LEIPZIG / Herbert Blomstedt y la Novena de Bruckner

Leipzig. Gewandhaus, Grosser Saal. 18,19,21-IX-2025. Orquesta de la Gewandhaus, Michael Schönheit, organista, Herbert Blomstedt, director. Obras de Liszt, Bach y Bruckner.
Res severa verum gaudium (cosa seria es la verdadera alegría); sentencia de Séneca que ha hecho suya la Gewandhaus. Al entrar en la sala sinfónica puede verse dicha sentencia encima del teclado del enorme órgano que preside el auditorio. Este lema siempre ha estado presente en las distintas salas por las que ha transitado la orquesta. Desde la primera, la original Gewandhaus (casa de los comerciantes de telas) hasta la actual, inaugurada en 1981.
La primera parte del concierto fue exclusivamente de órgano, integrada por dos obras, las Variaciones sobre el bajo continuo de la cantata Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen y el Crucifixus de la Misa en Si menor de Johann Sebastian Bach, S 673 de Franz Liszt y el Preludio y Fuga en Mi bemol mayor, BWV 552 de J. S. Bach, ambas interpretadas por Michael Schönheit, organista de la Gewandhaus desde 1986. La obra de Liszt se basa en el tema que inicia el coro en la cantata Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen (Llanto, Lamento, Afán, Temor) así como en el Crucifixus, ya que Bach utilizó el tema de la cantata para la sección más dramática del Credo. Las variaciones son un total de treinta, y todas ellas siguen una línea cromática descendente, finalizando la obra con el coro final de la cantata, Was Gott tut, das ist wohl getan (Lo que Dios hace, se hace bien). A lo largo de las distintas variaciones predomina un sentimiento, digamos trágico, para terminar en una atmósfera de cierta esperanza. El Preludio y fuga BWV552 pertenece al Clavier Übung III. Tanto el preludio como la fuga tienen tres temas, y teniendo en cuenta que la tonalidad de Mi bemol mayor tiene tres bemoles, ¿podría decirse que representa la Trinidad? Ambas piezas sonaron espléndidamente gracias a la solidez del gran organista Michael Schönheit. Hubo momentos realmente impresionantes, como unos pianísimos ejecutados con el pedal, a los que se sumaron distintas voces del órgano que fueron in crescendo paulatinamente.

En la segunda parte le tocaba el turno a Herbert Blomstedt y la Novena sinfonía de Anton Bruckner.
A sus 98 años, Blomstedt sigue manteniendo unas facultades mentales increíbles. Para caminar se ayuda con un andador al que llama su Rolls Royce. Quiere volver a grabar con la Gewandhaus todas las sinfonías de Bruckner, ya que dispone de unas nuevas ediciones (no sé exactamente cuáles son); de hecho, esta Novena se ha grabado en directo durante los tres conciertos. La duración de la obra es prácticamente igual a la que grabó con la misma orquesta, también en vivo, en noviembre de 2011, unos 24 minutos los movimientos primero y tercero y 10 el Scherzo.
La acústica de la sala de la Gewandhaus es espléndida y no digamos la orquesta. Posee una cuerda extraordinaria -¡cómo suenan los violines!- así como la sección grave, chelos y contrabajos. Muy buenas las maderas, los metales asombrosos y el timbalero magnífico (me recordaba algo al extraordinario timbalero de la Filarmónica de Leningrado en la época de Mravinsky). Con todos estos mimbres, qué se puede esperar de la Novena. Lo que resultó fue algo extraordinario.
Blomstedt dirigía sentado, con ligeras indicaciones de ambos brazos. Me recordaba a Mravinsky cuando, ya mayor, dirigía también sentado, pero con una diferencia: Mravinsky miraba la partitura; Blomstedt ni la abrió, permaneció cerrada en su atril.
El comienzo, con el tema que entonan las trompas junto con el acompañamiento de violines y maderas hasta desembocar en el gran tutti orquestal, nos indicó que lo que íbamos a oír probablemente iba a ser excepcional, cosa que así fue. El metal era deslumbrante, llegando a unos fortísimos tremendos, aunque nada ruidosos. El segundo tema es introducido por una cuerda maravillosa y el tercer tema fue interpretado por un buen oboe solista. El desarrollo va alternando momentos sosegados con otros más dramáticos, alcanzando un tremendo clímax, que algunos han tachado de apocalíptico. La coda retoma el primer tema acabando con un tremendo fortísimo.

El Scherzo se inicia con unos pizzicatti de las cuerdas, introduciendo una melodía alegre, pero bruscamente llega una serie de acordes brutales, iniciados por la cuerda, continuados por las trompas y después por toda la orquesta, remarcados de forma tremenda por el timbal. El trío parece que relaja el ambiente, aunque para mí es como si se estuviera riendo. Retorna el scherzo y se concluye nuevamente de forma brutal. Fue una interpretación formidable, quedé estupefacto.
En el tercer y último tiempo, adagio, Blomstedt logró momentos muy dramáticos. Solo quiero centrarme en el gran clímax, que concluye con un auténtico grito, tras el cual las cuerdas y tubas wagnerianas inician una música de cierta tristeza. Pero al final la obra acaba con algo de esperanza. Tras el final, Blomstedt mantuvo un silencio de algo más de veinte segundos, creo que unos 24 o 25. El público del día 18 lo respetó, pero el 19, cuando habrían transcurrido 20 segundos, un aplaudidor impenitente, situado a mi derecha, interrumpió el silencio. Algunos miembros de la orquesta pusieron un gesto de disgusto. Al final todos nos levantamos para aplaudir y gritar bravos por semejante interpretación.
La sentencia de Séneca pude corroborarla al haber escuchado este concierto los días 18 y 19 de septiembre. La música es la verdadera alegría, nunca desaparecerá, a no ser que este mundo terrible en el que vivimos quede destruido en su totalidad.
Francisco Javier Espino Nuño


