Los entretenimientos de Bernd Alois Zimmermann

ZIMMERMANN:
Recomposed. WDR Sinfonieorchester. Director: Heinz Holliger. WERGO (3 CD)
¿Imaginan capaz al compositor de Die Soldaten, una de las más tremebundas óperas del siglo XX, de componer un marchoso boogie-woogie? ¿Puede la mente que ideó el alucinado collage que conforma el Requiem für eine jungen Dichter sentarse ante una partitura en blanco y crear un bolero de costuras ligeras? La respuesta, como pueden anticipar, es afirmativa. Quienes conocen la obra que ha hecho grande en la posteridad a Bernd Alois Zimmermann (1918-1970) podrán rápidamente pensar que su habilísimo uso del poliestilismo podría llevarle a creaciones impuras a los ojos de los vanguardistas acérrimos. Y así fue y así se demuestra en este triple álbum que atesora composiciones originales y recomposiciones. Lo que viene a su vez a defender la idea de que el autor de Photoptosis siempre nadó a la contra. Cuando ya estaba consagrado como una de las voces más feroces del modernismo, a Zimmermann no le tembló la pluma para declarar que su inventiva también quería eclosionar en forma de piezas a lo Ravel, a lo Kodály o, peor aún, ¡a lo Milhaud! Y todo ello resulta todavía más elocuente si pensamos que el malogrado creador de todas estas músicas acabaría con su propia vida no mucho después.
Heinz Holliger, que lleva defendiendo desde hace mucho tiempo la obra del músico de Colonia, también tenía esta producción discográfica en la cabeza desde hacía tiempo. Se trataba de ampliar el conocimiento que ya poseíamos con una serie de obras documentadas pero mal catalogadas y peor archivadas, por lo que este registro tiene también un elevado valor musicológico. Son páginas del antes y el durante de Zimmermann, es decir, trabajos alimenticios de música ligera para orquestas de radio y antojos ulteriores que quiso plasmar en papel por puro goce. Hay en estos discos muchas transcripciones (de Smetana, Villa-Lobos, Liszt…) que retratan a un orquestador mañoso, es cierto que con tics reconocibles y con una querencia personal por timbres desusados.
Por supuesto que todo esto, al lado de sus grandezas, son entretenimientos. Pero no es menos verdad que esta música no tendría la calidad de la que goza sin entender quién está detrás de ella. Y hay momentos que deslumbran por la destreza que se daba, por ejemplo, al reconvertir una pieza de la colección de Humoresque, de Rachmaninov, en un Concertino para piano y orquesta. Por eso, en muchas de estas obras, la música explota en otro artefacto, Zimmerman se apropia de melodías y afectos para darles una nueva perspectiva, no un simple cambio de texturas. Convencido seguramente de que, aun así, las recomposiciones no suelen recibir mucho calor de los oyentes, Holliger y la muy eficaz WDR Sinfonieorchester, salpimientan la producción con obras originales para teatro y ballet, es el caso de la curiosa Un petit rien (1964), subtitulada, ahí vamos, Música ligera, lunar y ornitológica. Igualmente, poniéndonos más ásperos, se disfruta aquí de la acidez expresionista de Kontraste (1953). No cualquier cosa es el ballet Alagoana, caprichos brasileiros (1951/55), en el que logró eso tan difícil de esquivar el exotismo para pensar una música explosiva y desinhibida desde unos colores inesperados.
En las notas, Holliger da suculentos detalles de la vida de Zimmermann, siempre tan entre épocas, tan desubicado mentalmente pese a su grandeza. El pianista Ueli Wiget, el saxofonista Marcus Weiss y la soprano Sarah Wegener amplifican el valor exponencial de la ingente tarea que ha conseguido llevar a buen puerto el director y virtuoso oboísta. Es de desear que todo ello supere lo aparentemente anecdótico del esfuerzo y estas músicas aquí cobijadas ayuden a completar la imagen atormentada que tenemos del inmenso compositor alemán.
Ismael G. Cabral


