Las tardes del Hemeroscopium (Antón García Abril y el audiovisual)

Las tardes del Hemeroscopium (Antón García Abril y el audiovisual)

Empiezo a escribir estas líneas sobre Antón y lo primero que me viene a la memoria es su imagen -hará de esto unos años-. Él sentado en el jardín de su asombroso hogar, el Hemeroscopium, diseñado por su hijo entre 2005 y 2008. Un prodigio de la vanguardia y un reto a la gravedad, con esa piscina voladiza no apta para los que sufren de vértigo como yo. Antón Jr. ya vivía en Boston y él llevaba años instalado en esa residencia futurista. Parecía una contradicción para alguien tan apegado a la forma, a un cierto clasicismo ligado a la melodía y ajeno a los experimentos desconectados del gran público. Pero en la vida tendemos a juzgar a los demás por las apariencias con demasiada facilidad. Etiquetar es muy cómodo y útil. Y también muy erróneo. Ahora verán el por qué. Era una tarde de verano, de esas donde sale a pasear un tal Lorenzo, en la que habíamos encontrado una agradable brisa a la sombra de un árbol.

Charlábamos sobre música. De lo mucho que admiraba a Bartók, a Debussy, a Ravel, a Shostakovich. Para él, lo mejor en el universo musical se había producido con el estallido del siglo XX, pero con Darmstadt toda esa sucesión de ideas nuevas, frescas y vertiginosas, habían virado hacia un callejón sin salida. Sentía que la música debía formar parte de un sentimiento nacionalista. La suya reflejaba muy bien su lugar de nacimiento. Le insistí en que el final de la Segunda Guerra Mundial, los millones de muertos, habían empujado hacia un nuevo amanecer. La confianza en el ser humano había desaparecido y la música se había hecho eco de esa derrota. Ya nunca nada podría ser igual. Pero Antón no era partidario de llevar esa visión catastrofista al ámbito cultural. Siempre tuvo esperanzas en el ser humano. La música nunca podría dejar de ser corazón para convertirse en mente. Me insistía en que no se debía renunciar al avance, al contrario, pero que había que saber encontrarle sus limitaciones. Su lenguaje partía de la tradición española avanzada, donde los conceptos de belleza y humanismo culminaban el ideario musical.

Ese hogar que se alzaba a nuestra espalda, esas estructuras helicoidales de apariencia fría y hostil, eran en realidad la carcasa poética de una casa confortable y amable, llena de vida, de libros y discos, que olía a música por los cuatro costados. Su nombre estaba extraído de una obra musical escrita por Antón en 1972. Un prodigio orquestal formado por piezas sin solución de continuidad y ajenas a los patrones formales de la tradición. Partes musicales, desde el andante tranquilo hasta el allegro, que se relacionan entre sí de manera secreta, como lo hacían las siete enormes vigas y el bloque de granito que ejercía de contrapeso en aquella imponente casa.

La música era la vida para Antón y a sus 87 años no paraba de componer y viajar de un lado para otro para escuchar sus piezas, esas que surgían de su corazón y al que nos sentíamos conectados cuando los instrumentistas se arrancaban a ejecutarlas. Me hablaba de la complicidad que había alcanzado con Hilary Hahn y lo contento que estaba de las Seis Partitas para violín compuestas para ella. Pero yo no perdía la oportunidad para hacer virar la conversación hacía otra parte de su obra, esa tan conocida y querida por el público: su trabajo para cine y televisión. Él me hablaba de Lurtkantak, yo le recordaba los méritos de La lozana andaluza. Le vibraba la voz al recordar El mar de las calmas, yo asentía, pero contratacaba con la belleza melódica de Los pájaros de Baden-Baden.

Recuerdo el día que nos conocimos, también en Hemeroscopium. El motivo era una entrevista para la revista de la Academia del Cine Español. Poco tiempo después se le concedería la Medalla de la Institución. Yo había recopilado cerca de 130 temas de créditos inéditos compuestos por él para el cine y se los llevaba en soporte digital. Era un regalo, mezcla de ingenuidad y admiración. La entrevista se alargó y escuchamos muchos de esos viejos temas. La mirada se le iluminó. Áurea, su compañera de vida, ejercía de taquígrafa. Recordaba fechas, lugares de grabación, directores, amigos. Áurea ejerció de cómplice y las reticencias iniciales de Antón hacia todo su trabajo para el audiovisual se convirtieron en curiosidad y, pronto, en franca aceptación. Había una parte de esa música que aún sentía viva en su corazón. Se reconocía en ella, la disfrutaba. El olvido y la memoria juega esas pasadas.

En mi próxima afirmación no caben medias tintas. Antón se convirtió en la banda sonora de nuestro cine a lo largo de más de treinta años, desde que a sus 23 primaveras Pedro Lazaga le llamara para escribir la música de Torrepartida (1956). Por entonces, estudiaba en Madrid y las vacaciones las pasaba en su Teruel natal. Allí, su padre era muy amigo del de Juan Antonio Belloch –el posterior ministro socialista con Felipe González- y, casualidades de la vida, también era el guionista. Le habló al equipo de rodaje de un músico joven que ya despuntaba en el Conservatorio. Lazaga se llevó las manos a la cabeza. Era la primera película rodada en CinemaScope en España. ¡Como para andarse con experimentos! Pero tras escuchar algunos de sus temas al piano ni vaciló. El resultado fue un western con denominación de origen, una música que respiraba dramatismo, sujetada por los cobres, y que, aún hoy, resuena como ejemplo singular.

