La eterna canción

La eterna canción

Con ocasión de la muerte de George Steiner se ha resaltado su esfuerzo titánico por mantener vigente el concepto de eso que llamamos alta cultura, para algunos desde posiciones de una exclusividad que ha sido también convenientemente criticada. Una tarea en la que el gran crítico y estudioso de la literatura occidental cada vez se iba encontrando más solo y en la que hallaba pocos pares, si acaso Harold Bloom, que lo había precedido en la marcha al otro mundo —y recibido algún reproche de parecido tenor—  y que hallara su diferencia en una dedicación muy consciente a la literatura contemporánea.

Hoy me encuentro con un viejo artículo del compositor norteamericano Ned Rorem aparecido en The New York Review of Books el 18 de enero de 1968 acerca de la música de los Beatles. Por si algún lector no lo supiera, Rorem cumplirá noventa y siete años el 23 de octubre y poco a poco ha ido recibiendo la consideración que su obra, ecléctica y cercana, merece. Es autor, además, de ensayos sobre música y de un par de excelentes diarios, Lies y Facing the Night.

En ese artículo, The Music of The Beatles, Rorem contaba por qué le gusta el grupo de Liverpool y cuál le parece su papel en la historia de una música condicionada por lo que, para él de manera algo soberbia cuando no ridícula, se denomina, precisamente, la canción de arte, ese término que yo mismo, y no me duelen prendas, he alabado, por ejemplo, cuando lo ha sacado a colación el barítono Christian Gerhaher para explicar su vocación verdadera.

El artículo está disponible en la red y no solamente muestra la apertura de Rorem —que en cierta manera se une sin pretensiones al debate sobre la historia del arte y la historia del gusto— a estilos que no pertenecen al canon de lo que llamamos clásico o contemporáneo sino su actitud —¿quién decide si la puerta debe estar abierta o cerrada?— hacia formas que con toda seguridad le provocan mayor placer que esos conciertos, los pocos a los que iba en aquel entonces, que le hacían pensar si acudir a ellos era “un deber, prestar atención a mi profesión para justificar las alegrías del resentimiento, robar una idea o dos, o simplemente mostrar caridad hacia algún amigo que está en el programa”.

La propia música clásica contemporánea abrió ese hueco antes difícil de prever, marginando un tipo de canción cuya expresión individual acabaría siendo, nada menos, alimento para el jazz y ninguneando desde la cátedra de lo moderno a los compositores de canciones que querían seguir escribiéndolas —es decir aquellos todavía no laminados por la vanguardia de entonces y en los que Rorem se incluye junto a Paul Bowles, Daniel Pinkham, William Flanagan, o David Diamond— desde el muy razonable deseo de hacerlas memorables y cuyo trabajo parecía ir disolviéndose solo. De aquellos se mantienen las obras maestras, los standards, esas melodías que comunican una sensación compartible —Cole Porter en cabeza— y de la canción de arte del siglo XX muy poca cosa. Para Rorem la entrada de los Beatles en el panorama musical —no en el pop sino en la música— se produce a partir de dos principios, la reivindicación del placer corporal —eso que criticara en su día Susan Sontag acerca de lo que ella misma llamó entonces la nueva sensibilidad y que nuestro músico pone en cuestión en su artículo— aunque la emoción no sea garantía objetivable, y la consideración de la belleza como algo no susceptible de manipulación teórica. Para Rorem, el logro de los de Liverpool es la consecución de la buena melodía y hasta de la melodía perfecta y “una canción como Norwegian Wood es, más allá de meramente original, única y memorable”.

Doctores tiene la materia que han explicado y tratarán de explicar los porqués de estas cosas, la razón por la que el canon —por definición excluyente por necesariamente escaso— es tan impermeable a determinadas muestras del genio creador en música, que se manifiestan con la espontaneidad del componer por encima de si la pieza habrá de estar destinada hacia una voz impostada para así tratar de obtener el premio imposible de la posteridad académica o, más fácilmente, el simple olvido. No me cabe duda alguna de que canciones como Like a Rolling Stone, Blackbird, Send in the Clowns, My Funny Valentine, Soleil couchant, Sapore di sale o The Poor Side of Town son obras maestras y que, si fuera más joven —me he quedado en Neil Young, Elvis Costello, Nick Lowe y gente así— añadiría unas cuantas más a la lista. Sobre el concepto de lo grande en arte o en literatura, es algo que todos comprendemos perfectamente con solo recordar a Steiner, quien, por cierto, tanto sabía de la canción de arte y su uso de los textos al modo de lo que la traducción hace con ellos cuando no hay música por medio.  Bloom nos aparece si queremos trasladar el concepto a la lucha por la vida literaria en tiempos más recientes. Y Bourdieu nos pone en situación, naturalmente. Es la eterna cuestión, la eterna canción, que solo el corazón resuelve cuando escucha a ciegas mientras la cabeza agradece no analizar demasiado.