MADRID / Apoteosis de Afkham con la Nacional como preludio de la próxima gira

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 6-II-2026. Concierto sinfónico 14 de la temporada de la Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham. Solista: Pablo Ferrández, violonchelo. Obras de Turina, Schumann, R. Strauss y Falla.
El sinfónico 14 de la Nacional servía para ofrecer, al público madrileño, el mismo programa que la formación va a presentar en la próxima gira (entre el 23 de febrero y el 2 de marzo) por cinco ciudades alemanas y una (Linz) austriaca. Bajo la línea temática “Lugares e historias”, el concierto combinaba significadas obras de grandes compositores españoles (las Danzas Fantásticas op 22 de Joaquín Turina y la Suite nº 2 de El sombrero de tres picos de Falla, como homenaje al 150 aniversario de su nacimiento), en lo que parece ser carta perenne de presentación en las giras, junto a dos obras de grandes compositores alemanes, una concertante (el Concierto para violonchelo de Robert Schumann) y otra sinfónica (Don Juan, de Richard Strauss). El solista para la obra de Schumann era el madrileño Pablo Ferrández (1991), bien conocido del público español… y bien conocido en el Concierto de Schumann, que quien esto firma le escuchaba por tercera vez (la primera en 2016, también con la ONE, y la segunda, el pasado año, con la Sinfónica de la WDR en el ciclo de La Filarmónica).
Se refiere oportunamente Mario Muñoz en sus bien armadas notas al programa de mano al “inconformismo de la palabra”, señalando con acierto las conexiones literarias de las obras escuchadas. La tienen, en la novela La Orgía, del sevillano José Más, las Danzas fantásticas de Turina, nacidas para piano y llevadas luego a la orquesta, con evocación de distintas formas de danza (la jota en la primera, Exaltación, el elegante zortziko vasco en la segunda, Ensueño, y la alegre farruca andaluza en Orgía, la más conocida y exuberante de las tres). Ya dio en ellas el titular actual de la orquesta, David Afkham, la idea de que ha absorbido bien este repertorio y lo disfruta. Trazó un discurso de gran elegancia y buen impulso rítmico, y la orquesta, bien conjuntada y empastada, lució su clase, con buenas intervenciones de la madera y metales redondos y seguros.

Comenta Muñoz también una conexión literaria, con el poeta Anastasius Grün, para el Concierto para violonchelo de Schumann (conexión que al firmante al menos no le parece tan evidente como la de las demás obras del programa). Hilvanado de un trazo en apenas un mes, y con sus tres movimientos enlazados sin solución de continuidad, es una pieza no exenta de encanto evocador en el motivo principal recurrente del primer movimiento, pero el peso de ese movimiento en la obra se antoja, al menos al firmante, algo excesivo. Hay, claro está, fantasía, gran efusión lírica, no tanto arrebato, con algunos tutti orquestales que quizá pedirían más expansión, pero quedan casi sorprendentemente recortados. Quizá también pediría más peso el Langsam central, de gran belleza ya desde el diálogo inicial con la solista de chelos (en este caso la estupenda Monsterrat Egea). En cambio, a quien esto firma le parece algo corto de inspiración (comparado con los otros dos) el animado tercer movimiento, Sehr lebhaft.
Quizá por la propia obra, y por el hecho de haberla escuchado ya varias veces a Ferrández, el que suscribe hubiera agradecido que ofreciera otro de los hermosos conciertos para chelo del repertorio. La interpretación que ofreció el madrileño respondió a su gran categoría: sonido hermoso y con presencia, arco ágil, afinación generalmente precisa y articulación de gran nitidez, además de probada sensibilidad artística. Cierto es que el propio diseño de la obra sitúa al solista en una invitación a la fantasía, a cierta libertad en el trazo del discurso, y eso puede hacer que el encaje con la orquesta no sea siempre sencillo. Hay, por así decirlo, algunos momentos en que se abre la puerta a inflexiones imprevisibles de complicado encuadre. Pese a ello, Afkham y la Nacional consiguieron un acompañamiento de cuidado equilibrio y plausible ajuste. Solista y orquesta consiguieron lo mejor en el citado movimiento lento, con muy sutiles matices de ambos y bien dibujada cadencia del solista para encajar con el rondó final, culminado con un vibrante stretto final. El éxito fue muy grande y Ferrández ofreció un hermoso y no corto regalo: el Preludio-Fantasía de la Suite para violonchelo solo de Gaspar Cassadó (de quien, qué casualidad, escuchábamos el final de esta obra por Mario Brunello hace apenas unos días en Cáceres).

