MADRID / Afkham lidera un imponente, emocionalmente demoledor Requiem de Britten con la OCNE

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 19-VI-2026. Concierto sinfónico 23 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Director: David Afkham. Director del CNE: Miguel Ángel García-Cañamero. Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Javier Carmena. Pequeños Cantores de la ORCAM. Directora: Ana González. Nicole Heaston, soprano. Andrew Staples, tenor. Stéphane Degout, barítono. Britten: Requiem de guerra op. 66.
Hace unos días, preguntado por cuál era, para quien esto firma, el momento más especial de esta temporada de la OCNE, última de David Afkham como titular, dije, en primer término, que la pregunta tenía un poco de truco, porque quedaban en ese momento dos conciertos (el que es objeto de este comentario el primero de ellos) que muy bien podían competir por esa consideración de ser el momento más especial. Salvando estos dos conciertos, me incliné por el tremendo Wozzeck que abrió la temporada, no sin insistir en que tanto el Requiem de Guerra de Britten como la Novena de Mahler, además de ser partituras colosales, le van como anillo al dedo al maestro de Friburgo. En lo que a la obra de Britten se refiere, me complace decir que no me equivoqué. La velada vivida ayer en el Auditorio Nacional se cuenta, sin lugar a duda, entre las mejores de una temporada que ha tenido eventos de alto nivel con abundancia.
Fue en diciembre de 2018 la última ocasión en que la Orquesta Nacional puso en atriles el Requiem de guerra, con dirección de Juanjo Mena (y José Ramón Encinar al frente de la orquesta de cámara requerida por la obra). Vuelve a interpretarse en este penúltimo concierto de la temporada actual (si no contamos las posteriores actuaciones en Granada y Londres). En un encuentro de la prensa con Afkham a principios de esta misma semana, explicó brevemente que esta obra tenía un gran significado para él y que consideraba más que oportuna su interpretación en momentos tan convulsos y turbulentos como los que vivimos en la actualidad. Tiene, desde luego, toda la razón. A este Requiem de guerra se le puede aplicar, por razones diferentes, pero con mucho en común, lo mismo que en su día apuntamos sobre Wozzeck: es una obra muy oportunamente programada.
El Requiem de guerra es un alegato antibélico emocionalmente devastador, un canto de triste homenaje para los muertos por los conflictos. A la cabeza, claro, el que inspiró su composición, la segunda Guerra Mundial (la obra estaba encargada para la consagración de la Catedral de Coventry en 1962; el templo había sido arrasado por los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial), aunque naturalmente el homenaje, el testimonio, son válidos para cualquier contienda. Y de contiendas, desgraciadamente, andamos desoladoramente sobrados en estos tiempos. Pero el Requiem es también una llamada desgarradora, demoledora, espeluznante, a la reflexión, como bien apunta Clara Sánchez en sus bien trazadas notas al programa. Reflexión, esa práctica que sería tan necesaria y que en estos tiempos es ignorada con pertinaz obstinación por quienes lideran (cualquiera lo diría) los destinos del planeta, completamente ciegos ante la devastación atroz que están perpetrando. Reflexión que se antoja un buen antídoto para huir de extremismos fanáticos, pero que desgraciadamente hoy parece estar siendo engullida por ellos.

Confeccionó el compositor británico la obra sobre el ordinario de la misa de difuntos, pero intercaló en dicho ordinario textos en inglés, del poeta británico Wilfred Owen, fallecido justamente en los estertores finales de la primera guerra mundial. Entre los papeles que se encontraron tras su fallecimiento estaba un texto que más tarde sirvió como prólogo a su poemario póstumo. Bastan esas palabras extraídas de dicho prólogo, que aparecen en la página inicial de la partitura (ed. Boosey & Hawkes) para condensar su pensamiento y entender por qué el pacifista Britten escogió sus poemas para insertarlos en esta monumental composición: “Mi tema es la guerra y la pena de la guerra. La poesía está en la pena. Todo lo que un poeta puede hacer hoy es advertir.”
La alternancia de esos nueve poemas de Owen (aquí cantados por tenor y barítono y acompañados por una pequeña orquesta de cámara) con el texto latino de la misa de difuntos (orquesta sinfónica, soprano y coros) y las intervenciones del coro de niños (en la parte latina del texto) ofrece un singular y sobrecogedor contraste. La historia de los dedicatarios de la partitura, Roger Burney, Piers Dunkerley, David Gill y Michael Halliday añade carga emocional al tema. Burney, Gill y Halliday murieron en acto de servicio en la contienda. Dunkerley sobrevivió, pero acabó suicidándose en 1959.
El contraste es también acusado entre la rica orquestación de la parte latina (a la que hay que sumar los coros) y la más modesta (pero en absoluto pobre) de la formación de cámara. La primera incluye 3 flautas (tercera doblando flautín), 3 oboes, corno inglés, 3 clarinetes (tercero doblando clarinete en mi bemol y clarinete bajo), 2 fagots, contrafagot, 6 trompas, 4 trompetas, 3 trombones, tuba, piano, gran órgano (ad libitum en el Libera me), timbales, variada panoplia de percusión que requiere 4 ejecutantes, y cuerdas. La de cámara requiere flauta (doblando flautín), oboe (doblando corno inglés), clarinete (en Si bemol y en La), fagot, trompa, percusión (timbal, caja, bombo, platillos y gong), arpa, 2 violines, viola, violonchelo y contrabajo. Britten demanda acompañamiento de órgano para el coro infantil, pero advierte que, como el sonido debe ser “distante”, puede ser aconsejable utilizar para esa parte un armonio. Así se hizo en esta ocasión.
Emocionalmente devastadora, apuntábamos antes. La artista británica Maggi Hambling, autora de una bella escultura memorial dedicada a Britten en la playa de Aldeburgh, proporcionó un testimonio muy ilustrativo tras escuchar, cuando era estudiante, una grabación del Requiem de guerra: “La combinación de extrañeza, horror, lamento, miedo, conflicto, ternura, autoridad escalofriante y grandeza que presentaba la obra no se parecía a nada que hubiera experimentado antes”. Extrañeza, horror, lamento, miedo… elementos todos que nos recorren estos días con dolorosa intensidad y frecuencia. Sí, sin duda tenía mucha razón Afkham cuando señalaba la oportunidad de presentar esta obra de nuevo en estos momentos.

