Los dos mundos de George Szell

Los dos mundos de George Szell

George Szell ensaya la Quinta de Beethoven. En un determinado momento (4’40”) algo falla. Las trompas han entrado tarde. El detalle sería anecdótico si no fuera porque el director extrae de ello una enseñanza general. “Os tenéis que preparar antes… Los silencios no sirven para descansar, sino para preparar la entrada siguiente. Tenéis que estar listos con la respiración, con la boquilla, con todo.” El comentario habría horrorizado a directores como Celibidache o Furtwängler. Ellos hablaban de empaparse del espíritu de la obra, ponían el acento en las resonancias filosóficas del silencio, en su valor germinal para la música. Para Szell, en cambio, el silencio es simplemente el momento en que el músico no hace nada y por eso debe aprovecharse para hacer otras cosas: para controlar que el instrumento esté en perfectas condiciones, para preparar la respiración y realizar así la siguiente entrada de la forma más certera.

Nacido en Budapest en 1897 y emigrado a Estados Unidos a finales de los años treinta, Szell quiso reunir las mejores cualidades de las grandes orquestas europeas de la primera mitad del siglo XX con las mejores cualidades de las orquestas norteamericanas, es decir: el virtuosismo, la afinación impecable y la brillantez. El resultado de esta búsqueda fue la Orquesta de Cleveland, que Szell cogió en 1946 y convirtió al poco tiempo en una de las mejores orquestas estadounidenses. Fue un sueño realizado con sudor (el suyo) y lágrimas (las de los músicos). Szell era un fanático de la precisión y por ende era un fanático de los ensayos, donde ofrecía lo mejor y lo peor de sí mismo. Lo mejor era su control supremo de los balances, transparencia de los planos sonoros (ciertos pasajes daban casi una sensación de música de cámara) e intensidad rítmica. Lo peor era su carácter despótico y agrio. Nadie despedía con tanta facilidad a los músicos.

Szell se había formado en el corazón de la vieja Europa (fue, en juventud, asistente de Richard Strauss en Berlín), así que conocía perfectamente la grandeza de la civilización europea pero también sus sombras (siendo judío, había tenido que huir de las persecuciones raciales). Una vez al otro lado del Atlántico, asimiló aquellos aspectos del pensamiento americano que veía como virtudes e intentó una fusión entre lo mejor de los dos mundos. Había en Szell cierta fascinación por la efectividad, por la acción productiva eficiente. La orquesta tenía que actuar como un mecanismo de precisión, un ente perfectamente coordinado aunque no por ello rígido y mecánico. Nada debía resultar gratuito, excesivo o falto de fuerza. A todo había que sacar el máximo provecho, y ni siquiera los silencios se escapaban a esta visión utilitarista.

Szell tenía una fe absoluta en los valores objetivos de la partitura. Las filosofías de la música, el idealismo y el espiritualismo de los que hacían gala algunos de los más distinguidos directores del Viejo Continente eran, para él, simples cortinas de humo. La música se le presentaba a Szell como una poderosa y magnífica maquinaria de sonidos en movimiento, cuya realización requería de otro mecanismo igual de efectivo: la orquesta. El director era el maquinista y los músicos las esforzadas manos que sin parar echaban carbón a la caldera para que la locomotora marchase a pleno rendimiento.

Szell fue un director con los pies en dos mundos. Desde esta posición, contempló las grandes obras del clasicismo y del romanticismo europeo con una mirada precisa e imparcial, sin melancolías, idealizaciones o autocomplacencias.

(foto: Thomas Beiswenger)