embarca decidido, vibrante y grandioso, hacia el romanticismo más apasionado y exuberante, rotundamente afirmativo.
Javier Perianes es uno de los mejores pianistas del panorama actual, porque, más allá de muchos virtuosos espectaculares que frecuentan los escenarios, no es tan habitual encontrar, como sí lo hacemos en él, la mezcla de sensibilidad, excelentes medios, dinámica anchísima, muy rica en colores, exquisito gusto para el matiz y el canto, sobresaliente espontaneidad (alejada de cualquier aspaviento escénico), que le permite recrear con especial acierto esa fantasía variada que esconden estos pentagramas. No hay para el de Nerva lugar para la frase cuadrada o metronómica, y entiende perfectamente tanto la necesidad de un manejo sutil y variado de la agógica como lo imprescindible de los contrastes y acentos. Beethoven vive en el contraste, tantas veces abrupto, en las aristas que suponen los acentos rotundos, en la sacudida que tantas veces supone su singular dibujo rítmico (sirva tan solo la peculiar acentuación del Rondó del Segundo concierto como un ejemplo de muchos posibles), porque todo ello da fuerza y vida a su rico temperamento. Bien podríamos decir que el Beethoven de Perianes sabe ser vital y luminoso, pero también dramático y profundamente expresivo. Y todo ello es servido desde el teclado con un sonido bellísimo, lleno, poderoso cuando se requiere pero que jamás se asoma siquiera a las cercanías de la estridencia o la brusquedad. El canto más lírico y nostálgico, como en los segundos tiempos de casi todos los conciertos, muy especialmente de los tres últimos, encuentra en el onubense un traductor ideal, y bien puede ya apuntarse que esos movimientos lentos marcaron tal vez el punto más exquisito de una velada que fue, en todo caso, magnífica en su totalidad.

Asumió esta vez Perianes la dirección, o más bien concertación, como a él le gusta remarcar. Recurrió, además de los vientos y el timbal (no en el Segundo concierto, en el que Beethoven no lo emplea), a una cuerda razonablemente nutrida (11/8/8/6/4 me pareció contar, aunque en el programa figuraban 10 violines segundos) pero nunca espesa en la textura. Y planteó esa concertación, como desde el piano, de manera natural, marcando lo imprescindible, apuntando o sugiriendo aquí o allá, pero siempre cuidando de que la orquesta se fundiera en ese concepto ya apuntado donde los contrastes, las aristas, los acentos, llegan con claridad y energía. Quien esto firma tuvo la sensación de que los tempi, especialmente en los rondós, tendieron a ser más rápidos que los escuchados hace seis años, particularmente en el del Emperador, el único de los cinco en el que Beethoven añade ma non troppo a la indicación allegro, pero que aquí llegó con una rapidez fulgurante. Anotar que todos los rondós siguieron en attacca a los movimientos centrales, algo que no siempre ocurre (excepto justamente en el Emperador, en el que el compositor no da otra opción) pero que a quien esto firma le parece especialmente oportuno.
La primera velada, como en aquella ocasión, ofreció los tres conciertos centrales del ciclo (nº 2, 3 y 4). Ya el primer tiempo del Segundo Concierto anunció ese hermoso sentido del fraseo que dominaría toda la velada. Precioso, elegante, el canto del segundo motivo de ese movimiento (también en la parte orquestal), siempre cuidada la articulación y el pedal. La cadencia evidenció también la capacidad de extraer lo que de fantasía hay en esta música grácil y luminosa. Una maravilla, como ya se apuntó respecto a todos los tiempos lentos, el Adagio, respirado como debe, pero sin perder nunca de vista el ritmo. El tramo final fue especialmente bello, y baste apuntar el silencio sepulcral (¡por una vez!) con que el público del auditorio lo escuchó para probar que el clima creado era muy especial. Sonriente, grácil, luminoso el rondó, con ese ritmo singular antes descrito.
