LA CORUÑA / Un ‘Don Carlo’ de altura

LA CORUÑA / Un ‘Don Carlo’ de altura

La Coruña. Teatro Colón. 28-IX-2019. Verdi, Don Carlo. Francesco Pio Galasso, Angela Meade, Carlos Alvarez, Ferruccio Furlanetto, Elena Zhidkova, Luiz-Ottavio Faria. Coro Gaos. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Kamal Khan.

Don Carlo es un título crucial en la producción verdiana. Culmina con Aida, antes que lleguen las dos obras finales, la segunda etapa de madurez que abre la primera versión de Simon Boccanegra, y representa muy bien esa extraordinaria combinación que hace de él el compositor más democrático de la historia de la música y, al mismo tiempo, un extraordinario diseñador de caracteres complejos de la mano de una escritura cuya exquisitez no se le oculta a quien la busca tras de esos gestos aparentemente banales. Es Don Carlo en cualquiera de sus versiones una ópera con muchas cosas dentro que, además, permite que, desde lo falso del planteamiento histórico urdido por Schiller, acabe por funcionar de manera magnífica la trama interior que relaciona a sus personajes no ya entre sí sino consigo mismos.

Conseguir que todo esto aflore adecuadamente, que el oyente llegue a lo más hondo de esa propuesta, requiere una exacta, y motivadora, puesta en pie, una producción escénica de una seriedad conceptual que no siempre se observa en los tiempos que corren. Y eso, naturalmente, cuesta un dinero. Por eso tiene un mérito extraordinario que Amigos de la Ópera de A Coruña haya conseguido sin escenografía alguna —el único elemento accesorio resultó ser el quitamiedos del podio del director, al que se agarraba todo el que pasaba por allí— ofrecer una versión de concierto tan emocionante y tan comprensible de una de las obras maestras de Verdi. Por cierto, no fue mérito menor de los protagonistas del suceso hacer que los espectadores tuviéramos otro horizonte visual, siquiera interior, que el que aportaban las fotos fijas de Montserrat Caballé en los dos primeros actos y Francisco Casanova en los conclusivos y que a gran tamaño se proyectaron, durante toda la representación, detrás de la orquesta.  A su memoria se dedicaba la función. Donde quiera que estén los ilustres fallecidos quizá lo hayan agradecido a su modo pero a quienes creemos menos en la mitomanía —se dice en el programa de mano, se anuncia por megafonía y punto— nos pareció un poco excesivo.

Peccata minuta, en cualquier caso, frente a lo que se nos ofreció en el Teatro Colón, sobresaliente en sus puntos cruciales. Las voces, por ejemplo. Y habría que comenzar por la exhibición de facultades actorales y canoras, de sutileza expresiva, de elegancia admirable en la línea de un Carlos Álvarez en plenitud que dio en su Rodrigo toda una lección magistral de canto verdiano. A su lado, el Filippo II de Ferruccio Furlanetto es el de un viejo maestro de la escena que se las sabe todas, que ha hecho muchas veces de Rey Imprudente, como lo llamara Geoffrey Parker, y cuya voz se mantiene con dignidad frente al evidente paso del tiempo. El vibrato no es aflictivo en ningún momento aunque haya finales de frase que se dejan morir porque eso alivia la tensión, pero se hace con la suficiente inteligencia como para integrarlo con naturalidad en el discurso de un monarca poderoso pero doliente. Hubo a la vez grandeza y conflicto en su Ella chiamai m’amo. Sin embargo, Franceso Pio Galasso no dio la talla en el papel principal y fue lo único que faltó entre sus cantantes para haber hecho de este Don Carlo algo completamente redondo. Era como si jugara en una división inferior en la que no se le hubiera reprochado una línea no siempre estable, un agudo, a veces de cierto brillo, que llega más a golpe de impulso que de pura lógica canora, una voz que resuelve sus carencias de modo demasiado prosaico. Le vino muy bien  que no se ofreciera el acto de Fontainebleau —eso que nos perdimos el resto, pues contiene una música estupenda que nos lleva  a lo que Vincent Godefroy llama “magia shakespeariana”.

Angela Meade, casi siempre pendiente del atril con la partitura —debutaba en el papel—, culminó su excelente Elisabetta di Valois —ella sí hubiera aprovechado “la foresta de Fontainebeau”— con un Tu que le vanità en el que lució técnica impecable culminada en un punto de emoción final que se podía cortar con la espada que antes le habían quitado a su enamorado hijo. Elena Zhidjova es una de las grandes mezzos de hoy, es decir, de un momento en el que nada puede compararse a las Eboli de Verrett o Bumbry, a esos graves verdianos que ella, sin embargo, matiza siempre con inteligencia partiendo de una voz más que suficiente y de una agilidad que le permite salvar cualquier escollo. Estupenda en el bolero, en O don fatale le hubiera venido bien echar un poco más el resto escénico, en lo que superaba con creces a su coronada rival.

Luiz-Ottavio Faria cumplió como Inquisidor a partir de una presencia imponente. Modélico el Fraile de Jeroboam Tejera, como el Tebaldo de María Lueiro, y muy bien Carmenchú Domínguez en la Voce dal cielo y Enrique Alberto Martínez como Conde de Lerma y Un heraldo.

La dirección de Kamal Khan al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia —a destacar la violonchelista Rouslana Prokopenko en su intervención en la gran aria de Filippo II— fue enormemente eficaz y aplicadamente teatral, capaz de otorgar al discurso una tensión que no decayó en ningún momento y que favoreció esa concentración que requiere una versión de concierto. Al Coro Gaos, que había cumplido bien en el Don Giovanni que iniciaba esta temporada, le viene grande el Don Carlo. Aplicado y pundonoroso, le faltó cuerpo, presencia dramática, redondez en unas voces aparentemente jóvenes y en general un tanto blandas. Ahora se trata de aprovechar su evidente margen de mejora.

Un excelente Don Carlo, pues, del que pueden estar orgullosos los Amigos de la Ópera de A Coruña.