LONDRES / Demoledor Shostakovich por Bychkov

LONDRES / Demoledor Shostakovich por Bychkov

Londres. Royal Albert Hall. 10-IX-2019. Elena Stikhina, soprano. Orquesta Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov. Obras de Smetana, Chaikovski y Shostakovich.

En los atriles del concierto nº 69 de los Proms de este año, la Obertura y Tres danzas de La novia vendida de Smetana, seguida de la Escena de la carta del Eugene Oneguin de Chaikovski, con la segunda parte dedicada a la Octava sinfonía de Shostakovich. La Filarmónica checa se encuentra en espléndida forma y la conexión con su nuevo titular parece funcionar a las mil maravillas. La acústica del Albert Hall es bien conocida por traicionera, pero Bychkov y la orquesta obraron maravillas de balance orquestal y claridad, sin perder un ápice de nervio y entusiasmo.

Los tuvo en sobrada cantidad la selección ofrecida de Smetana. Perfecta la ágil articulación de la cuerda en la obertura, con precioso canto de la madera. Magnífica la polka subsiguiente, con acertado y elegante rubato, contagioso el impulso rítmico del Furiant y trepidante la danza final. Estas páginas de Smetana llegaron a la audiencia con un nivel de luminoso júbilo, de entusiasmo, realmente contagiosos. Si difícil era conseguir el balance adecuado en esa acústica con Smetana, casi lo era más en la escena de Tatiana (conocida como Escena de la carta) del Oneguin de Chaikovski. No había escuchado a la soprano rusa Elena Stikhina. Me causó una magnífica impresión su hermosa y cálida voz, bien emitida en todo su recorrido, dibujando con expresividad la singular mezcla de lirismo y drama en esa escena, admirablemente acompañada por Bychkov y los músicos checos, con especial mención para la cuerda y los solistas de oboe, clarinete y trompa.

Pero el peso de la tarde recaía, evidentemente, en esa partitura devastadora que es la Sinfonía nº 8 de Shostakovich. Compuesta en pleno fragor de la invasión nazi de Rusia, el músico declaraba a Volkov —en el controvertido libro de memorias Testimonio— que “la guerra trajo mucho dolor y destrucción nuevos, pero no he olvidado los años terribles antes de la guerra; de eso tratan todas mis sinfonías desde la cuarta, incluyendo la séptima y la octava”. Y, reafirmando lo dicho con anterioridad, “…y después toda la miseria se le atribuyó a la guerra, como si sólo durante la guerra la gente hubiera sido torturada y asesinada”. La Octava es, desde luego, una partitura sombría, profundamente trágica, desgarrada en el dolor del largo primer movimiento, cuyo clímax se hace esperar, pero resulta apabullante cuando lo hace, y más cuando es elaborado con la intensidad con la que Bychkov y los checos lo dibujaron.

Espeluznante, demoledor el solo de corno inglés subsiguiente (un instrumentista sensacional, dicho sea de paso). Amargamente incisivo el Allegretto, donde brilló la madera, especialmente los solistas de flautín, fagot y clarinete. Opresivamente obsesivo el dibujo del tercero, extraordinariamente expuesto por Bychkov con una sección de violas magnífica, y con una dinámica graduada con la habilidad proverbial del maestro ruso, hasta el tremendo clímax desde el que se transita a la ominosa y amarga tristeza, desesperanzada del Largo (sobresaliente también aquí el trompa). Hay quien ve esperanza en el último tiempo, particularmente en la transición al modo mayor. Personalmente, creo que, en el final, desvanecido, un auténtico morendo de largas notas de flauta y cuerdas, hay una angustia ahogada y tristemente resignada escondida tras un velo de falsa calma. Quizá, en el fondo, Shostakovich expresa de esa forma tan peculiar suya un mensaje que parece decirnos “cuidado, estamos saliendo de un horror, pero hay otro que va a seguir ahí…”. Por todo este largo, intenso y devastador trayecto nos llevaron Bychkov y su magnífica orquesta en una experiencia tan perfectamente construida en lo musical como intensa y demoledora en lo emotivo. El público había aplaudido en las pausas tras los movimientos primero y segundo. Pero tras este final, Bychkov quedó concentrado y se hizo un silencio sepulcral en el Albert Hall. Solo cuando dejó caer sus brazos, bastantes segundos después, vino la ovación que premió con justicia la formidable interpretación.