El Tercer concierto supone un salto dramático de gran intensidad. No sólo por su incursión en la tonalidad de Do menor (la misma que la del mozartiano K 491 comentado) sino por el propio carácter de la música, poco proclive aquí a amabilidades. Nuevamente Perianes supo dotar al movimiento de una acertada mezcla en la que lo temperamental se fundió con la fantasía, demostrando que se puede ser rotundo sin perder un ápice de belleza y fantasía. Especialmente bello el tramo final del primer tiempo. Emocionante la expresiva, reposada melancolía del segundo, y animado, precioso el rondó final, en el que abundan las semicadencias, bien aprovechadas por el onubense para extraer toda la libre fantasía que contienen. Este rondó, como los demás del ciclo, sirvió también para ilustrar otro punto importante: la variedad. Nunca repitió Perianes un estribillo de la misma forma. Supo dotar de enjundiosa diferenciación cada reiteración, huyendo de la monotonía con acierto.
No sé si será la coincidencia en la preferencia por el Cuarto Concierto, pero para quien esto firma marcó uno de los puntos más altos de la doble sesión. Desde el profundamente expresivo, sencillo pero reflexivo solo inicial, hasta esas frases exquisitas justo antes de la cadencia (magníficamente planteada), que respondieron perfectamente al requerimiento beethoveniano de dolce e con espressione, la música nos llegó de nuevo con esa dosis justa de temperamento, contrastes y fantasía. Y para contrastes, el bien evidente de la rotunda perorata orquestal del Andante con moto frente a la paz e invitación a la reflexión del solista. Tramo final dibujado con misterio y tensión, para dar paso de forma inmediata a un rondó trepidante, quizá un punto precipitado en algún pasaje, pero de un nervio contagioso en el Presto final.
La segunda velada, ya a las 22:30 y con algo menos de público, se inició con el Primer concierto, una página especialmente afortunada del ciclo, que combina con particular acierto una alegría vital, luminosa, decidida y que no abandona la sonrisa ni siquiera en la refinada elegancia de un movimiento central bellísimo. Lo entiende a la perfección Perianes, como hace seis años, y desde la estupenda introducción orquestal, trazó justamente el cuadro descrito, siempre apoyado en esas cualidades de fraseo comentadas antes de forma genérica. Una maravilla el Largo, maravillosamente cantado por el solista, y de nuevo con una hermosa traducción del pasaje donde Beethoven demanda queste note ben marcato. El diálogo con el clarinete en el tramo final del movimiento fue un momento muy especial. Precioso el sonriente y juguetón rondó. Otra de las cimas de la sesión.
Cerró la velada el Emperador, planteado por Perianes con una épica urgente, bien dibujada el brillante comienzo, con atinado color de improvisación, y después con adecuado, pero no hiriente, poderío en los pasajes de octavas. Para quien esto firma, lo mejor fue en este caso el tiempo lento, y muy especialmente el diálogo del solista con flauta y fagot en la parte final del mismo. Se comentó antes que la urgencia apuntada impregnó de forma especial el rondó, que tal vez se hubiera beneficiado, en términos de claridad y precisión, de un punto menos de velocidad. Con todo, energía y vibración contagiosa para un final brillante.

A lo largo de las dos veladas, a esa concertación de Perianes respondió de forma excelente la Orquesta de la Comunidad Valenciana, formación de notable cohesión y redondez sonora en todas sus familias. Hubo, sí, algún que otro pequeño desajuste con el solista, especialmente en el Emperador, concierto en el que encuadrar ciertos ataques es especialmente complicado cuando no hay director como tal, por la propia naturaleza de la escritura solista, que a veces fuerza el ataque preciso de la orquesta sobre el final de una escala fulgurante del piano. Pero que la idea orquestal esté tan bien fusionada con la desplegada por el solista es beneficio que supera con mucho esas mínimas imprecisiones.
El éxito fue de esos que no se ven a menudo. Incansables ovaciones y entusiasmo de un público que recibió con visible y comprensible alborozo la estupenda dosis de música bellísima que llegó en una interpretación sobresaliente. Y, de esa forma, el evento cumplió con creces el propósito para el que se ideó: una gran fiesta de la música. De las que renuevan el espíritu. Bravo por Javier Perianes, por la Orquesta de la Comunidad Valenciana y por el CNDM. Este séptimo episodio de ¡Solo Música! no ha podido ser mejor.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