Situó el titular de la OCNE la orquesta de cámara en la parte derecha del escenario, y junto a ella, a los solistas vocales a los que acompañaba, tenor y barítono. La soprano se situó arriba a la izquierda, en la última final del escenario anterior a las localidades del coro, justo al lado del extremo de la sección de percusión. El coro de niños se ubicó, con su directora, en un hueco del lateral derecho del segundo anfiteatro. La espacialidad buscada por Britten estaba asegurada.
Cabía pensar que lo estaría también el gobierno de la obra desde el podio (en esta ocasión, al contrario que lo visto hace ocho años con Pons y Encinar, Afkham asumió el mando de todo). Vaya si lo estuvo. Lo hizo, como siempre que afronta repertorio vocal, sin batuta, pero con el mando firme, atento, sensible, expresivo (sus manos son, en ese sentido, auténtica guía para todos) y de absoluta nitidez. Demostró Afkham que, en efecto, estos pentagramas le resultan muy cercanos a su espíritu. Y los dibuja con una convicción absoluta. Hubieran valido para demostrarlo momentos como el sobrecogedor comienzo de la obra, una música susurrada, con el eco de las campanas y el registro más grave del piano, que provocaba un escalofrío por su carácter de misterio tenebroso. Pero hubo muchos más. Mencionemos la dulzura emotiva de los niños (¡qué maravilla los Pequeños Cantores de la ORCAM, una vez más! ¡Y qué prodigiosa labor la de su directora, Ana González! Una joya este coro infantil) en el Te decet hymnus, inmediatamente después.
Más. Detalles como la forma en que resonó la “n” final de la última sílaba del Kyrie eleison (efecto reiterado en la sílaba postrera del Amén en el Lacrimosa), la colosal fuga del Quam olim Abrahae promisisti en el ofertorio, perfectamente edificada y ejecutada de manera sobresaliente, el apocalíptico carácter en el momento culminante del Dies Irae, con metales de una contundencia y redondez estupendos, y un coro que brindó una de las mejores prestaciones que el firmante recuerda. El espeluznante final del Requiescant in pace, Amen, otra vez susurrado por el coro a capella, sobre las campanas, puso un nudo final en la garganta. Afkham mantuvo las manos, extendidas, en alto, casi implorando al público que retuviera unos segundos el aplauso. Lo consiguió, gracias a Dios, y pudimos sentir en toda su dimensión el estremecimiento que nos traía aquella música, que nos había llevado por la devastación, el horror y el miedo, pero que ahora dejaba una puerta abierta a la paz y la esperanza.

A la magnífica dirección de Afkham, otra más para el recuerdo, y a la extraordinaria prestación coral, ya comentada, y orquestal (con mención especial para la orquesta de cámara, un conjunto extendido de solistas permanentemente expuestos, en cada una de sus intervenciones, a partituras a menudo francamente comprometidas; todos brillaron a una grandísima altura), hay que añadir que, además, se contó con un trío solista realmente sobresaliente. La soprano estadounidense Nicole Heaston, con una bella y poderosa voz, de emisión redonda y uniforme, mostró una gran clase ya desde su emocionante Liber scriptus, luego confirmada en su bella interpretación del Lacrimosa o la intensa lectura del Tremens factus en el Libera me.
El tenor británico Staples, también con un instrumento de presencia sobrada, capaz de matices realmente exquisitos y sin apuro alguno en desgranar su exigente parte, puso ya el pelo de punta desde su verso inicial, un desgarrado ¿Qué campanas doblarán por quienes mueren como reses? De ahí en adelante todas sus intervenciones fueron una maravilla. Otro tanto puede decirse del gran barítono francés Degout, bien conocido entre nosotros y que confirmó también su enorme categoría desde su primera intervención (Cantaron las cornetas, apenando el aire vespertino). Ambos ofrecieron momentos para el recuerdo con sus dos dúos (Ahí fuera caminamos amigablemente hacia la Muerte y Y Abraham se levantó), cantados con una intensidad realmente sobrecogedora.
El resumen es el ya apuntado al principio: uno de los mejores conciertos de esta temporada. Una interpretación magnífica de una obra realmente imponente, en lo musical y en el demoledor mensaje que transmite. Otro gran acierto de Afkham, a sumar a la larga lista de grandes recuerdos que va a dejarnos tras dejar el podio de la OCNE.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


