MADRID / Alexander Malofeev, otro portento de la escuela rusa

Madrid. Teatro Fernando de Rojas (Círculo de Bellas Artes). 9-III-2025. Círculo de cámara. Alexander Malofeev, piano. Obras de Schubert, Kabalevski, Janáček, Liszt y Scriabin.
La presentación en Madrid del joven pianista ruso Alexander Malofeev (respetemos la transcripción, inexacta para el castellano) ha sido todo un acontecimiento. La palabra extraordinario no sobra, acaso es insuficiente. Malofeev va con el siglo, por decirlo así. No sé si ha cumplido aún los veinticuatro años y demuestra una madurez artística que parece extenderse a todos los repertorios. Pero también parece que hay una preferencia por la escuela de compositores rusos que escribieron para virtuosos de la gran escuela nacional.
Así lo demostró al desgranar la bella y, sobre todo, intrincada Tercera Sonata de Kabalevski, compositor no habitual en Occidente, uno de los pocos (dicho sea de paso) que se salvó de la gran represión de músicos en 1948. Esta obra abunda, como las otras dos sonatas, en valores mínimos y en aceleraciones. Es para virtuoso de grandes habilidades, pero posee su propia dramaturgia, por decirlo así; es una situación defendida por crecimientos y detenciones concretos, para unos dedos que no son magia, sino una mezcla de trabajo abrumador y facilidad natural, eso que siempre ayuda y nunca es del todo suficiente.
Una figura como Malofeev es precisamente resultado de mezcla así. Su extraordinario, apabullante Kabalevski llegaba después de un tríptico schubertiano (Tres piezas D 946) tocado a la manera para nosotros inhabitual de aquella escuela, en la que lo cantábile se pone al servicio de un concepto que no sabría definirles, pero que nos es parcialmente ajeno, entre el drama y la filosofía, más bien impura por ser algo intrusa en la secuencia. Este Schubert tan original para nosotros y el extraordinario Kabalevski redondearon una primera parte que elevaba expectativas al ya soberbio programa; quedaban Janáček, el Liszt de las Armonías, el Scriabin de los Preludios y la Fantasía op. 28…

Malofeev, por alguna razón, emparejó sin pausa la serie de Janáček, En la niebla, cuatro piezas íntimas y expresivas, con las piezas de los Funerales de Liszt, unos doce minutos de esa secuencia bellísima que raras veces oímos en vivo, las Armonías poéticas y religiosas. Tuvo el solista lucidez de concepto para evitar la tentación tardorromántica que amenaza siempre a las pocas obras que Janáček compuso para piano solo; y las cuatro piezas de En la niebla tienen más relación con inspiraciones francesas que con supervivencias ajenas a la púdica introspección que supo extraer Malofeev. Y de ahí dedujo el solista la continuidad de los Funerales de Liszt, cuyos doce minutos se desenvuelven en diez piezas mínimas que conforman un todo grave y también retenido, sin más exaltaciones que las necesarias (por muy subjetivo que esto suene), con una extraordinaria exigencia para el virtuoso, que de nuevo ha de enfrentarse a valores mínimos, a crecimientos, y a ápices dramáticos que ponen a prueba el sentido de la medida de un solista.
Scriabin es un valor irrenunciable para la escuela rusa, por mucho que se ponga Stravinsky, tanto por la continuidad de la escuela de virtuosos como por la no siempre mesurada exaltación tardorromántica. Y siempre la carrera de los valores mínimos para dedos, manos que parecen volar. El llamado “Chopin ruso”, por encima de chovinismos, llevó a cabo una síntesis del pianismo del XIX que tendría frutos tempranos en el joven Prokofiev. Entre la contemplación (limitada) y el arrebato (bien conducido), el Scriabin de Malofeev (Preludios op. 22 y Fantasía op. 28, obras fin de siglo) pudo ser el gran fin de fiesta de esta demostración asombrosa, la de un pianista joven, riguroso, inspirado, de increíble entrenamiento y rico en concepto. Pero llegaron cuatro bises que impresionaron al público hasta convertir lo que había sido un gran éxito en una pequeña apoteosis (pequeña por la sala, no por el fenómeno mismo).
Ahí estaba el endiablado Prokofiev, ahí estaba Rachmáninov, pero gracias a que nos lo apuntan podemos dar referencia de esas cuatro propinas que el virtuoso dedicó a un público conquistado: un Nocturno de Glinka, la Toccata op. 11 de Prokofiev, una Canzona de Medtner y, en fin, el Preludio op. 3 nº 2 de Rachmáninov, obra temprana que ya evidencia un genio. Scriabin, Rachmaninov y Prokofiev son muestras del tipo de compositor ruso que compone para su propio virtuosismo, como hacía Liszt. Este recital del extraordinario Alexander Malofeev fue eso, si bien fue mucho más, porque esos cuatro nombres parten del virtuosismo para volar muy alto, como voló Malofeev.
Santiago Martín Bermúdez
(fotos: Nacho Martín)