La segunda parte del concierto de abría con ese prodigio condensado que es el Don Juan de Richard Strauss, la obra maestra de un compositor veinteañero que dibujó una partitura exuberante, contrastada, de apasionado y vibrante comienzo (el temible dibujo de la cuerda que aterra a todo violinista), fogosa exposición del motivo asociado a Don Juan en las trompas, hermosos y evocadores guiños amorosos de violín (magníficamente expuestos por Valerie Steenken, siempre una garantía) y oboe, y un desolado final, que expresa la tragedia de forma tan elocuente como sencilla. Todo ello con origen (de nuevo la conexión literaria) en el poema de Nikolaus Lenau sobre la figura de Don Juan. Como todo el corpus sinfónico del compositor bávaro, la obra es de endiablado compromiso para todas las familias de la orquesta. Afkham se mueve en esas aguas con gran comodidad, como ha demostrado cumplidamente en todos estos años que lleva como titular de la Nacional. Dirigió con gran intensidad dramática, brío y estupendos contrastes una interpretación sobresaliente de este gran poema sinfónico, que tuvo apasionamiento cuando se necesitaba y delicadeza lírica cuando la música así lo exigía. Muy conseguida atmósfera en el clímax, en parte arruinada por una tos tan estentórea como inoportuna. Ofreció la orquesta una brillante y bien ensamblada respuesta a la demanda de su titular (que siempre saca el mejor rendimiento de la formación). Aplauso para todas las familias, y destacado para los trompas, seguros y brillantes en la comprometida exposición del tema del protagonista.
Está también presente la conexión literaria (Pedro Antonio de Alarcón, en este caso) en el trasfondo de El sombrero de tres picos de Falla, que no podía faltar en el programa y en la gira por el precitado aniversario. Del más famoso ballet del gaditano escuchamos la segunda suite, compuesta por tres danzas. Como antes en Turina, cada una recurre a un formato: las seguidillas (para la Danza de los vecinos), la farruca (para la Danza del molinero) y la jota (para la brillante Danza final). Aquí Afkham evidenció estar disfrutando del momento con gracia, ritmo e implicación, pero sin perder nunca de vista el mando eficaz y firme con que consigue un gobierno seguro de la formación. Los músicos se saben esta música hasta dormidos, y la presentaron con brillantez, entrega y perfecto ajuste. Qué rotunda redondez de la cuerda en la Danza del molinero, y qué brillantez de metales y percusión. El maestro de Friburgo, al que cabe augurar una gran noche en su ciudad natal con este mismo programa, dibujó con inteligencia y sensibilidad las inflexiones para que el trazo rítmico tuviera el gracejo necesario. De forma que la brillantísima jota final fue coronada de la mejor manera.

El público, que disfruta esta música a tope, explotó en un júbilo que no se ve tantas veces. El júbilo que presenciamos en las grandes tardes de la Nacional. En un gesto insólito, pero que encendió aún más el entusiasmo del respetable (y que probablemente sirve también de preparación para cuando se ofrezcan en la gira), llegaron las propinas. La primera, una preciosa y precisa interpretación de la primera Danza Española de La vida breve, del propio Falla. Alguien no pudo contener una apasionada exclamación de ¡Viva España! que la gente coreó con regocijo. La fiesta estaba servida. Y la vibración alcanzó el colmo con una vibrante traducción del conocidísimo Intermedio de La Boda de Luis Alonso, de Giménez. La electrizante página de Giménez es aplauso seguro, pero cuando se ofrece con la brillantez con la que se escuchó ayer (y a un tempo que, siendo rápido, era viable), toda una demostración de lo que esta orquesta es capaz de ofrecer en su mejor versión, el éxito viene en el menú. Más de uno comentaba al salir que cuando toquen esto así en Alemania aquello se viene abajo. No tengo duda de que así será. Porque cuando orquesta y director disfrutan (y eso, ayer, era palpable) es difícil que el público no lo haga. Deseamos que esta gira sea coronada por el éxito y que el público alemán y austriaco sea consciente de que aquí tenemos una orquesta (y llevo mucho tiempo diciéndolo) de más que notable categoría internacional. Y a su frente está un fantástico director.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


