MADRID / Andrè Schuen y Daniel Heide: desolado y expresivo viaje interior

Madrid. Teatro Fernando de Rojas, Círculo de Bellas Artes. 10-5-2026. Andrè Schuen, barítono; Daniel Heide, piano. Schubert: Winterreise.
Siempre agrada volver, una y otra vez, a este milagroso ciclo schubertiano, considerado por Benjamin Britten como una de las dos cimas de la música occidental junto a la Misa en Si menor de Bach, tal y como nos recuerda en sus prietas, sustanciosas y muy didácticas notas al escueto programa de mano Miguel Ángel González Barrio. Máxime cuando se nos ofrece en las mejores condiciones posibles. Es la forma de penetrar hasta el tuétano en esta incomparable obra maestra, a esta pintura de un paisaje interior.
La perfección con la que está aplicada la técnica del aguafuerte, con trazos nítidos y seguros, era puesta de relieve por Fischer-Dieskau, quien establece comparaciones con ciertas pinturas de Goya o de Rembrandt, en las que se pueden encontrar imágenes de parecida intensidad. Para describir los diversos estados anímicos, en los que suele estar presente una angustia general, salpicada por fugaces rayos de luz, Schubert utilizó los medios más concisos y profundos hasta el punto de esencializar más que nunca la parte pianística y eliminar todo tipo de adorno u ornamento superfluo de la vocal.
El magnífico y homogéneo conjunto de 24 piezas maestras, tan revelador, tan profundo, requiere unos intérpretes muy dotados, muy convencidos, muy variados, muy sensibles y muy sinceros. Los tuvo en esta ocasión. Ellos nos dieron a manos llenas todo lo que esconden y sugieren los pentagramas en un curso de bien hacer y que es demostrativo de una relación y una comprensión mutua de mucho tiempo. Schuen ha alcanzado, a sus 42 años, un grado inigualable de madurez. Barítono lírico de oscura proyección, adecuada extensión, hábil en los reguladores, matizador y expresivo, siempre dentro la máxima sobriedad. Cada lied, cada compás tienen con él su justa acentuación.
No es un decidor tan variado, colorista, detallista como, por poner un ejemplo famoso, Fischer-Dieskau. Se empareja más bien con artistas como, salvando distancias, Hotter o, dentro de los más modernos especialistas, Quasthoff o, más cerca de nosotros, Gerhaher (bastante más lírico) o Krimmel, este todavía en proceso de crecimiento. Nos solazamos con los matices, introspección, definición expresiva de Schuen, que se mostró muy serio y circunspecto en todo momento, sugerente, siempre en actitud seria. Pudimos así seguir, compás a compás, las reflexiones, tristezas, sinsabores y amarguras del personaje de Müller/Schubert.
El primer lied, Gutte Nacht, ya nos dio las claves de lo que iba a venir. Todos los sinsabores, reflexiones, amarguras y deseos de abrazar una muerte consoladora se nos fueron exponiendo, con las variantes y matices exigidos, a lo largo de los más de 60 minutos que dura la introspectiva narración, que pasa de la tristeza y pesimismo a una avistada y promisoria alegría en el lied nº 13, Die Post, único poema vital. Este arranque “feliz” de la segunda mitad va a hacer más dramático el proceso anímico que conduce hacia la absoluta desesperación, hacia el amargo desenlace.
Ahí tuvimos la sentencia definitiva, la necesidad del protagonista de abandonar el ingrato mundo en el que ha vivido y acompañar hacia lo desconocido al tañedor de zanfona, ese personaje que aparece en el lied nº 24 y que no es otro que la muerte acogedora. Sin perder el hilo, sin abandonar la eficaz y contenida expresión, siempre matizando y regulando el sonido, siempre acentuando las sílabas precisas, siempre ensimismado, Schuen recorrió todo el camino como arrobado y sentidor. Para ello contó con la inapreciable colaboración de su habitual pianista, Daniel Heide, ceñido a la línea vocal no como acompañante, sino como pareja indisoluble en una especie de unión hipostática.
Arturo Reverter
(fotos: Nacho Martín)


