Los comienzos de Petrenko con la Filarmónica de Berlín

Los comienzos de Petrenko con la Filarmónica de Berlín

ORQUESTA FILARMÓNICA DE BERLÍN / Obras de Chaikovski, Beethoven, Stephan y Schmidt. / Kirill Petrenko, director. / BPO Recordings – 5 CDs + 2 Bu-Ray.

La Orquesta Filarmónica de Berlín acaba de publicar un estuche oblongo que incluye las grabaciones de los conciertos inaugurales de su nuevo director titular, el ruso Kirill Petrenko. Ya de entrada hay que decir que sus interpretaciones de las sinfonías Quinta y Sexta de Chaikovski son absolutamente extraordinarias, situando en lo más alto el listón interpretativo de estas obras para la próxima década, como hicieran en los años setenta los míticos registros de Herbert von Karajan. Por su parte, su lectura de la Séptima de Beethoven es memorable, y la de la Novena se antoja adecuadamente resplandeciente.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la inclusión en el programa de obras de Franz Schmidt (1874-1939) y Rudi Stephan (1878-1915), el primero una figura marginal, el segundo una víctima del frente de batalla de la Primera Guerra Mundial. De ambos, Stephan es el más imaginativo y progresista. En su ‘música para orquesta’ sin título, terminada en 1913, Stephan crea una atmósfera de vagos presagios en las cuerdas graves, que van progresivamente infiltrándose en el resto de la orquesta. Su lenguaje evoluciona desde Wagner, pasando por Strauss, hasta llegar a las demarcaciones del Schoenberg más impresionista. Stephan es un joven artista que vive dentro y ligeramente adelantado a su tiempo. Su trágica muerte privó a la música alemana de un compositor de gran personalidad que podría haber sido una de las figuras prominentes de su generación.

En cuanto a Franz Schmidt… en fin, todo es cuestión de gusto y de criterio. Ex violonchelista de la orquesta de la Ópera de Viena bajo la dirección de Mahler, Schmidt era un austriaco amargado cuyo permanente resentimiento lo alejó de la corriente principal. En su último año de vida, se convirtió en un nazi entusiasta. La Filarmónica de Viena lo considera parte de su patrimonio sinfónico y varios importantes directores muestran su entusiasmo por sus cuatro sinfonías.

Personalmente, no veo demasiada justificación para ello, aunque acepto que puede tratarse perfectamente de una cuestión de perspectiva geográfica. A mí me conmueven profundamente las sinfonías de Ralph Vaughan Williams, que en Europa Central no gozan de la mínima aceptación. Es perfectamente comprensible que los austro-alemanes oigan cosas en las sinfonías de Schmidt que a mí me dejan perfectamente frío.

Y, así, decidí darle una vez más una oportunidad en vista del entusiasmo que Kirill Petrenko siente por su Cuarta sinfonía, escrita en 1933, con la esperanza de alcanzar por fin la iluminación schmidtiana. A mi pesar, la iluminación tampoco ahora se ha producido.

La sinfonía es absolutamente regresiva. Comienza con una exposición que podría pertenecer a alguna de las primeras sinfonías de Bruckner, o incluso de Schumann, y evoluciona sin salirse jamás de un molde sonoro muy restringido, como si Mahler y Strauss nunca hubieran existido. Hay un fugaz toque mahleriano a los seis minutos del primer movimiento, pero Schmidt enseguida se olvida de él, estableciéndose en un territorio de tristanescos wagnerismos. Su discurso no me intriga ni me conmueve en absoluto; y ni tan siquiera llega a irritarme. Se trata sencillamente de una música que no va a ninguna parte.

En todo caso, no hace falta decir que está interpretada deslumbrantemente y con milimétrica precisión por los Berliner. Pero, ¿con qué fin? En su conjunto la experiencia es como pedirle a un chef con una estrella Michelin que te prepare una hamburguesa. Por cierto, que no lleve pepinillos.