MADRID / Aimard abraza a Boulez y lo hace clásico en el Reina Sofía

Madrid. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Auditorio 400. 31-III-2025. Pierre-Laurent Aimard, piano. Obras de Ravel y Boulez.
Será seguro una de las imágenes más emotivas de la presente temporada musical. Con ella se despidió de Pierre-Laurent Aimard el público que llenó el Auditorio 400. Con la del pianista francés abrazando (literalmente) la partitura de las Douze Notations de Pierre Boulez que había ofrecido como propina de su concierto. Una música esta que está entre las más accesibles del francés (tanto la versión para teclado como la colección orquestal) y que se incardinaba de manera clarividente con la obra que la había precedido en la escucha, Gaspard de la nuit, de Maurice Ravel.
Quizás a lo largo y ancho del Gaspar, intercalada entre Ondine o Le Gibet, e incluso (apretando un poco más la posibilidad) en medio del cromatismo agigantado del tercer tiempo, Scarbo, podrían colarse pasajes de las Notations boulezianas. Uno y otro compositor no solo coincidieron en una caligrafía musical similar; de otro modo, Boulez parece estirar hacia el futuro las posibilidades que Ravel (¡y Debussy!) expusieron en sus obras pianísticas. Aimard demostró, como tantas otras veces en concierto y en discos un total control sobre Ravel, dígase control; comprensión de la estructura y, a partir de ahí, capacidad de emocionar, de conducir la escucha sin necesidad de ornamentaciones. Sonará machacado, pero una y otra vez hay que ver en su Ravel a un compositor del siglo XX, no a un heredero del XIX. De ahí el rigor intelectual de Le Gibet, lento, rico en tensión y con una coloración vía pedal magnífica. Ondine, en cambio, resultó más evanescente de lo que tal vez se hubiera anticipado; pese a su diáfana sucesión de compases, optó en ella por un tono más oblicuo, más deslizante. Tampoco con Scarbo robó dramatismo; lo hubo más desde el encrespamiento y la amenaza que desde el ensimismamiento virtuoso.
Antes había abordado Incises, una pieza inicialmente de concurso que luego creció y acabaría siendo la semilla de la triplicadora Sur Incises. Aimard comprendió perfectamente tanto la insistencia de las notas repetidas como su estilo decadentista, que recoge taimadamente las esquinas más afiladas de su más temprana Sonata nº 1, que interpretó en la primera parte. En el año 1946 Boulez entendió el piano a la manera de un Webern hiperactivo; las frases se dan como a ráfagas y las notas salpican, horadan más bien, el pentagrama de manera espasmódica. El pianista deduce acertadamente que una obra como esta fue feroz hace mucho tiempo, pero incluso hoy, debe sonar a cesura; sería ilógico intentar domarla o aportarle una calidez de la que se defiende a dentelladas. Esto no entra en regañina con lo que hizo Aimard en el Auditorio 400; teatralizarla en la ejecución (sin aditamentos, su dificultad salta con solo verle ocuparse de dar las notas), mantener una tensión insoportable, dramática y, algo esencial (sustancial, recalquemos, hoy, en su estreno no lo era en absoluto): modelar el sonido. El pianista dio color a las notas, las enfatizó, otorgó al pedal un papel poderosísimo (lo haría también en la resonancia culminante larga y sobrecogedora de la Notación nº 12); lo hizo clásico. No por suavizar nada, sí por darle una razón musical a esta virulenta gema; que tan bien se auto explicaba enmarcada por Ravel.
Con Miroirs Aimard ofreció un pianismo serpenteante y distinguido; puede que no especialmente poético -la Alborada del gracioso, en modo Argerich, fue airada y sorprendentemente seca, enfadada- pero sí atmosférico gustándose en lo lóbrego (Noctuelles) cuando no en lo aún más tenebroso (Oiseaux tristes). Carta en una botella al CNDM: Que vuelva pronto Aimard a las Series 20/21 y que lo haga con la que quizás sea la obra más imponente de cuantas ha estrenado (tómese esta aseveración con prudencia): …selig ist…, de Mark Andre, dada a conocer en las pasadas Jornadas de Nueva Música de Donaueschingen.
Ismael G. Cabral
(fotos: Rafa Martín)


