Lisette Oropesa: “Tenemos que ser conscientes de que en esta crisis todos vamos a perder”

Lisette Oropesa: “Tenemos que ser conscientes de que en esta crisis todos vamos a perder”

Casi podría decirse que, a sus 37 años, Lisette Oropesa probablemente ha alcanzado ya la cima de su carrera. Triunfa en el MET de Nueva York, de la misma forma que lo hace en la Scala de Milán o en el Teatro Real de Madrid, y da la sensación que no hay rol que se le resista. Y es que esta soprano norteamericana de nacimiento, cubana de origen y española por carta de naturaleza desde 2019, desprende los aires de reina de la ópera que el siglo XXI necesita.  Fuera de los escenarios, Oropesa se muestra natural. Conversa con garbo y energía, pero con la cercanía suficiente como para poder hablar de la realidad que nos rodea sin sentirnos obligados a bañarnos en una piscina de corrección política. En definitiva, sabe hablar desde el corazón, diciendo las cosas sin pelos en la lengua. El próximo sábado, 6 de febrero, Oropesa ofrecerá su primer recital en ABAO de Bilbao, junto al pianista Rubén Fernández. Recibe a SCHERZO en su Luisiana natal, gracias a una de esas maravillosas videollamadas que las nuevas tecnologías nos aportan.

Ya es casi una costumbre comenzar las entrevistas hablando de ese virus bien conocido por todos que en último año ha sajado nuestra vida cotidiana de forma general, y al sector que nos atañe, el musical, de forma específica. La industria operística en Estados Unidos ha sido la más tajante al respecto, cancelando temporadas enteras, sin la certeza de cuándo podrán reiniciarse. ¿Cómo puede afectar esto a la estructura de una industria fundamentada en la filantropía?

Los teatros estadounidenses, a diferencia de los europeos, son de naturaleza privada. Absolutamente todos los incentivos que se invierten vienen de donaciones de entidades privadas o particulares. Muchos teatros han elaborado durante años magníficas temporadas que les ayudan a tener un público fiel, además de unos benefactores agradecidos que año tras año apuestan por la ópera como espectáculo universal. La cancelación de temporadas por la crisis sanitaria produjo que miles de trabajadores del sector no solo no trabajasen en las producciones en las que ya se les había contratado, sino que tampoco cobraran. La Metropolitan Opera, por ejemplo, se negó a pagar a sus trabajadores durante todo el tiempo que durase esta crisis. En cambio, les prometió que se intentaría reprogramar todo lo cancelado.

Teniendo en cuenta que los teatros programan temporadas a tres años vista, ¿es esto factible?

La intención es conseguirlo, pero por algún lado habrá que cortar. ¿Qué harán? Reducir cachés. Quieren que se trabaje lo mismo, incluso de forma más intensa, por menos dinero. Estamos hablando del que posiblemente sea uno de los teatros más importantes del mundo, el Metropolitan de Nueva York, donde se gana mucho dinero. Pero vivir en Nueva York tampoco es barato. Y si vienes a hacer una producción al MET, necesitas vivir en la ciudad. El nivel en el MET tiene que ser siempre el mejor, pero no puedes pretender un rendimiento impecable si los artistas que contratan necesitan alquilarse apartamentos a dos horas de la ciudad porque con el caché que les estás pagando no les salen las cuentas.

¿Se podría decir que el MET está aprovechando la crisis para bajar todos los cachés?

Tenemos que ser conscientes de que en esta crisis todos vamos a perder. Pero también tenemos que intentar perder lo menos posible. Las carreras eternas de los cantantes no son eternas. Si llegamos hasta los sesenta años y podemos seguir trabajando, es todo un lujo. ¿Y después qué? Los teatros, sin embargo, no envejecen ni tienen que ahorrar para la jubilación. Un teatro como el MET, para desarrollar una producción de primer nivel, necesita cantantes de primer nivel, que, además de cantar de forma impecable, consigan llenar las casi cuatro mil localidades del teatro. La taquilla se alimenta también de la expectación que causan cantantes de reconocido prestigio internacional como Netrebko, Kaufmann o Terfel. No debemos olvidar que en Nueva York, el MET está luchando comercialmente noche sí, noche también, con Broadway. Si quieren que el público los escoja a ellos frente a El rey león necesitan un cartel muy atractivo, y eso se paga.

