MADRID / Accademia del Piacere y Arcángel, un viaje de emociones

MADRID / Accademia del Piacere y Arcángel, un viaje de emociones

Madrid. Círculo de Bellas Artes. 23-V-2021. Círculo de Cámara. Accademia del Piacere (Fahmi Alqhai, Rami Alqhai, Johanne Rose, violas da gamba). Arcángel, cantaor. Miguel Ángel Cortés, guitarrista. Agustín Diassera, percusión.

Un concierto de música barroca, flamenco y estilos coloniales puede sonar, a priori, algo disparatado o con poca ligadura. Esta es la propuesta que Accademia del Piaccere y el cantaor Arcángel presentaron en 2012 en la Bienal de Flamenco de Sevilla y que, desde entonces, han llevado a numerosos escenarios de España y Europa. El flamenco lo podemos encontrar fusionado con casi cualquier género o estilo musical, con instrumentos venidos de todo el mundo y con artistas llegados de la otra punta del globo. Sin embargo, fusionar un instrumento barroco como la viola da gamba con la voz jonda y pura de Arcángel es una visión que no sé si a todo el mundo le suscitará al menos curiosidad. Queda claro que, desde la primera nota de este espectáculo, el público entendió que lo que iba a ver era digno y merecedor de su atención.

La maestría del conjunto ligó perfectamente con la profesionalidad y las tablas del cantaor onubense, que no dudó en arrancarse por cualquier palo, flamenco o no. Fue un concierto que pasó incluso por unas guarachas y guajiras (músicas coloniales), llevadas, eso sí, a su propio terreno, en el que siempre hay un filtro flamenco incrustado en la voz del cantaor y en las armonías y acompañamientos del conjunto.

Las improvisaciones, en las que se basaba buena parte del espectáculo, no dejaron indiferente a un público entregado y emocionado, que no pudo aguantarse los “olés” y los “bravos” cada vez que los músicos demostraban su virtuosismo o que Arcángel terminaba un difícil quejido. Incluso, se arrancaron algunos aplausos antes de tiempo entre las creaciones del primer bloque. Algo que es de entender, ya que la actitud que se respiraba era más propia de un concierto flamenco que del protocolo de la música clásica.

De la Accademia del Piaccere no se puede decir más alabanzas. Sus integrantes derrocharon profesionalidad y buen hacer con sus improvisaciones y sus acompañamientos siempre acertados. Fahmi Alqhai demostró su ya conocido virtuosismo arrancándose con unas falsetas flamencas que quizá el público nunca pudo imaginar que se podrían hacer con un instrumento como este. Sus compañeros (Rami Alqhai y Johanne Rose) completaron las armonías de manera magistral. Hasta la irrupción de Alqhai y sus colaboradores, en el flamenco se escuchaban habitualmente solos de instrumentos como el violín o incluso el violonchelo, pero nunca nadie se había acercado a estos palos flamencos con instrumentos barrocos.

Miguel Ángel Cortés, a la guitarra, se mostró impecable no sólo acompañando al cantaor o interpretando falsetas, si no que improvisó con gran complicidad junto a sus compañeros de escenario las milongas, las partes flamencas y las no flamencas. La percusión quedó en manos de Agustín Diassera, un auténtico maestro que sin perder jamás el tempo, acompañó suavemente al grupo marcando y guiando las directrices de las improvisaciones para que sus compañeros pudieran seguir sin miedo a perder el compás o a entrar donde no tocaba. Resultó un concierto en el que tuvieron cabida la emoción contenida, la alegría, el desgarro y tantos otros sentimientos entremezclados con la música bien ejecutada que brilla por su capacidad de expresar más que por su perfección.

“¿A qué te sabe la vida?”, preguntaba Arcángel en una alegría. Creo que está claro que, para cualquiera de los presentes en el espectáculo, la vida sabe a eso, a flamenco y a Barroco, a una amalgama de sabores del mundo que nada y mucho tienen que ver entre sí. A las idas y las vueltas que dan la vida y la música. A la presión en el pecho cuando agarra la emoción y los vellos se erizan. La vida sabe a música, sabe a concierto, sabe a emoción… La vida tiene el dulce del Barroco, el picante del flamenco y el salado de las falsetas, lo ácido de la percusión y el amargo sabor que deja el regusto de saber que se acaba el concierto… Y la vida sigue.