La ‘Segunda’ de Furtwängler

WILHELM FURTWÄNGLER
Sinfonía nº 2. Estonian National Symphony Orchestra. Director: Neeme Järvi. CHANDOS (1 CD)
¿Qué hace este disco en mi escritorio? He escuchado las grabaciones del propio Furtwängler de su interminable Segunda sinfonía y la he escuchado interpretada en directo por Daniel Barenboim con la Filarmónica de Berlín, sin salirme de la sala. La obra dedica tres largos cuartos de hora a no ir a ninguna parte.
Furtwängler la compuso en Suiza tras huir de Berlín en enero de 1945, abandonando a sus músicos a un destino desesperado. La obra presenta motivos sobre la fatalidad y el destino muy apreciados por los compositores alemanes, desde Schumann hasta Strauss, alternando masivos ffffs con simulaciones de órgano de iglesia; es decir, todos los trucos del oficio orquestal. Hay algunos tiernos momentos para las maderas en el tercer movimiento.
Lo que echamos de menos en la sinfonía es una razón de ser convincente. Aparte de demostrar que puede imitar a voluntad a Brahms, a Bruckner (sobre todo a Bruckner) a Mahler o a Chaikovski, Furtwängler no tiene nada que decir en uno de los momentos más calamitosos de la historia europea. A pesar de ello, fue incapaz de guardar silencio ante su propia impotencia para articular un discurso musical nítido o profundo.
Entonces, ¿por qué vuelvo a escuchar la Segunda sinfonía? Porque Furtwängler es una figura que ejerce una ilimitada fascinación sobre los aficionados a la dirección de orquesta. Muy pocos han igualado su capacidad para moldear una agrupación sinfónica según su visión, ni su brillantez a la hora de traducir fielmente la letra precisa de una partitura y al mismo tiempo hacerla sonar totalmente diferente a cualquier otra lectura. ¿Cómo demonios lo conseguía? Furtwängler era un director genial. Pero se imaginaba que era también un compositor, entre otros defectos -demasiado- humanos.
Puedo admirar, sin duda, la gran estructura de la obra y la fluidez con la que un tema conduce al siguiente. También me seduce alguna que otra frase dispersa por aquí o por allá. Pero el conjunto es un revoltijo sin demasiado sentido. La Sinfónica Nacional de Estonia es una formación de impresionante calidad y su director, el veterano Neeme Järvi, se lo pasa en grande simulando ser Furtwängler sobre un par de esquís de madera, precipitándose hacia un final incierto. Dudo mucho que vuelva a escucharla.
Norman Lebrecht


