La ‘Primera’ de Furtwängler

La ‘Primera’ de Furtwängler

WILHELM FURTWÄNGLER: Sinfonía n. 1 en Si menor / Württembergische Philharmonie Reutlingen. Dir.: Fawzi Haimor / CPO

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En la primavera de 1943, cuando millones de personas estaban siendo asesinadas en todo el continente europeo, el director más poderoso de Alemania convocó a la Orquesta Filarmónica de Berlín para ensayar una sinfonía que había compuesto en Si menor, su primera. Furtwängler llevaba escribiéndola desde 1908 de forma intermitente, y recientemente había añadido un cuarto movimiento en el que tenía puestas muchas esperanzas. Estas aspiraciones se desvanecieron en la primera lectura. ‘Estoy muy deprimido’, le dijo a su mujer.

De todas las cosas por las que deprimirse en un momento tan oscuro de la historia moderna, una sinfonía se antoja algo relativamente trivial, pero el ego del maestro era tan grande que eclipsaba la mayoría de las cosas que le rodeaban, incluidos los horrores nazis que decidió ignorar. La sinfonía debía ser su billete para la posteridad; durante los ensayos debió caer en la cuenta de que tal viaje no le llevaría más allá de los suburbios.

Furtwängler murió en 1954 y, aunque su culto como director legendario no paró de crecer, su Primera sinfonía no se estrenaría hasta 1991. Poco después se publicaron dos grabaciones, ninguna de ellas convincente. Esperaba algo más de la Württemberg Philharmonie de Reutlingen, dirigida por Fawzi Haimor, en un sello que presta un noble servicio a la música alemana, la grande y la pequeña. La escucha, en todo caso, pronto confirmó mi impresión de que el talento de Furtwängler como compositor era demasiado pequeño, bajo cualquier punto de vista musical.

Si Bruckner se hubiera casado con Mahler y hubiera contratado a Wagner y Brahms como tutores de su rezagado retoño, el infante podría haber garabateado algo parecido a la Sinfonía en Si menor de Furtwängler. La obra, más que compuesta, parece tratarse de un collage que pega en un vasto lienzo de casi noventa minutos temas característicos de otros compositores; cada movimiento se abre con una melodía que uno siente que ha escuchado antes.

El robo al por mayor de tesoros clásicos llega a ser tan flagrante que, a los seis minutos del Adagio, Furtwängler empieza a desgranar fragmentos de la Novena sinfonía de Beethoven, como si no la conociéramos. Vanidad aparte, el compositor se repite a sí mismo (o a otros) una y otra vez hasta que uno se pregunta cómo es posible que un director tan lúcido y atmosférico pueda ser tan sordo e insensible a sus propias emanaciones. Los excelentes músicos de Reutlingen hacen todo lo posible para que la cosa funcione. Las aduladoras notas de presentación son las más confusas que he leído en años.