MADRID / La jovencísima Alexandra Dovgan debutó en el Ciclo de Grandes Intérpretes

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 25-III-2025. XXX Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Alexandra Dovgan, piano. Obras de Beethoven, Franck, Schumann y Prokofiev.
Tras la cancelación a última hora del previsto Rudolf Buchbinder, pudo encontrarse reemplazo casi sobre la campana en la jovencísima rusa Alexandra Dovgan (Moscú, 2007), a quien podíamos escuchar hace bien poco con la OCNE y cuyo talento ha sido elogiado, entre otros, por el pianista al que esta vez sustituyó. Planteó Dovgan un programa que está interpretando estos días en otros lugares y que no evitaba obstáculos: Sonata op 110 de Beethoven, Sonata op 22 de Schumann, Preludio, Coral y Fuga de César Franck y Sonata nº 2 de Prokofiev. Casi nada para cualquier pianista, y mucho más para una joven adolescente.
Los retos del programa son diversos, porque si técnicamente no son pocos, musicalmente no son menos. El último Beethoven, con ese último tiempo entre lo doliente del Adagio ma non troppo y el júbilo final de la inversión de la fuga (Allegro ma non troppo) tiene mucha enjundia que desentrañar. Lo mismo puede decirse de la Sonata de Schumann, obra en la que ya el arrebatado impulso inicial (para el que Schumann pide un vertiginoso “tan rápido como sea posible”) da idea de lo que se viene encima, pero que también tiene un segundo tiempo que demanda una expresión profunda y no fácil (nada lo es en Schumann). La exige también, además de una notable capacidad de construcción, esa obra maestra de diseño cíclico que es la página de Franck, que además tiene evidentes resonancias organísticas que deben quedar adecuadamente recreadas. La Sonata de Prokofiev también demanda, más allá de la dificultad técnica, variada paleta de recursos expresivos, porque se mueve entre ramalazos de agresividad brutal y fases de notable lirismo, como en el andante.
Alexandra Dovgan mostró medios que anticipan, si el progreso es el adecuado, que puede convertirse en una gran pianista. Es importante el matiz último, porque demasiadas veces hemos visto (y seguimos viendo) a artistas muy prometedores cuya progresión se transforma en retroceso por sucumbir a ciegos empeños de carreras excesivamente aceleradas que sumergen al artista en un frenesí de conciertos que no deja lugar para el estudio, la reflexión o el análisis concienzudo. Y hay edades donde lo que procede es estudiar mucho y tocar recitales con cierta periodicidad, pero sin que lo segundo se interponga en el camino de lo primero. Uno recuerda el famoso retiro de Pollini cuando ganó el Concurso Chopin y se retiró un tiempo a seguir trabajando en lugar de lanzarse a la vorágine.
A Dovgan, los dedos le van, y como muestra basten los tiempos extremos de la Sonata de Schumann, culminados en un arrollador Prestissimo final. Maneja el pedal con general mesura y se adivina en sus maneras una artista capaz de muy buenos matices. Sin embargo, su poderosa sonoridad en el forte se vuelve a menudo demasiado dura, casi (o hasta sin casi) percusiva, algo que puede ir relativamente bien a algunos momentos de Prokofiev, pero no tan bien en otros de otros autores. Con los medios que tiene, Dovgan puede llegar a conseguir un sonido que, sin perder presencia y poderío, tenga otra redondez y belleza, posibilite diferenciar mejor la dinámica más allá del mf, sin que cualquier matiz incurso en el forte parezca un fortissimo o un triple fff con una cualidad demasiado endurecida. Pero obviamente eso solo llegará con trabajo, constante y de largo recorrido, sin dejarse dominar por un ansia (por lo demás quizá comprensible ahora) de no quedar corta en el volumen.
Musicalmente no puede sorprender que el discurso, en la op 110 de Beethoven se antojara en muchos momentos tan correcto en la letra como lineal en la expresión, especialmente en ese intrincado tiempo final, donde el arioso dolente se funde con una primera fuga, retorna algo transformado y aboca a la inversión de la fuga que culmina en una exaltada explosión final. Tuvo ésta, sí, arrebato de energía (incluso casi rozando cierto atropello final), pero el citado arioso dolente se antojó excesivamente metronómico, falto de ese ambiente especial que crea el compositor de Bonn. Los compases, tan trascendentes, de transición a la inversión de la fuga, carecieron justamente de eso, de tensión y trascendencia.
La Sonata de Schumann tuvo buena dosis de energía y virtuosismo (con los matices ya apuntados en cuanto a la cualidad un tanto dura del sonido en el forte) y no ahorró en voltaje en el vertiginoso final del primer movimiento. Decayó un tanto la tensión en un andantino un tanto lineal y corto de inflexiones. Algo literal también el scherzo, y muy vivo el rondó final, con un discurso no siempre nítido, aunque sin duda consiguió elevar la tensión con la coda en Prestissimo arrolladora. Terminó, dicho sea de paso (y otra vez, porque van unas cuantas) el piano pidiendo la hora. Y el repaso durante el descanso ayudó, aunque no lo suficiente como para que la afinación no terminara de nuevo resintiéndose al final del recital.
A quien esto firma le dejó un tanto frío la lectura, de nuevo correcta pero bastante gris, de esa preciosa obra que es el Preludio, Coral y Fuga de Franck. El Preludio se antojó corto de expresividad y fantasía, con un discurso que parecía un tanto encorsetado en una rigidez metronómica y con una sonoridad en ocasiones algo áspera. El Coral, en este sentido, nos lleva en sus dibujos de majestuosos arpegios a la resonancia del órgano, pero no llegaron esos ecos en esta ocasión, con rudezas palpables en la gama ff-fff. La Fuga tuvo plausible claridad de exposición, pero también adoleció de las rudezas citadas. El pasaje en el que Franck indica come una cadenza pareció expuesto con rigidez.

Pese a algún exceso en el énfasis dinámico (algún mf convertido en f o más), la Sonata nº 2 de Prokofiev, una música de notable vibración rítmica, con saludables pasajes casi juguetones (pero de endiablado virtuosismo), fue probablemente lo más logrado del recital en cuanto a concepción, como si Dovgan hubiera aprehendido de forma más completa la intención expresiva de su compatriota. Algo quizá esperable, porque la obra es de un Prokofiev veinteañero, una edad que no le pilla a Dovgan muy lejos. Esos pasajes más sonrientes, como algunos del primer tiempo o el fulgurante Scherzo, nos trajeron probablemente lo mejor de Dovgan. Fue de nuevo el movimiento lento, en el que Prokofiev demanda en alguna fase con tristeza o con el bajo tenebroso, el que quedó más corto de vuelo expresivo. Vibrante, aunque asomándose en algún momento a una cierta precipitación, el Vivace final.
El público, entusiasmado ante un virtuosismo que si siempre es espectacular lo es más en manos de una adolescente, premió con grandes ovaciones a Dovgan, y obtuvo un doble regalo chopiniano. El Andante spianato y Gran Polonesa brillante (no es cualquier cosa como propina) y el Vals op 64 nº2. Los parámetros fueron parecidos a los comentados para el resto de la velada, con un Andante de solo relativo encanto, una Polonesa de estimable impulso rítmico (con alguna rotundidad excesiva en ciertos momentos) y un Vals en el que la aceleración del tempo, bien manejada al principio, tendió a desbocarse al final. Recital apreciable el de esta joven rusa, sin duda muy dotada. Hay que confiar que el tiempo le lleve a discursos más expresivos y sonoridades más cuidadas.
(fotos: Álvaro Panda)