Europa, por otro lado, es ahora mismo un respiro laboral para muchos cantantes estadounidenses que no pueden trabajar en su propio país…

El mundo musical no es tan grande como creemos. Hablamos del MET como si fuera el teatro de los teatros, y cualquiera de los principales teatros europeos está al mismo nivel. Por eso mismo muchos de los intérpretes que puedes ver un día en el Liceu o en el Teatro Real, a la semana siguiente están dando un recital en Chicago, Nueva York o San Francisco. En Europa, los treatros de ópera son más pequeños que en Estados Unidos, y eso les permite realizar más funciones, apostar más por innovar, correr más riesgos. Las distancias entre un teatro y otro no tienen nada que ver. Si yo hoy estoy en Madrid y necesitan que haga esta  tarde una Traviata en Londres, en dos horas estoy ahí. En cambio, si esto mismo ocurre estando yo en Paris, y la cancelación se produce en Los Ángeles o Nueva York, me es más difícil llegar. Por eso mismo, la red de teatros europeos acaba siendo más segura y ofrece más trabajo.

Otro de los cambios que nos ha traído esta nueva realidad es que la música clásica ha conseguido algo más de presencia dentro de las redes sociales mediante streamings, directos… ¿Qué importancia tienen las redes sociales en la renovación de la ópera?

Las redes sociales nos permiten descubrir a mucha gente que ama la ópera y todavía no lo sabe, además de mandarles un mensaje a los jóvenes mostrándoles que no se trata de un género arcaico ni demodé. Últimamente tienen la manía de vender las producciones operísticas como si fuesen telenovelas de serie B. Quieren vender Tosca y en el cartel lo único que aparece son palabras sonoras que, de causar algo, no causan ni impacto: ¡pasión! ¡ira! ¡celos! ¿Qué significa esto? Tenemos que ser más directos, más claros… Comunicar algo real. Sobre todo porque muchas de estas óperas tienen argumentos de enredo que nos pueden recordar al mejor Hitchcock, y su atractivo se pierde si las vendemos como si fueran teleseries dramáticas.

También es verdad que más allá de la comunicación que puede realizar un teatro, la escena suele ser el atractivo más visual a la hora de vender un espectáculo. En estos términos, ¿cómo va modernizándose la ópera?

Los dramas históricos en Netflix son un éxito, sin embargo, para ser ‘modernos’ en la ópera tenemos que salir en vaqueros. Siempre se culpa a la historia para buscar nuevos conceptos escénicos, pero no se dan cuenta que la gente está harta de ver a Cavaradossi en blue jeans. Si quiero eso, me voy a ver West Side Story, pero si voy a ver un Don Giovanni  o una Traviata, quiero ver los trajes de época y toda la fantasía histórica implícita en el drama. La belleza es un lenguaje conocido por todos. Aunque sea la primera vez que observas algo, si es bello, te marca. Por desgracia, se ha extendido la tendencia de simplificar todo hasta tal punto que vulgarizamos el género. Esto no quiere decir que hacer las cosas simples sea algo negativo. Ni mucho menos. Se pueden hacer producciones sencillas que cautiven al público. Pero hay que hacerlo con gusto, consiguiendo que dentro de esa simplicidad, la historia tenga vida. ¿Alguien pagaría por ver Les Miserables en ropa de estar por casa? Si tu vas a ver Les Miserables, quieres sentirte parte de la Revolución Francesa, con sus barricadas, sus cañones, las banderas. A la industria del musical jamás se le ocurriría denostar su género de esa forma. ¿Por qué nosotros lo hemos convertido como norma?

¿Cuál es el problema entonces para que las cosas no cambien?

El problema siempre es el mismo: hacer producciones de este tipo es muy caro. Son muchos factores convergiendo a la vez. Pero lo que no podemos permitir es que se sigan haciendo producciones que no tengan sentido, porque de esta forma somos nosotros víctimas y verdugos del género. ¿Quieres hacer La Bohème en la luna? ¡Adelante! Pero búscale un sentido real, que sea atractivo, que sea bello, que la historia esté viva y se sostenga por sí misma. La música y el canto es lo único que es sagrado y no se puede tocar. Pero esto no implica que podamos deshuesar el resto de elementos porque al final estamos hablando de una espectáculo completo. Si optamos por hacer escenas carentes de sentido, es mejor grabar discos y olvidarnos de hacer ópera en vivo. Ver una ópera de cuatro horas en donde el cantante está quieto en el medio del escenario sin moverse y los decorados solo son una silla, una escalera y una mesa, es aburrido. Lo dicho, para eso mejor comprarte el disco.

