LAS PALMAS DE GRAN CANARIA / ‘Los Gavilanes’: Cuando los aldeanos se convierten en protagonistas

Las Palmas de Gran Canaria. Teatro Pérez Galdós. 23-X-2026. Carmen Solís. Borja Quiza. Jennibel Hernández. Joan Laínez. Alberto Aliaga. Isaac Dos Santos. Silvia Zorita. Alicia Ramos. Andrea Zoghbi. Jose Luis Massó. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Dirección de escena: Jorge Torres. Dirección musical: Rafael Sánchez Araña. Guerrero: Los Gavilanes.
Se cierra la XXXIV Temporada de Zarzuela de Canarias, en el Teatro Pérez Galdós de la capital grancanaria, con una de las obras más importante del género: Los Gavilanes de Jacinto Guerrero. Ha sido una temporada corta, pero con muy buen nivel, y en la que echamos en falta, como mínimo, dos títulos más. Pero subir el telón no es empresa fácil, por lo que habrá que esperar a que mejoren las ayudas, las subvenciones, el mecenazgo, el incremento de socios, la venta de localidades, y todo lo que lleve a que las condiciones financieras permitan que se cumpla este deseo, pues esta tierra siempre ha sido fiel a la Zarzuela, y hay que seguir reforzando firmemente los cimientos para mantener e incrementar a los amantes y aficionados del género.
Originariamente la zarzuela se iba a llamar El Gavilán, pero antes de la primera representación se decidió usar el plural para el título; evidentemente es el personaje del indiano Juan, al que el pueblo le atribuye este sobrenombre dado los acontecimientos. El reputado barítono Borja Quiza fue el encargado de interpretar al emigrado del apodo aviar y no defraudó en absoluto. La potente entrada en “Mi aldea” ya nos hizo intuir que disfrutaríamos de un intérprete noble. Faltó un poco de emoción en el duo “Al impulso de noble ansiedad”, pero cantó el barítono con seguridad, con una demostrada capacidad para pasar del canto más elegante y desenfadado en “El dinero que atesoro” al arrebato más brioso en “No importa que al amor mío”. La voz de Quiza tiene prestancia, una tesitura firme y bien trabajada, y un timbre rico que se sobresale frente a la orquesta. Un intérprete que se desenvolvió con soltura en la escena y supo contrastar y ofrecer lo mejor de este personaje principal, tan querido como odiado.

Carmen Solís afrontó a Adriana con más profesionalidad que relevancia. La soprano, que interpreta con un gusto exquisito, sonó algo fatigada, con un vibrato en el timbre vocal, visiblemente oscilante y un volumen que perdía intensidad en algunos pasajes, especialmente en la zona media grave. Su mejor momento fue “Yo le adoraba” del acto tercero, cantado a media voz, con profunda afectación y óptima comunicación con el público, que disfrutó gratamente de este momento. Se esmeró y consiguió, con veteranía, darle a su personaje la importancia y presencia que tiene en la trama.
El tenor lírico-spinto mallorquín Joan Laínez estuvo espléndido en el papel de Gustavo. En su voz, el personaje sonó con un color menos lírico que de costumbre, pero perfectamente cantado, con una robustez sonora y agudos firmes. Se lució en “Soy mozo y enamorado” con un ascenso al agudo de gran impacto, que emitió desde uno de los palcos; en el concertante, cantado con vigor y muy implicado en la acción; en su romanza “Flor roja” expresada con más contención, pero bien resuelta, y en “Bien sé que nada valgo para ti”, con la que cerró su exitosa interpretación.
Jennibel Hernandez es una lírica ligera, que encontró algunas complicaciones en su rol de Rosaura, especialmente en aquellas partes más centrales, como en “No hay por qué gemir”, un número que sonó poco favorable para el lucimiento de sus cualidades. Añadió a sus intervenciones algunos saltos de octavas alternativos, consiguiendo de este modo hacerse más presente vocalmente, momentos en los que pudimos constatar que es una soprano para roles de tesitura más deslumbrante. El carácter excesivamente aniñado con el que asimiló el rol fue poco atractivo, quedando su actuación un tanto desigual.
Al alcalde Clarivan de Alberto Aliaga se le podría poner objeciones como cantante, aunque en este aspecto el personaje tampoco es muy exigente, pero su actuación fue un prodigio de interpretación, cuidó todos los detalles, transmitió una energía extraordinaria, y dominó la escena con gracia y una buena paleta de matices. De lo mejor de la función. Isaac dos Santos como el sargento Triquet aportó comicidad con desenvoltura, presencia y buena dicción; muy apreciable la complicidad conseguida con Aliaga.
La actriz Ruth Sánchez interpretó a su Leontina con una naturalidad y una verdad muy conseguida. Supo dibujar de manera inmejorable a la anciana dominante, manipuladora y ambiciosa, origen del conflicto. Espontánea, vivaracha y bien resuelta la Renata de Silvia Zorita, presentando a esa cuñada hipócrita e interesada con una buena vis cómica. José Luis Massó, como Camilo, aprovechó todas sus intervenciones para demostrar sus buenas dotes de actor, en un personaje que manejó con comodidad. Alicia Ramos, como Emma y Andrea Zoghbi, como Mita, se implicaron en la acción con frescura y estilo. Completaron el reparto, Luna Mihalic, Elena Cabrera, Elisa Rodríguez, Antonio Trejo y Pedro Hernández.

