MADRID / Afkham y la Nacional: El ‘Fausto’ de Schumann, de vuelta tras casi 20 años

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 13-VI-2025. Concierto sinfónico 24 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Director del coro Nacional de España: Miguel Ángel García Cañamero. Pequeños Cantores de la ORCAM. Directora: Ana González. Solistas: José Antonio López, barítono (Fausto / Pater Seraphicus / Doctor Marianus). Nikola Hillebrand ( Margarita / Una Poenitentium / Solos), Mari Eriksmoen (Inquietud / Ángel novicio / Penitente / Magna Peccatrix / Solo), sopranos. Paula Murrihy ( Insolvencia / Maria Aegyptica / Mater Gloriosa / Solos), Maite Beaumont (Escasez / Penitente / Mulier Samaritana / Solos), mezzosopranos. Jeremy Ovenden (Ariel / Pater Ecstaticus / Ángel más perfecto / Ángel novicio / Solos), tenor. Alastair Miles (Mal Espíritu / Mefistófeles), David Steffens (Pater Profundus / Ángel más perfecto / Solos), bajos. Solistas del Coro Nacional de España: Xabier Pascual, Diego Blázquez, tenores. Francesca Calero, Margarita Rodríguez, Patricia González Arroyo, sopranos. R. SCHUMANN: Escenas del Fausto de Goethe WoO 3.
Encuadrado en el hilo temático “Romanticismo indómito”, el vigesimocuarto concierto sinfónico de los conjuntos nacionales, con el que clausuran su temporada en Madrid, se dedicaba a las Escenas del Fausto de Goethe que Robert Schumann comenzó a escribir en 1844 y completó en 1853, apenas tres años antes de su muerte y uno antes de su intento de suicidio en el Rín en 1854, ya muy afectado por la enfermedad mental que contribuiría a su triste final. El concierto, además, servía de homenaje al violinista de la orquesta Roberto Guido Salerno Ríos, que se jubila próximamente.
El Fausto de Goethe, una de las grandes piezas de la literatura universal, nos lleva a una tragedia en la que se mezclan ciencia, religión, ambiciones, pasión, seducción, el bien, el mal, dilemas de elecciones con dramáticas consecuencias, algo que Francisco Ayala describe con acierto: “todo lo que acontece a Fausto a lo largo del poema no constituye su tragedia: su tragedia no es algo en que se realiza su vida, sino que es precisamente la vida misma“.
La fuerza inspiradora del personaje y del texto magistral de Goethe han tenido numerosas e importantes consecuencias en la literatura musical. Desde algunos lieder (Margarita en la rueca de Schubert) hasta grandes sinfonías (la Octava de Mahler, con la que la Nacional cerraba su temporada hace un par de años, como oportunamente recordaba Félix Palomero en un video de introducción a este concierto, o la Sinfonía Fausto de Liszt), pasando por óperas (el Fausto de Gounod o el Mefistófeles de Boito) o partituras que se acercan al género del oratorio profano o adquieren formatos peculiares (La condenación de Fausto, que su autor, Héctor Berlioz, subtituló como “leyenda dramática”). Las Escenas del Fausto de Goethe de Robert Schumann se aproximan más bien a ese formato de oratorio profano. Dividida en tres partes y considerada como la cima de los logros de Schumann en el ámbito de la música dramática, creo que acierta José Luis García del Busto al destacar la partitura como “de lo más representativo del mundo interior y de la creatividad musical de Robert Schumann”, sin dejar de reconocer que, como señala el mismo García del Busto, “no es una obra redonda”.

En efecto, quizá por sus problemas de salud, quizá por el hecho de estar escrita a ráfagas, queda uno con cierta sensación de que también la inspiración ocurrió, en esta ocasión, a ráfagas. Recuerda oportunamente el propio García del Busto las palabras del llorado Domingo del Campo cuando la Nacional interpretó esta obra en 1983, con dirección del también añorado Jesús López-Cobos, penúltima vez que lo hicieron los conjuntos nacionales antes de la ocasión que se comenta ahora (véase nota al final de la presente reseña). Escribía Del Campo “la universalidad del poema, con sus ingredientes épicos, líricos, narrativos, filosóficos, científicos, mágicos, etc., lleva en sí el estigma de la disparidad y la dispersión, y la sumisión al análisis y a la disección. Su evolución, tan abrupta desde el tono doméstico, rapsódico, al modo de una vieja balada de la primera parte a la complejidad intelectual y a la vez esotérica de la segunda, dificulta un tratamiento musical coherente del conjunto”. No le faltaba razón al añorado colega y cofundador de Scherzo, y quizá todo ello influye en esa falta de redondez antes comentada.
No es la Obertura, último fragmento de la obra en completarse, la más atractiva de las páginas sinfónicas de Schumann, ni una que realmente nos introduzca con intensidad en el drama que sigue. Sí lo hacen otros momentos, como la Muerte de Fausto o algunos números de la tercera parte, (el quinto, Aquí la visión es libre, de una manera especial, pero también el tercero, Como el despeñadero a mis pies), de muy bella factura. En otros (algún pasaje de Medianoche) parecen percibirse ecos de su querido Mendelssohn, aunque sin terminar de cuajar. Partitura, además, exigente en la escritura, nunca fácil, del compositor alemán, con un elenco vocal que como poco demanda siete cantantes (aunque en el concierto que se comenta se escucharon ocho solistas más cinco adicionales pertenecientes al Coro Nacional), además de coro mixto y coro de niños. La plantilla orquestal es extensa pero no masiva, incluyendo 3 trombones, 4 trompas (dos de ellas, naturales), 2 trompetas, tuba, arpa, maderas a 2, cuerdas y timbales.

