Las campanadas de Emil Gilels

Las campanadas de Emil Gilels

Cuando, a mediados de los años cincuenta, la Unión Soviética permitió a sus pianistas actuar en Occidente, el primero al que envió fue Emil Gilels. El régimen miraba con recelo a Sviatoslav Richter por sus orígenes alemanes y temía que aprovechase la ocasión para fugarse. Gilels, en cambio, encarnaba la ortodoxia. Pero no fueron sólo razones de índole política las que inclinaron la balanza a su favor. Gilels era por encima de todo un portento pianístico: unía dotes de virtuoso supremo (Heinrich Neuhaus, su profesor en el Conservatorio de Moscú, afirmaba no haber escuchado nunca unas octavas como las suyas) con la sensibilidad de un poeta. Su toque era mágico; su legato, soberbio; su estilo interpretativo –fiero, viril, épico– arrastraba a las audiencias.

Gilels conciliaba velocidad, fuerza y esplendor tímbrico. El sonido no perdía su belleza ni siquiera cuando el pianista tocaba muy fuerte o muy rápido. Esta cualidad se debía tal vez a la peculiar naturaleza de la sonoridad de Gilels: su tono broncíneo, denso y con reflejos dorados, se parecía al de una campana. Había algo profundamente ruso en esta sonoridad, pues la campana es un elemento insoslayable en el horizonte acústico y simbólico de la cultura rusa: el Boris Godunov de Musorgski, Las bodas de Stravinski, Las campanas de Rachmaninov, el Andrei Rublev de Tarkovski, los cuentos de Turguénev… En obras como las Baladas op. 10 nº 1 y 3 de Brahms (y también sus dos conciertos para piano) o en la Waldstein y la Appassionata de Beethoven, el piano de Gilels retumbaba como una campana: majestuosa, poderosa, elocuente, lírica, a veces cristalina.

Por otra parte, Gilels no era sólo un extraordinario escultor de grandes formas, también fue un consumado miniaturista (no hay más que recordar su disco de las Piezas líricas de Grieg). En el primer vídeo –grabado en vivo en la Sala Chaikovski de Moscú en 1983– le vemos tocando la Romanza sin palabras op. 38 nº 6 Duetto” de Mendelssohn. La interpretación sorprende de entrada por su acusada lentitud: 4’23”. No es sólo que Gilels sea más lento con respecto a la mayoría de sus colegas, lo es también con respecto a sí mismo. En un registro de 1947, el Duetto le duraba 3’03”: un minuto y veinte segundos menos. La diferencia es abismal, y no solamente en términos de velocidad.

Un sentido de despedida, y hasta de cansancio físico, planea sobre la versión tardía. Prevalece en el último Gilels un tono filosófico no exento de amargura. Tal vez fuera la sensación de un inevitable declive físico (en 1981, el pianista había sufrido un infarto tras un recital en el Concertgebouw de Ámsterdam y desde entonces su salud se había resentido) o quizá el presentimiento del ocaso de aquel mundo –la Rusia soviética– en el que había transcurrido, para bien y para mal, su vida. Lo cierto es que algo había hecho mella en él: una especie de sufrimiento interior, o acaso de melancolía. Como resultado, una nota humana y doliente se introdujo en su estilo fiero y rocoso.

Este nuevo clima emotivo impregna también su interpretación del Duetto. Mendelssohn concibe la pieza como un diálogo entre dos voces, una en el registro agudo y otra en el grave, con el acompañamiento situado en el medio. Cuando el canto se encuentra en el bajo (0’33, 1’15”, 1’55”…) se percibe con la máxima claridad ese timbre tan característico de Gilels: profundo, bruñido y resonante como una campana. Puede incluso que la velocidad escogida por el pianista esté pensada precisamente para obtener esta sonoridad. Y mientras a partir de 3’46” el melancólico repicar se extiende a todos los registros del instrumento, uno no deja de pensar en el verso del poeta ruso Osip Mandelstam: “Toda mi alma en las campanas tengo”.