El 6 de febrero llega a la Ópera de Bilbao para ofrecer un programa entorno al bel canto italiano y francés. Podremos disfrutar de arias y escenas de ópera de Donizetti, Bizet, Massenet… ¿En qué se diferencia interpretar estas arias dentro de su contexto operístico a hacerle aisladas en un recital? ¿Cómo cambia su forma de acercarse a la música?

En una producción operística, sales a escena y el público ya te está esperando. Saben quien eres, conocen la historia, incluso puede que en alguna escena anterior algún personaje te haya nombrado. En el recital, la comunicación es inversa. Eres tú quien va a buscar al público, y en escasos cinco minutos debes contarles quien eres y por qué estás ahí. Por otro lado, cantar con orquesta es muy diferente a hacerlo con un piano. La conversación que tienes con la música es diferente, aunque el repertorio sea el mismo. Acaba siendo más íntimo. En el recital eres más vulnerable. Te colocas frente al público, delante del piano, y todas las miradas están centradas en ti. No hay distracciones posibles como en una producción, donde el resto de personajes y los decorados te dan una sensación de recogimiento, de protección. ¡En el recital estás sola frente al mundo! Sentirnos vulnerables en escena es lo único que va a conseguir que nuestro canto sea sincero.

Se puede mentir con la palabra, pero nunca con la voz…

¡Exacto! Los cantantes tenemos que ser vulnerables por naturaleza. Somos personas sensibles y para subirse a un escenario y sumergirse en las carnes de cualquier rol, debes de estar abierta a la experiencia con todo lo que esto conlleva. Vulnerable no quiere decir que seas débil. Ser vulnerable significa estar tan conectado contigo, que no precisas de barreras ni de máscaras para mostrarte al mundo porque estás orgulloso de lo que eres.

¿Cómo lidiar la vulnerabilidad y el ego del artista?

El ego es algo que todos tenemos, y los artistas… más. No podemos prescindir de él porque va dentro de nuestra personalidad. Pero cabe decir que hay diferentes tipos de ego, de la misma forma que ego en diferentes cantidades. Aquel que critica de forma descosida sin haberse subido nunca a un escenario, tiene demasiado ego para ser cantante. Para ser cantante tienes que conocerte en todos los sentidos, y saber gestionarte. Cualquier cosa que te afecte, tendrá su reflejo en tu voz. Por tanto tienes que saber lidiar con el exterior para que repercuta lo más mínimo en ti. Desde una mala crítica hasta algo que te sentó mal a la hora de comer, todo influye. La voz es el instrumento al que más conexión se tiene —más bien porque lo tienes dentro y lo sientes parte de ti—. La crítica puede ser muy destructiva. Incluso muchas veces me pregunto cómo hay gente que es capaz de escribir y publicar semejantes barbaridades de un cantante. Pero tu voz es única, no la puedes cambiar, de la misma forma que el gusto es propio de cada uno. Le gustas a un crítico, ¡genial! No le gustas, ¡pues no pasa nada! Lo importante es si estás satisfecho con tu trabajo. Si lo estás, disfrútalo y sigue hacia delante,

Últimamente, por desgracia, se consumen más discos que música en directo…

La experiencia del directo es insustituible. Por mucho que los micrófonos con los que grabes sean de una calidad infinita, la grabación sigue siendo una mentira frente a lo que es cantar en directo. Un micrófono no recoge todas las energías que se forman cuando estás cantando junto a veinte o cincuenta músicos que comparten ese momento contigo. Una grabación acaba siendo la foto retocada de un video con mil detalles. Te suprimen el eco, te quitan algunos armónicos, modifican tu voz para que esté en armonía con el audio final, pero acaban obviando toda una serie de sonidos naturales que tiene cada uno, y que son lo que hace que quieras ver a un artista en vivo. El miedo de toda esta situación sanitaria es que se apueste más por la grabación que por el directo, y eso acabaría matando a la ópera como género, pues es una arte que precisa de gente que disfrute del espectáculo y llene los patios de butacas. ¿Es eso lo que queremos?