Con Lazaga llegó mucho más lejos que con sus consabidos trabajos para comedias populares como las de Sor Citroen (1967) o El turismo es un gran invento (1968). Otra de esas apariencias en las que gusta apoyarse para prejuzgar sin conocimiento de causa. Se adentró en el universo rotaniano con Los tramposos (1959), ejemplo de cine desarrollista que mostraba cómo sobrevivir en una España hambrienta y arruinada, e incluso se atrevió a codearse con la vanguardia, en un ejercicio de combinaciones orquestales sorprendentes, recreando la psicología de un cuarentón dominado por su madre en El tímido (1965).

Aunque el cine franquista de la época tendía a ser de naturaleza inquietantemente convencional, Antón no perdía la oportunidad de ir por libre, transitando arenas movedizas de la mano de directores como Armando de Ossorio en películas de terror –La noche del terror ciego (1972), El buque maldito (1974)- en las que empleaba piano preparado y alteraba el uso de las voces en un mundo repleto de atmósferas electroacústicas. Eran productos que nunca estaban a la altura de su fama como músico pero que resolvía, sin perder un ápice de humor, con la indudable maestría técnica de la que siempre hizo gala.

A partir de los años setenta, Antón concentró buena parte de su excelente aportación musical al medio en películas de dudoso pedigrí, pero nacidas como referente de obras literarias, como las de Francisco Delicado –La lozana andaluza (1976)- y Wenceslao Fernández Flores –Volvoreta (1976)-, partituras de un lirismo sobrecogedor alentado por un lenguaje costumbrista de corte sinfónico. Solo unas pocas de sus muchas obras maestras.

Sería con el advenimiento de la transición y la llegada del Nuevo Cine español donde compilaría los mejores títulos de su filmografía. Trabajando con Mario Camus –La colmena (1982), Los santos inocentes (1984)-, Pilar Miró –El crimen de Cuenca (1980), Gary Cooper que estás en los cielos (1981)- o Antonio Isasi –su muy querida El perro (1976)-, ya a ningún crítico despistado se le ocurriría poner en duda la altura de su obra cinematográfica, como si ésta no hubiera emanado siempre, al igual que su música pura, de la historia y la existencia de las tierras y sus gentes. Una música nacida para recrear la vida y para la contemplación de los placeres más mundanos, esos que gustan y se disfrutan.

Antón también conquistó la televisión. ¡Y menudo éxito! Allí nacieron temas imborrables de la iconografía popular como los de Fortunata y Jacinta (1980), Anillos de Oro (1983) y Segunda enseñanza (1986). Y, claro, cómo no, también la inolvidable El hombre y la tierra (1974-1980). En ella logró darle a la naturaleza un sonido propio, tratando a los animales como a las personas, entregándoles sentimientos humanos a través de sus notas. Amaba profundamente ese corpus sonoro y solía hablar con mucho afecto de Félix Rodríguez de la Fuente.

Así que le propuse con el paso de los años, y ya con el gusanillo de su música cinematográfica metido en las venas entre homenaje y homenaje –se sucedieron en festivales e instituciones a partir del 2014-, iniciar la búsqueda de las grabaciones originales olvidadas en algún lugar de su Fundación. Qué mejor forma que comenzar a recuperar su legado audiovisual que con uno de sus grandes amores de juventud. Y las cintas aparecieron. Con la ayuda inestimable de nuestros buenos amigos de Quartet Records, fueron restauradas y se les extrajo todo el jugo. Y a Antón el sabor del zumo le entusiasmó.

Y es aquí cuando vuelven a entrar en escena los jardines del Hemeroscopium y las tardes en su estudio, escuchando y seleccionando los temas que integrarían la edición discográfica que vería finalmente la luz en 2018. Y mientras escribo, vuelven los recuerdos. O mientras recuerdo, escribo. Los temas de la serie sonando uno tras otro, su cara iluminada por la felicidad del momento, sus comentarios y anécdotas, su maestría a la hora de escoger las palabras con el mismo buen gusto con el que acudían a él las notas ante el pentagrama. Escucharle hablar de música, de su música, era una clase magistral.

¡Qué recuerdos, los de las tardes del Hemeroscopium!. La palabra, como casi todo en la vida de Antón, no estaba elegida al azar. Para los griegos significaba el lugar donde se pone el sol, una alusión a una zona que no existe más que en los sentidos, capaz de moverse, pero al mismo tiempo de ser real. Ayer también se puso el sol en el Hemeroscopium, pero no fue como cualquier otra tarde. Antón nos dejó al ponerse el sol. Un maldito día que dejó paso a una noche eterna.