MADRID / ‘Amanecer’, que no es poco

Madrid. Teatro Fernando de Rojas. 25-II-2024. Círculo de Cámara. Trío Arbós and Friends. Ferdinando Trematore (violín), José Miguel Gómez (violonchelo), Juan Carlos Garvayo (piano), Martina Alonso (violín), Paul Cortese (viola), Eduardo Raimundo (clarinete). Concierto-proyección de cine mudo. Amanecer (1927) de W.F. Murnau. Música de Stephen Prutsman.
El Círculo de Cámara sigue con su encomiable y bien recibida propuesta de ofrecer dentro de su programación habitual una sesión dedicada al cine mudo acompañada por música en directo a cargo del Trío Arbós y una serie de colaboradores. Un público de amplio espectro de edades y en buena parte familiar se da cita haciendo largas colas para vivir en el recoleto y encantador Teatro Fernando de Rojas una sesión de ésas que nos transportan a otros mundos. No deja de causarme cierta nostalgia pensar que este espectáculo, que empezó siendo tan popular que durante muchos años fue desdeñado por las clases medias y altas, ahora sea casi un refugio para iniciados. Sin embargo, el número de adolescentes y jóvenes congregados ayer me provoca alegría y me genera ciertas esperanzas. No es que crea que vamos a cambiar el mundo, no, pero sí creo que iniciativas como ésta son necesarias para que esa parte de la población –y concretamente los más jóvenes–, que ansía disfrutar de la cultura y que quiere cultivar su sensibilidad en todos los campos del arte, pueda hacerlo.
A estas alturas, no es necesario hacer la apología de esta obra maestra de Murnau que es Amanecer (Sunrise: A Song of Two Humans, en el original). Primera de las cuatro películas filmadas por el maestro alemán en EEUU cuando ya tenía una importante carrera tras de sí, aún asombra por la perfección y belleza de su fotografía, las sobreimpresiones y las transparencias para los efectos de recuerdos, los travellings impresionantes para la época, la complicadísima escena de la tormenta, o incluso la recreación completa en estudio de la ciudad. La trama es simple, sin duda, pero de forma extraordinariamente calculada, y además, en ella se incrustan mensajes sutiles. Nos encontramos ante ese gran tema de la historia del arte que ha atravesado los siglos y que es el menosprecio de corte y alabanza de aldea. La ciudad está representada, como tantas veces, por una mujer fatal que pierde al hombre (los operómanos estamos saciados con Traviatas, Manones y Cármenes) y el antídoto será la mujer pura del campo, en este caso, su esposa. La imagen de la mujer fatal paseando por el pueblo, como una representación de lo maligno es fantástica: no hay nada más inquietante que algo que no debe estar en un lugar concreto porque no le corresponde y sin embargo, parece que lo domina todo. El viaje a la ciudad no hace sino reforzar los lazos de ese matrimonio puesto a prueba por la seductora, pero (y ahí viene la sabiduría narrativa de Murnau) está claro que será siempre ella la que tenga que sacar a flote a la pareja si quiere sobrevivir, como se ve en dos momentos. Para consolarla y reconquistarla, el hombre decide regalar a su esposa un ramo de flores al paso que van por las calles, ramo que coge a una vendedora que está a la puerta de una tienda… de coronas funerarias. Buen presagio. Además se sirve del monedero de su mujer para pagar: lo que se dice, un completo. Y más tarde también será la infeliz la que pague el restaurante y encima, sonriendo: lo que se dice, una empoderada.
La música que pudimos escuchar ha sido compuesta ex profeso para este título por el pianista y compositor Stephen Prutsman, que tras una notable carrera como solista, decidió dedicarse preferentemente a la composición, faceta en la que es muy prolífico y le da a muchos palos. Entre sus dedicatarios se encuentran intérpretes como Yo-Yo Ma, Dawn Upshaw, Leon Fleisher o el Kronos Quartet. Sin duda se aprecia oficio para conseguir ciertos efectos, pero hay que decir que sin la entregada y eficaz interpretación del Trío Arbós y sus amigos, la música no habría lucido tanto. Aunque la cosa empezó de forma bastante prometedora con un tema fugado, como evocando esa canción para dos personas del título original, con una melodía bastante hermosa de corte brahmsiano al clarinete y cierto toque wagneriano al piano, después la partitura cayó en ciertas facilidades.
A gusto de quien suscribe, el compositor tira de minimalismo fácil en exceso, y ya sabemos que el minimalismo mal entendido tiene mucho peligro, porque da ideas a quienes tienen pocas: con un bajo insistente, unas notas tenidas, un arpegio repetido y unos armónicos, vamos que chutamos. Como Prutsman tiene oficio, como hemos dicho, no llega a tanto, pero sí que mantiene demasiado tiempo “ambientes” que, además, tampoco es que se adecúen demasiado a lo que se ve en pantalla. Toda la escena entre la manipulación de la mujer de la ciudad para que el protagonista mate a su esposa y su intento fallido por arrepentimiento se construye sobre un bajo ostinato del piano que alterna intervalos consonantes con otros disonantes (de preferencia aumentados, como a lo largo de toda la película, para generar “tensión”, suponemos) y resulta un tanto monótona en su propuesta. La parte que sucede en la gran urbe tiene momentos más interesantes, como el leitmotiv de la ciudad, que proviene del tema rítmico de la llegada del tren y está bastante bien empleado, o ese ritmo de cabaré a la Kurt Weil. El mejor momento, el de las campanas de la iglesia, con esa utilización en imitación del clarinete que es un buen hallazgo. Sin embargo, una nueva incursión en el minimalismo viene a fastidiar la parte de la feria, con dos acordes de séptima superpuestos y arpegiados que recorren el piano de arriba a abajo y sobre los que evolucionan más o menos los demás instrumentos. En cuanto a la escena de la tormenta, estuvo mejor resuelta e hizo uso de buenos efectos sonoros, de forma que fue seguramente la más apegada a la narración fílmica.
No nos queda sino alabar al Trío Arbós y a sus colaboradores que hicieron un muy buen trabajo sacando jugo de donde tampoco hay tanto y destacando los destellos y las buenas ideas de la partitura. Muy bien el clarinetista Eduardo Raimundo, que nos hizo disfrutar de la versatilidad de su instrumento. Tanto él como el viola Paul Cortese (fantástico sonido, por cierto) y la violinista Martina Alonso, se fundieron a la perfección con sus compañeros del trío en una prestación que pedía un texto más interesante.
Esperamos que así sea la próxima temporada en una nueva edición de cine mudo acompañado porque, justo es decirlo, el público salió encantado de lo que había visto y oído y deseoso de repetir.
Ana García Urcola


