LONDRES / Juan Diego Flórez encabeza un extraordinario reparto en la nueva producción de Michieletto de ‘Los cuentos de Hoffmann’

Londres. Royal Opera House Covent Garden. 7.XI.2004. Jacques Offenbach: Los cuentos de Hoffmann. Juan Diego Flórez, Olga Pudova, Ermonela Jaho, Marina Costa-Jackson, Alex Espósito, Christine Rice, Julie Boulianne, Christiphe Mortagne. Dirección musical: Antonello Manacorda. Dirección escénica: Damiano Michieletto.
La Navidad ha llegado antes de tiempo a la Royal Opera House con la esperada y largamente retrasada nueva producción de Les Contes D’Hoffmann. La puesta en escena de Damiano Michieletto, una coproducción con el Teatro la Fenice, Opera Australia y la Opéra National de Lyon, utiliza la conocida edición de Fritz Oeser en lugar de incluir el nuevo material de archivo redescubierto en las últimas décadas. Pero el espectáculo resultante es una completa delicia: la producción de Michieletto extrae el máximo partido de las cualidades fantásticas, incluso pesadillescas, de la última obra de Offenbach.
La trama de Los cuentos de Hoffmann se centra en el amor obsesivo del poeta por tres mujeres de su pasado, que a su vez son fragmentos de una cuarta, Stella: los actos inconexos de la ópera están enmarcados por un prólogo y un epílogo que muestran al poeta atormentado por sus obsesiones y engañado por el diablo Lindorf. La primera idea de la puesta en escena de Michieletto es representar el enamoramiento de Hoffmann de Olympia, Antonia y Giulietta como fases diferentes de su proceso de madurez: desde el colegial en pantalones cortos del primer acto (donde la muñeca Olympia es la hija de un perverso profesor de matemáticas), pasando por el adulto embelesado por la frágil Antonia (aquí una vieja bailarina perpetuamente ensombrecida por una joven bailarina, que usa muletas para sostener su cuerpo) hasta llegar al hombre de edad avanzada seducido por la cortesana Giulietta (vestida con un glamuroso traje dorado, y rodeada de más bailarinas que tientan a Hoffmann).

La segunda es subrayar los aspectos fantásticos de los propios escritos de Hoffmann, incluso mediante el uso de elementos procedentes de otros de sus cuentos. Así, Nicklause es un loro, en alusión a Lindhorst en Der goldne Topf; mientras que un desfile de bailarines, un zanquero y diversos trucos visuales -un ojo gigante giratorio en el primer acto, una bailarina decapitada- subrayan repetidamente el peligro que acecha en la imaginación carnavalesca y cabaretera de Hoffmann. La Musa es un genio verde y brillante que simboliza la absenta, fuente de ideas, pero también de destrucción. Y el amor último, Stella, es a su vez parodiado por el diablo, que finalmente aparece con su vestido y se burla de la estupidez de Hoffmann.
Las puestas en escena de Michieletto experimentan a menudo con diferentes capas temporales y estilísticas, aunque la narración básica siga siendo legible. Este fue también el caso aquí, ayudado por la magnífica escenografía de Paolo Fantin y la iluminación de Alessandro Carletti, esta última crucial y con acertados efectos de sombras. Tal vez lo más llamativo fue la construcción del primer acto, con movimientos físicos espectacularmente coordinados para Olympia y proyecciones de ecuaciones algebraicas. Pero la decisión de convertir a Antonia en una bailarina retirada fue posiblemente el movimiento unificador de toda la producción. Si Antonia, la diva atrapada en un decorado rosa caramelo y púrpura, es la más parecido a Stella y, por tanto, el verdadero amor de Hoffmann, la danza es el tema dominante de un espectáculo en el que los símbolos eróticos son siempre fantasmagóricos: las obsesiones de Hoffmann se revelan como pesadillas delirantes.
En lo musical, el espectáculo fue de primera categoría. En el papel de Hoffmann, Juan Diego Flórez ofreció uno de los más logrados entre sus nuevos papeles líricos: el registro superior se reveló tan fiable como siempre, aunque más duro de tono y de acceso más lento, y el estilo general melifluo como siempre. Teatralmente, Flórez no es Villazón ni Domingo, lo que funcionó mejor en el primer acto, donde su habitual seriedad plasmó con brillantez la ingenuidad de un niño. Pero sus dúos posteriores con Antonia y Giulietta también mostraron lo mejor de su canto, si bien los conjuntos más grandes le llevaron al límite.

En cuanto a las mujeres, Olga Pudova obtuvo una gran ovación por su Olympia, brillantemente interpretada y vocalmente impresionante, sin ningún problema en las notas más expuestas; su coloratura resultó emocionante, aunque no siempre límpida. Ermonela Jaho brindó una Antonia conmovedora y comprometida, como es marca de la casa, haciendo que uno deseara que Hoffmann hubiera dado a la cantante más que hacer; su canto a pleno pulmón en el trío final (con Christine Rice cantando amplificada fuera del escenario como la madre) fue uno de los momentos culminantes de la función. Marina Costa-Jackson impresionó como Giulietta con un brillante registro superior e inferior, compensando con su impresionante flexibilidad una voz media menos distintiva. Como Musa y Nicklausse, Rice y Julie Boulianne estuvieron convincentes, y la separación de los papeles contribuyó al festín vocal.
Entre los demás papeles masculinos, Alex Esposito destacó claramente por la soberbia autoridad de sus diablos: voz fuerte, actuación convincente y cada personaje sutilmente caracterizado. El veterano offenbachiano Christophe Mortagne fue un cercano comprimario en cuatro papeles (su maestro de baile en el segundo acto brillantemente maquillado con una coleta a la Karl Lagerfeld), y Alistair Miles ofreció un Crespel sólido. En el foso, la dirección de Antonello Manacorda careció ocasionalmente de la flexibilidad ideal, pero en general supo definir con agudeza los diferentes actos -chispeante, trágico, seductor-, subrayando al mismo tiempo la violencia que acecha en cada esquina. Con destacadas contribuciones del coro y de los pequeños papeles, ésta ha sido una de las nuevas producciones más satisfactorias de la Royal Opera en los últimos años, siendo la puesta en escena de Michieletto una digna sucesora de la admirada producción anterior de John Schlesinger.
Ditlev Rindom


