MADRID / Alto voltaje con el brillante dúo Repin-Luganski

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 29-I-2024. XXIX ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Vadim Repin, violín. Nikolai Luganski, piano. Obras de Debussy, Grieg y Franck.
Vadim Repin (Novosibirsk, 1971) y Nikolai Luganski (Moscú, 1972), compatriotas y coetáneos, intérpretes de gran talento y brillantes carreras individuales, llevan años actuando también como dúo con cierta regularidad. El repertorio que ofrecieron en esta visita al ciclo de Grandes Intérpretes es el mismo que el de su grabación del año 2010 para DG, con la salvedad de que en esta ocasión se cambió la Sonata de Janáček incluida en aquel registro por la de Debussy que abría el recital.
Vadim Repin lleva tiempo instalado en la elite mundial del violín. Con varias buenas razones: extrae un sonido poderoso, lleno y de rico colorido de su Amati de 1664, con arco ágil y vibrato ajustado. Y, lo que es incluso más importante, es artista y músico de gran sensibilidad y riqueza de expresión. Nikolai Luganski, por su parte, es, creo haberlo dicho en ocasiones anteriores, un pianista formidable, de técnica y mecanismo de exquisita precisión y, sobre todo, como su compatriota, músico de enorme solidez y sensibilidad. Como el entendimiento entre ambos es fluido y perfecto, la velada despertaba altas expectativas. Digamos inmediatamente que las cumplió con creces.
El dúo mostró inmediatamente sus virtudes y conexión en la relativamente breve Sonata debussyana. El compositor impresionista tenía prevista una serie de Seis sonatas para diversos instrumentos, pero el proyecto quedó apenas mediado cuando murió, siendo precisamente la Sonata para violín y piano (1916-17) la última que logró completar. Dibujada con sugerente sutileza por ambos en su primer tiempo (con excelente sonoridad de Repin, pese a esporádicos momentos en que la afinación pudo ser más precisa, algo que aquí y allá ocurrió también en otros momentos de la velada), con fantasía y buen impulso rítmico en el segundo, y con brillantez y adecuados guiños zíngaros en el tercero, abierto con exquisita elegancia por Luganski, que logró también momentos de sublime levedad, con un respeto escrupuloso por la indicación pp léger et lointain prescrita por Debussy justo en el inicio, y culminada con brillantez por ambos, luciendo Repin una articulación de envidiable agilidad.
De dimensión algo más ambiciosa, la tercera y última Sonata de Grieg despliega toda una intensa pasión en el intenso Allegro molto ed appassionato. Desplegaron Repin y Luganski buenos contrastes entre los dos motivos de este movimiento, y un impulso contagioso general que alcanzó alto voltaje en la trepidante coda en Presto. Brilló Luganski en el inicio del segundo tiempo, con una exposición magistral, luego bien secundada por Repin, con un cantable estupendo. Con un impulso decidido, y con aromas por momentos cercanos a la danza, tuvo también intensidad el Allegro animato final, realmente trepidante en una coda arrebatada en Prestissimo.

Ocupaba la segunda parte esa partitura esencial del repertorio para violín y piano que es la Sonata de César Franck, dibujada como un ciclo magistralmente redondeado, con motivos del primer movimiento aludidos, aunque transformados, en los siguientes. Obra que crece en intensidad, desde la relativamente serena pero bellísima efusión del tiempo inicial hasta el incontenible, jubiloso impulso triunfal del último movimiento, impregnado de una grandeza a la que es difícil resistirse. Lució Repin un canto bello y expresivo en el inicio del Allegretto ben moderato, dejando que el segundo motivo fuera maravillosamente expuesto por Luganski. Apasionado, enérgico, el Allegro subsiguiente, y apropiadamente libre el Recitativo-fantasía, que respondió perfectamente a la indicación y llegó con bien dibujada expresión, con la tensión siempre bien graduada. Algo también perfectamente aplicable al crecimiento, bien planteado, del precioso Allegretto poco mosso final, exultante y grandioso, culminado de manera brillante por ambos intérpretes.
Habíamos asistido a una velada musical de muchos quilates y alta intensidad. El éxito, muy grande, estuvo en consonancia. Y llegaron las propinas. Para empezar, dos de Chaikovski, ambas anunciadas por Repin: el Vals-scherzo op 34, tocado con envidiable gracia y elegancia (aunque nuevamente la afinación de Repin, en algunas notas del inicio sobre la cuerda Sol, pudo haber sido algo más ajustada) y un arreglo para violín y piano del Aria de Lenski de la ópera Eugene Oneguin, en la que el violinista siberiano lució una vez más su exquisita capacidad de canto. No decaía el entusiasmo del público, y Repin decidió, tras un breve diálogo con su colega, ofrecer una tercera y última propina cuyo anuncio no pudo escucharse, tapado por las ovaciones. Lo que importa es que la música sí llegó a nuestros oídos: una chispeante lectura de la Polca para violín y piano de Alfred Schnittke, cierre alegre para una velada sobresaliente. No podía ser menos viniendo de dos grandes intérpretes que se entienden divinamente.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Valentina Moreno)


