La tumba de Stravinsky

La tumba de Stravinsky

En el, como todos los suyos, magnífico artículo de José Luis Téllez en su Música Reservata de este mes en Scherzo aparece como ilustración una fotografía de la tumba de Igor Stravinsky en el cementerio de San Michele de Venecia. Quizá el lector se habrá fijado en la diferente decoración que lucen la del músico y la que se encuentra a su lado, que no es otra sino la de su esposa Vera. Las dos encabezadas por sus nombres, en precioso diseño tipográfico del escultor Giacomo Manzù. La del compositor está salpicada de algunas plantas, flores, florecillas, pequeñas piedras y hasta dos paquetitos que se dirían dulces o caramelos. La de Vera completamente vacía, tal si nadie le hubiera puesto la mano encima desde el día que se cerrara y por eso parece también, como diría un librero de viejo, algo fatigada.

La fotografía me ha recordado —y creo que no es la primera vez que lo hago por escrito— un viaje a Venecia con ocasión de la actuación de la ORCAM en la Biennale, creo que en 2004, escribo de memoria, en el que coincidí, y ellos conmigo, con una pareja de amigos queridísimos. Entre concierto y concierto, una mañana, con otro amigo más, decidimos ir a ver el cementerio que, además de los de Stravinsky, acoge los restos nada menos que de Ezra Pound, Leonid Massine —alguien había dejado sobre su nombre un par de zapatillas de ballet— y Joseph Brodski —atendida cada día, como supimos por ella misma, por una admiradora fiel—, con lo que se colmaba de sobra cualquier tentación mitómana y, en el caso de Pound —un casi mínimo rectángulo de granito escondido en la vegetación—, con la reflexión incluida acerca de la vida pública de semejante genio.

El caso es que estuvimos ante las tumbas de Igor y Vera y comprobamos cómo eso que llamamos mal gusto alcanza sin quererlo a quien jamás lo tuvo sino bueno. Sobre la lápida del compositor había flores no ya secas sino viejas, objetos varios y, llamando mucho la atención, uno de eso cirios envueltos en plástico rojo que adornaban muchas capillas y que a veces se ilustraban con una suerte de espantosa calcomanía con el rostro de Jesús. Sabemos que Stravinsky era cristiano ortodoxo, y creyente, como recuerda Téllez, pero seguramente sus huesos dieron un respingo cuando semejante vela se encendió sobre ellos en un alarde de devoción contraproducente. A la vista de la decoración, y no sin que cada uno hiciera su homenaje íntimo al maestro, lo abandonamos con cierta tristeza. Y seguramente también con mala conciencia porque, casi llegando al final del camino hacia la salida, nos miramos y nos preguntamos si en efecto estábamos pensando lo mismo. Y nos respondimos que sí. Compramos unas flores y volvimos sobre nuestros pasos a limpiar la tumba de nuestro admirado. Quitamos un terrible copete de flores de plástico que alguien le había puesto a modo de túmulo con pretensiones, barrimos la lápida con ellas, dejamos bien a la vista las letras de Manzú, pusimos las flores fresquísimas —también a Vera, cuya tumba lucía sin nada, como la de la foto— y nos fuimos felices y contentos, como con la satisfacción de un deber cumplido del que casi nos escaqueamos por pusilánimes.

En algunas fotos de la tumba posteriores a nuestra intervención esta seguía como la dejáramos el cuarteto de españoles que creía hacer historia de la estética funeraria, una nota al pie, muy mínima, en la memorabilia stravinskiana. En la que ilustra el artículo se observa una cierta vuelta a las andadas por parte de esos admiradores que, sin embargo, no dejan de merecerse mostrar su amor al muerto como les de la gana, que para eso han pagado el vaporetto.