Scherzo | CRÍTICAS / LA CORUÑA / 'La forza del destino': se hizo lo que se pudo, por Luis Suñén

LA CORUÑA / ‘La forza del destino’: se hizo lo que se pudo

LA CORUÑA / ‘La forza del destino’: se hizo lo que se pudo

La Coruña. Teatro Colón. 3-IX-2022. Verdi: La forza del destino. Alejandro Baliñas, Angela Meade, Mónica Redondo, Alejandro Roy, Borja Quiza, Ginger Costa-Jackson, Luiz Ottavio Faria, Luis Cansino, Moisés Marín, Gabriel Alonso. Coro y Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Giuseppe Finzi.

La forza del destino es una obra crucial en la producción verdiana, por su situación cronológica en su catálogo pero también por su trabajo de elaboración y, sobre todo, por lo que el paso de la versión inicial estrenada en San Petersburgo en 1862 a la definitiva de la Scala de 1869 —labor en cierto modo similar a la que con idénticos resultados positivos llevaría a cabo con Simon Boccanegra— supuso de reafirmación del camino de madurez ya emprendido de forma irreversible por el compositor de Busetto. Esa misma redacción definitiva es una muestra igualmente del buen hacer de Piave —muy oportunamente ayudado por Ghislanzoni, futuro homólogo en Aida— como libretista bajo el sabio consejo de un Verdi que quería algún muerto menos —dos— que en la obra del Duque de Rivas en que se basa —Don Álvaro o la fuerza del sino—, ese arquetípico drama tardo-romántico español cuyo autor, por cierto, estuvo en la primera madrileña de la ópera, en su versión original, a la que asistió el propio Verdi. El caso es que, finalmente, el libreto funciona estupendamente como pretexto y algo más. Otro acierto del compositor fue no sucumbir a la tentación de llamar a la obra Don Álvaro, como cuando se presentó en La Scala antes de la revisión.

La forza… presenta, además, una suerte de suma de elementos aparentemente dispares pero que se relacionan intrínsecamente desde el título. Así, claro, la diferencia entre lo previsto por el nacimiento de sus protagonistas y lo que la vida les depara, tan lejos de sus expectativas, la evolución de esas mismas vidas en manos de un destino que se diría ciego, tanto como ellos mismos parecen estarlo a la hora de enfrentarse a él. Así Don Álvaro cuando decide al fin batirse con Don Carlos o cuando este resuelve para mal su duda, se diría que hamletiana, lo que, en términos de expresividad canora y actoral, supone uno de los puntos álgidos de la pieza toda. Pero también el contraste entre esos destinos aristocráticos y el de esos soldados que deben armarse de valor aunque no les apetezca nada mientras un buhonero trata de estafarlos, o esas pobres gentes que piden pan a la puerta de un convento: el drama individual, pues, y el colectivo. Todo eso conforma una peculiar obra maestra, quintaesencia del arte de su autor, al mismo tiempo exquisito y popular, si se nos permite la simplificación.

Bien, pues todo esto había que ponerlo en pie, o al menos sentado con cierta prestancia, en la versión de concierto que proponía la Temporada Lírica de A Coruña, partiendo de la base, por añadidura, de que el Teatro Colón no es muy grande y de que en su escenario habría de producirse una sobreabundancia de personal que haría difícil la empresa. Prescindir de la escena es, a veces, ya lo sabemos, una ventaja a la vista de determinados montajes que en nada favorecen la propuesta original. Pero también resulta ingrato ese entrar y salir de los cantantes partitura en mano —todos, en este caso, menos Preciosilla y, claro está, el Cirujano—, aunque algunos parecieran necesitarla más que otros.

Con esos condicionantes, la correcta dirección musical de Giuseppe Finzi resultó más eficaz en lo concertante que sutil en su conjunto. Esta ópera está llena de detalles expresivos desde la magistral obertura, bien dicha pero sin calar suficientemente en la hondura de sus líneas temáticas ni en el dramatismo que conllevan, hasta esas frases de la orquestación —siempre tan precisamente aplicadas por Verdi— que no debieran nunca pasar desapercibidos, lo que no quiere decir que no se manifestaran en ocasiones. Con todo y que la Sinfónica de Galicia hubiera lucido más en otro ámbito, su clase quedó demostrada. Extraordinario Juan Ferrer en su intervención en el arranque del tercer acto, un aria más de la ópera pero para clarinete en lugar de para voz.

Después del estreno en la Scala, en 1863, de la versión original, Verdi le escribía a su amigo Vincenzo Luccardi: “Es cierto que los cantantes en La forza del destino no deben necesariamente saber solfear pero sí deben tener alma y comprender las palabras y exprimir su significado”.  Unas palabras que cobran aún más sentido si las aplicamos a una versión de concierto partitura en mano, muy aceptable en general pero que adoleció por momentos de falta de intensidad, sumidos muchos matices en unas líneas que, sin embargo, en el caso de Verdi, suelen indicarlo todo. Y no confundamos intensidad con volumen, que de este hubo en abundancia, en exceso por momentos, dada, repito, la acústica y las dimensiones del teatro. Demostración palpable fue cómo el Coro de la Sinfónica de Galicia —que estuvo muy bien y que hace pensar en las posibilidades de la nueva etapa que se le abre— quedó en ocasiones tapado por la orquesta en un desequilibrio que Finzi debiera haber tenido en cuenta. Y lo mismo sucedió en los concertantes en los que la parte más potente del reparto se enfrentaba a la menos dotada en tal aspecto, que no menos adecuada a sus papeles. Todo sonó, en general, del forte para arriba y a veces demasiado arriba.

El tenor Alejandro Roy, que hizo un Don Álvaro valiente, arriesgado, de una línea expresiva algo uniforme pero segurísima, tendió siempre a convertir los agudos en una demostración de potencia y no tanto de la vehemencia de donde debieran proceder. Angela Meade hizo una excelente Leonora, como su amante, de escasa expresividad gestual pero sostenida en un canto que sí supo reflejar el drama de su personaje, corriendo bien la voz del agudo al grave y con el acompañamiento de un vibrato característico que no llega a ser inconveniente. Borja Quiza apareció en buena forma en un Don Carlos de Vargas a quien supo dar carácter, por ejemplo en sus dudas citadas más arriba. Ginger Costa-Jackson lució, ella sí, su vena escénica, entre otras cosas porque cantó sin partitura y por eso se pudo mover con gracia en la estrechez que quedaba entre los atriles de los cantantes y el borde del escenario, haciendo una Preziosilla tan creíble como bien cantada. Luiz Ottavio Faria fue un Padre Guardiano con mucho oficio y Luis Cansino un magnífico Fra Melitone —ese papel maravilloso, que suma Mussorgski con el Verdi que habrá de llegar en Falstaff— que pedía con naturalidad la escena. Muy buena impresión la causada por Alejandro Baliñas en su doble papel de Marqués de Calatrava —que más que el padre parecía un hermano pequeño de Leonora, ese que sale en el Duque de Rivas pero no en la ópera— así como por Mónica Redondo como Curra, Moisés Marín como Trabucco y Gabriel Alonso como Cirujano. Finalmente todos, con Finzi, firmaron una versión que remó contra la dura corriente de los límites de espacio, muy digna y suficientemente capaz de, con sus logros y sus defectos, ayudar a confirmar lo grande que es esta ópera verdiana.

Luis Suñén

(Foto: Alfonso Rego)