Leonskaja en las raíces de Málaga

Málaga. Festival Raíces Málaga. 28-II-2025. Sala Fundación Unicaja María Cristina. Elisabeth Leonskaja, piano. Mozart: Sonata nº18 KV 576; Schoenberg: Seis pequeñas piezas Op.19; Chopin: Nocturnos Op.55/1 y Op.27/2 y Polonesa-Fantasía Op.61; Webern: Variaciones Op.27; Schubert: Sonata nº16 en la menor D.845.
El jueves 27 se inauguró en Antequera un nuevo festival de bolsillo, que trata de seguir la senda del Atrium Musicae de Cáceres, pues tiene detrás al mismo programador, Antonio Moral. En Málaga, organiza Gastroarte, una asociación sin ánimo de lucro que reúne a 42 cocineros de toda la comunidad andaluza, y patrocina la Fundación Unicaja. La muestra trata de aunar gastronomía con patrimonio y música. La apertura en Antequera cobró el máximo sentido, por la impresionante riqueza patrimonial de la ciudad, el estupendo menú degustación de bienvenida que preparó Charo Carmona en su restaurante Arte de Cozina, con elaboraciones de platos tradicionales de la zona (algunos, recuperaciones de recetas olvidadas) y el extraordinario concierto que ofreció el Cuarteto Quiroga en la iglesia del Monasterio de San Zoilo, que incluyó un trascendido Op.132 de Beethoven junto a obras de Manuel Canales y Mozart.
El día 28, festivo en la comunidad andaluza, Raíces se trasladó a la capital malagueña, primero con un duelo organístico entre Daniel Oyarzabal y Matteo Imbruno en los dos instrumentos construidos por Julián de la Orden para la catedral entre 1781 y 1783, un conjunto excepcional en un estado algo pobre de conservación, e inmediatamente con una cita señaladísima, el recital de Elisabeth Leonskaja en la bella Sala María Cristina, que presentó menos afluencia de público de la que parecía razonable, y es que una de las fallas detectadas en esta primera edición de Raíces es la falta de una política más audaz de comunicación.

La insigne artista de Tiflis presentó un programa de singular naturaleza vienesa (clásica y siglo XX), con la intrusión de Chopin. Empezó con un Mozart (Sonata KV 576) robusto desde unos acordes de arranque potentísimos, un poco marmóreo si se quiere, aunque hizo un Adagio de extraordinaria claridad, muy elegante, y un Allegretto final radiante, brillantísimo. Saltó luego a Schoenberg, que tocó, como a Webern, con partitura, un detalle significativo, ya que aunque Leonskaja no es ajena a las músicas del siglo XX e incluso la contemporánea, es un repertorio mucho menos transitado en sus recitales. Me gustó más en la descomposición, tensa hasta el silencio, de las Variaciones de Webern que en la sucesión un tanto deshilachada de las miniaturas de Schoenberg.
El Chopin de Leonskaja tiende hacia lo adusto y lo severo, como si no se hubiera forjado en Mozart y el belcanto. Por supuesto no hay en su acercamiento al compositor nada del bomboncito dulcificado de antiguas aproximaciones, sino tensión armónica y rigor rítmico, aunque también sugerente notas de color. En el Nocturno Op.55 nº1 pudo más la gravedad y una cierta literalidad de trazo, pero el Op.27 nº2, apoyado en un sutilísimo uso del pedal, alcanzó a penetrar en la entraña poética de la obra. Muy distinta resultó la Polonesa-Fantasía Op.61 en la que la artista desplegó toda su artillería de recursos para obtener una interpretación ardiente, en permanente ebullición, con dinámicas extremas.
En mi opinión, lo mejor de la noche fue su interpretación de la Sonata en la menor Op.42 D.845 de Schubert, una versión abierta ya con un crescendo de notable impacto y que estuvo repleta de detalles articulatorios y de agógica, nunca caprichosos, pero llamativos (como algunas retenciones en la repetición del primer tema del Moderato inicial capaces de suspender las expectativas del oyente). En el segundo movimiento, un Andante con variaciones, Leonskaja sacó su vena más lírica, sobre todo en las variaciones más extravertidas, porque de la tercera, en menor, supo explotar su naturaleza cromática y sus disonancias hasta lo desgarrador. La sonata se vivifica en sus dos últimos movimientos, primero con un Scherzo turbulento, amenazante, que contrastó de forma extrema con un trío de suavísima pulsación, todo delicadeza; finalmente con un rondó de salida de gran brillantez, apoyado en un absoluto control rítmico y un virtuosismo intachable, capaz de combinar la agilidad articulatoria que requiere el tema principal, cruzado de pequeños detalles de agógica y de acordes rotundos, con la sustancia lírica de los episodios intermedios, hasta una coda en un accelerando enérgico que culminó en el acorde final con un fortissimo atronador.
Pablo J. Vayón