El Coro de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, dirigido por Luis García Sánchez, con un excelente sonido compacto y equilibrado en todas las cuerdas, demostró con luminosidad y precisión rítmica la importancia que tiene en esta obra la masa coral, tanto en lo musical como en lo escénico. Integrados en la acción como una auténtica comunidad marinera, supo responder con personalidad a las diferentes situaciones y conflictos de la historia, siempre con un canto claro, expresivo y perfectamente afinado. Consiguieron una buena calidez sonora en “Pescador de tu playa te alejas”, un momento bellísimo en la “Ofrenda”, y gran intensidad en el concertante “Guarda indiano tu riqueza”, por citar especialmente algunas intervenciones de las muchas que tienen en la partitura, y que el Coro de la OFGC supo cantar con eficacia, actuar, matizar, y convertir a los aldeanos en principales protagonistas de esta zarzuela. Un trabajo sobresaliente.
Es siempre una garantía tener en la dirección musical a Rafael Sánchez Araña, esta vez frente a la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. La versión del maestro sonó espléndida, afrontando los muchos cambios y riqueza de estilos que tiene la partitura, ya que Guerrero quiso introducir esos ritmos de moda como el fox-trot o el tango milonga. Consiguió con la orquesta grandes contrastes dinámicos, ritmos ágiles en las marchas, un color festivo, y mantuvo la intensidad emocional cuando las partes más íntimas o dramáticas lo requerían, siempre al servicio de las voces, para que éstas se sintieran bien acompañadas, sin sobresfuerzos. Las lecturas de Sánchez Araña son meticulosas en tiempos, calidad sonora y presencia instrumental, y eso se traduce en un resultado más que notable. Un director imprescindible para estos cometidos líricos. La OFGC, siempre precisa en los ataques y en el volumen, nos agarró, por ejemplo, con la expresividad de las cuerdas y maderas en el dúo de la madre y la hija, llena de sensibilidad y lirismo; con la ligereza de la percusión; con la cálida textura en la romanza del tenor; con los trombones y trompetas sin estridencias; un gran trabajo en perfecta armonía, que dio vida y valor a esta partitura de 1923, con la importancia que merece.
La dirección de escena estuvo en manos de Jorge Torres, que aprovechó todo el espacio escénico para situar, componer y destacar tanto a principales como a coro, beneficiando admirablemente la acción, el movimiento y la progresión de la obra, evitando lagunas que permitieran decaer la fluidez de las escenas. Construyó con mucha creatividad, atractivas estampas visuales, que el espectador supo apreciar y disfrutar.
Carlos Santos creó un diseño escenográfico sin elementos innecesarios, formado en varios niveles que evocaban lo que podrían parecer unos pantalanes. Supo distribuir los espacios con paneles móviles, cuando había que acotar, sin saturar la escena. Interesante las estructuras que colgaban en lo alto, en las que unas redes, inmersas en una atmósfera sombría, caen como un presagio sobre lo que acontece en la aldea desde la inesperada llegada del protagonista, redes que en un momento clave, atrapan al personaje de Rosaura, como si fueran la prisión de ese destino pactado para ella, por su abuela y el pretencioso Juan. Apoyada por proyecciones de fondos, de impresiones abstractas, la escenografía deja abierta a la imaginación del espectador la ubicación exacta de la historia. Un buen ejemplo de que, con profesionalidad y pocos medios, se puede conseguir muy buenos resultados. Preciso y sugestivo el diseño de iluminación de Cristina Alba.
Esperemos que algún día, en estos lares, se recupere para la escena la “Marinera del Perú” escrita para el personaje de Rosaura, qué en su momento, fue suprimida para agilizar el estreno. Ahora toca seguir apostando por nuestra Zarzuela, por no dejarla nunca sola en las salas de teatros, en los conciertos, en los recitales, por seguir consumiendo su música y su historia, por valorar ese inmenso catálogo de obras que fueron, son y serán de lo más preciado de la cultura de nuestro país.
José Juan Robaina Martín
(fotos: Sabrina Ceballos)


