LISBOA / Magnífico concierto de clausura para la 12ª edición del Verão Clássico, entre virtuosismo y emoción

Lisboa. Teatro Thalia. 01-VIII-2026. Concierto de clausura de la 12ª edición del Verão Clássico. Eldar Nebolsin (piano), Pascal Moraguès (clarinete), Filipe Pinto-Ribeiro (Piano), Esther Hoppe (Violino), Lena Neudauer (Violino), Lars Anders Tomter (Viola), Giovanni Gnocchi (Violoncelo). Obras de Chopin y Schumann.
Tras diez días transcurridos al ritmo de las páginas más bellas del repertorio, gracias al talento de los “Maestros” y de los (bien llamados) “Talentos”, el Teatro Thalia acogió el concierto de clausura de la 12ª edición del Verão Clássico Festival & Academy. ¡Y qué final! Con el aforo completo, el público lisboeta acudió en masa a este concierto, que era también el cuarto y último de la serie “Master Fest”. Las expectativas no se vieron defraudadas: lo que tuvo lugar en el escenario del Thalia fue un auténtico viaje musical, protagonizado por artistas de talla internacional, antes de concluir con un momento de pura emoción y un vibrante homenaje.
La velada se abrió bajo el signo del genio romántico con dos monumentos del piano, interpretados por un maestro indiscutible del instrumento: Eldar Nebolsin. El pianista uzbeko, conocido por su sensibilidad y su prodigiosa técnica, ofreció primero una lectura muy conmovedora del Nocturno, Opus 15 nº 1 de Chopin. Nebolsin supo capturar la esencia misma de este nocturno, mezclando con una sutileza infinita la dulzura melancólica del canto inicial con los arrebatos más apasionados del desarrollo. Su tacto, de una ligereza aérea, hacía cantar al piano como un órgano de catedral, siendo cada nota una ofrenda. Luego vino la segunda parte del recital: los Preludios, Opus 28, nº 13 a 24 de Chopin. Desde el Preludio nº 13, de una dulzura casi religiosa, hasta el nº 15, el célebre “Gota de agua”, cuyo obsesivo repetido subrayó con una brillantez asombrosa, pasando por el nº 16, torrente de virtuosismo desatado, hasta el nº 24, tormenta de notas de una fuerza evocadora poco común, Nebolsin desplegó un juego de colores y emociones. Su técnica, de una limpieza y una velocidad endiabladas, nunca sacrificó la poesía ni la intensidad dramática.
La velada continuó con las Fantasiestücke, Opus 73 de Robert Schumann, interpretadas por un dúo excepcional: Pascal Moraguès al clarinete y Filipe Pinto-Ribeiro al piano. Este ciclo de tres piezas, entre las más íntimas y poéticas del compositor alemán, fue servido por un diálogo de una complicidad poco común. Desde la primera pieza, Zart und mit Ausdruck (Tierno y con expresión), el clarinete de Moraguès, de una redondez y una calidez cautivadoras, dialogó con un piano de Pinto-Ribeiro de una sensibilidad infinita. La segunda pieza, Lebhaft, leicht (Vivo, ligero), fue un torbellino de notas chispeantes, donde ambos artistas parecían formar un solo aliento. Finalmente, la tercera pieza, Rasch und mit Feuer (Rápido y con fuego), concluyó este ciclo con un ímpetu apasionado y comunicativo. Una lectura de una intensidad poco común, donde la emoción competía con el virtuosismo, y que valió al dúo una merecida salva de aplausos.
Tras el intermedio, llegó el punto culminante de esta velada memorable: el Quinteto con piano, Opus 44 de Schumann, interpretado por un conjunto de ensueño. Filipe Pinto-Ribeiro al piano, Esther Hoppe y Lena Neudauer en los violines, Lars Anders Tomter en la viola y Giovanni Gnocchi en el violonchelo. Desde el Allegro brillante inicial, la evidencia se impuso: estos cinco artistas, unidos por una complicidad manifiesta, formaban un verdadero conjunto de cámara, donde cada uno respiraba al unísono. El piano de Pinto-Ribeiro, ora fulgurante, ora delicado, dialogaba con las cuerdas con una inteligencia poco común. El In modo d’una marcia (Un poco largamente) que siguió, de una nobleza y gravedad sobrecogedoras, desplegó una paleta de colores oscuros y profundos, antes de que el Scherzo (Molto vivace) trajera una bocanada de aire fresco, una danza endiablada de un virtuosismo desmelenado. El Finale (Allegro ma non troppo) fue la apoteosis: un torbellino romántico donde los cinco músicos, arrastrados por la energía comunicativa de Schumann, desplegaron un dominio absoluto de la escritura polifónica. Esther Hoppe y Lena Neudauer, en los violines, tejían arabescos luminosos, mientras Lars Anders Tomter, en la viola, y Giovanni Gnocchi, en el violonchelo, aportaban una profundidad y una calidez que engrandecían el conjunto. Fue un momento de pura dicha musical, una celebración de la amistad y el compartir, que embelesó literalmente al público. De pie, aplaudió largamente a los artistas, saludándolos con clamorosos “¡bravo!” y ovaciones que parecían no tener fin.
Fue entonces cuando Filipe Pinto-Ribeiro, el director artístico del festival, tomó brevemente la palabra en el escenario. Su voz, cargada de una emoción contenida pero palpable, quiso primero agradecer calurosamente a todos los que hacen posible la existencia del Verão Clássico: a los socios institucionales, cuyo apoyo es indispensable; a los extraordinarios músicos y maestros, cuyo talento y dedicación hacen la calidad excepcional del festival; y, sobre todo, a los más de 150 jóvenes músicos llegados de los cuatro rincones del mundo, cuyo entusiasmo, trabajo y pasión son el corazón palpitante de esta aventura humana y artística única.
Luego, en un silencio profundo, Filipe Pinto-Ribeiro rindió una vez más homenaje a Stephan Picard, ese violinista hispano-alemán fallecido repentinamente la víspera de la apertura del festival. Recordó que el inmenso legado artístico y humano de Stephan Picard seguirá inspirando a las generaciones futuras, y que su memoria siempre formará parte de la historia del Verão Clássico. Sus palabras, vibrantes de sinceridad, llegaron al corazón de todos.
Filipe Pinto-Ribeiro concluyó subrayando con fuerza que el Verão Clássico es mucho más que un festival y una academia. Es una auténtica celebración de la música en toda su excelencia, de la transmisión entre generaciones, del compartir, de la amistad y de ese lenguaje universal capaz de reunir a los seres más allá de las fronteras. Estas palabras, sencillas y profundas, sellaron el alma de esta edición 2026, una edición marcada por el duelo pero también por una resiliencia y una belleza excepcionales.
Emmanuel Andrieu
(fotos: Andreia Carvalho)