David Afkham se mueve mejor que bien en el repertorio romántico centroeuropeo. Armó su interpretación con la solidez constructiva que le caracteriza, el mando siempre firme y claro, el discurso sólido, dibujado con sensibilidad y fluidez. La obra, dado lo infrecuente de su programación y el hecho de que no figuraba en los atriles de la Nacional desde hace casi veinte años, era, con toda probabilidad, nueva para buena parte de sus componentes actuales. Ese factor, unido a su longitud y complejidad, explica tal vez que el maestro pareciera especialmente preocupado por lograr el ajuste adecuado, algo que, en líneas generales, y salvando alguna indecisión puntual (entre otros lugares, en la citada Obertura, también en el segundo número de la segunda parte, Medianoche), consiguió con general acierto. Estos tiempos limitados de ensayo que tenemos hoy en día, cuando se trata de obras no habituales, difíciles y de curso relativamente prolongado, dejan poco lugar a las exquisiteces. Con todo, el titular de la Nacional, como estupendo director que es, logró sacar excelente partido a momentos como la comentada Muerte de Fausto, con una notable intensidad dramática cuando el protagonista enuncia “Y presintiendo tan elevada dicha el supremo momento ahora disfruto”, el también apuntado Aquí la visión es libre, estupendamente trazado por el maestro, y con lucidas intervenciones de oboe y arpa, apoyando al barítono José Antonio López que, esta vez en el papel de Doctor Marianus, es requerido por Schumann en el penúltimo compás para subir hasta el sol4. Bien conseguida también la evanescente conclusión de la obra, tras la reiterada exaltación sobre las palabras “el eterno femenino nos empuja a lo alto”.
La respuesta de la Nacional fue, en general, estupenda, como suele serlo a las órdenes de su actual titular, capaz de extraer lo mejor de la formación. Lo mismo puede decirse del coro, bien empastado y por fortuna no tan exigido en esta partitura como lo fue en la Missa Solemnis. Magnífico rendimiento, como también es habitual, de los Pequeños Cantores de la ORCAM (con mayoría femenina abrumadora, por cierto; apenas dos niños en el conjunto). Sirva como ejemplo su estupendo “Gozosos lo recibimos en estado de crisálida”, en el cuarto número de la tercera parte.

El barítono murciano José Antonio López, con su voz noble y bien timbrada, de presencia suficiente, aunque no apabullante, encarnó un Fausto convincente y, posteriormente, también unos notables Pater Seraphicus y Doctor Marianus. Lo mismo puede decirse también de la soprano Nikola Hillebrand, que posee una bonita voz, buenos matices y colores para una Margarita que se antojó sensible y acertada. Más que notable el bajo (no tenor, como erróneamente señalaba el programa de mano) Alastair Miles, de suficiente intención malévola en su encarnación de Mefistófeles y el Mal Espíritu. Excelente su intervención, en este último papel, en la Escena en la Catedral, en la que Afkham consiguió buena intensidad dramática en un rotundo Dies Irae, y también la culminación (esta vez como Mefistófeles) en La muerte de Fausto, sobre las palabras “el viejo yace aquí sobre la tierra”. Solvente, aunque sin especial impacto, el otro bajo, David Steffens, como también el tenor Ovenden. Irreprochables las prestaciones de Eriksmoen, Murrihy, Beaumont y los solistas del Coro Nacional citados en la ficha.
El final es un ppp de la orquesta intencionadamente evanescente. Schumann prescribe un silencio con calderón en el último compás, tras la última nota. No lo hace porque sí. Lo hace porque en ese final hay misterio, infinitud, reflexión sobre todo lo acontecido y escuchado. Afkham intentó indicarlo manteniendo sus brazos en alto. Casi lo logró. Pero una vez más, el aplaudidor impaciente, el eterno inoportuno, reemplazó a ese eterno femenino que menciona el texto al final. Y en lugar de dejar que nos eleváramos a lo alto, logró despertar, al menos en quien esto firma, bajos sentimientos de ira. Qué cansancio con esa plaga, señor. La obra no se acaba hasta que no termina lo que está escrito. Por tanto, cuando hay un silencio con calderón tras la última nota, la cosa no acaba hasta que así no lo indica el maestro. ¿Tanto cuesta entenderlo? Igual convenía dar charlas sobre este asunto. El éxito fue grande y merecido, como se reflejó en las calurosas ovaciones del respetable.
En cualquier caso, muy notable clausura para una muy notable temporada de los conjuntos nacionales. Desde estas líneas deseo a quienes forman parte de los mismos en sus diversas funciones, un feliz verano.
Rafael Ortega Basagoiti
NOTA: Ya publicada la crónica, recibí la oportuna anotación de que la obra se interpretó por la Nacional en el año 2006 con la dirección de Josep Pons. Por tanto, la de 1983 no era la única ocasión en que la orquesta interpretó la partitura antes de la de esta temporada, como se apuntaba en el video introductorio del concierto de la propia orquesta. En consecuencia, se ha corregido el texto y el titular de acuerdo con ese dato.
Foto: Rafa Martín


