Las lecciones de Boulez

Las lecciones de Boulez

La traducción inglesa de las lectures de Pierre Boulez en el Collège de France —Music Lessons, Faber, 688 páginas, 30 libras—, adonde le llevó Michel Foucault en 1976, pone de nuevo sobre la mesa la tarea teórica de un músico revolucionario, de un dictador poderoso y de un creador de primera magnitud independientemente de las consecuencias de su idea de progreso sobre un arte en el que no le hubiera importado, quizá hasta estaba seguro de ello, abrir una nueva era: antes de o después de sí mismo. A la vista de las dieciséis lecciones que el libro contiene, de la muestra de reflexión sobre lo ajeno —siempre que no sea competencia— y lo propio, la conclusión inmediata es que el edificio levantado por el indisputado maître à penser de la vanguardia es rebatible, claro está, pero no por cualquiera. Acerca de la impertinencia de las emociones en el arte tenemos más literatura que experiencia real y sobre la consideración del análisis, del desciframiento como principio de placer intelectual demasiadas desafecciones desde finales de la Segunda Guerra Mundial.

Demos a un lector sin prejuicios estas lecciones y los libros de Alex Ross y diez de cada diez se quedarán con el brillante musicógrafo americano antes que con quien seguramente se consideraba a sí mismo como una parte esencial de la historia de la música, lo que sin duda le ayudó a ser como era, a escribir como escribía y a dirigir como dirigía, incluyendo en el retrato el impagable placer (vicario) de tocarle el trigémino a la grada de los wagnerianos. Boulez escribió algunas de las obras más extraordinarias de la segunda mitad del siglo pasado y llevó a parte del público a un estado de exasperación mayor que aquel que lograra Schoenberg.

Aquel público es hoy mayor y Boulez ha muerto. De aquel público queda quizá la base genética para despreciar lo que no se entiende y de Boulez una obra a la que el tiempo someterá a su juicio implacable. En las lecciones del maestro permanecerá por siempre la expresión de una cultura pocas veces hallada en músico alguno, muy por encima de la mayoría de sus detractores por no decir de todos. Es verdad, sin embargo, que lo que queda es la obra, sola, sin otra posibilidad de permanecer que alcanzar la otra orilla del discurso: la del que escucha —y aquí no valdría solamente el número de los convencidos. Boulez vivió antes de morirse la plenitud del éxito de quien tuvo todas las armas para enfrentarse a su propio tiempo y crear otro aún más propio y aún más nuevo, para creer que el antiguo quedaría abolido y que las reglas eternas ya no serían para siempre. El mundo de la música debería venerar a Boulez por su obra, desde luego, pero también por lo que trató de hacer en beneficio de una música en la que lo intelectual también trabajara. El resultado, según pasen los años, quizá sea un gran fracaso, o un fracaso a medias, como en el fondo casi todo, pero un fracaso lo suficientemente razonado como para que la historia lo respete pues en estas lecciones está también la búsqueda de la razón por la que una obra de arte lo es. Boulez aprovechó su momento, construyó su tiempo y trató de cambiar la historia de la música. Nos gustará —¿ven?: es inevitable— más o menos, podremos apostar por la supervivencia de toda o de una parte de su creación pero no podremos negar que la autoconstrucción de su propia imagen fue una obra maestra a la altura de las que escribió. Naturalmente, Cummings ist der Dichter pero Boulez fue el músico.