LA CORUÑA / Estreno nórdico

LA CORUÑA / Estreno nórdico

La CoruñaPalacio de la Ópera. Braum van Sambeek y Steve Harrisswangler, fagots. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Rumon Gamba. Holst, The Perfect Fool / Aho, Doble concierto para fagot y orquesta / Berlioz, Escena de amor de “Romeo y Julieta” / Ravel,  Rapsodia española.

Del variado programa ofrecido por la OSG el pasado fin de semana destacaba, sin duda, para el aficionado más conspicuo, el estreno en España del Doble concierto para dos fagotes y orquesta del finlandés Kalevi Aho (Forssa, 1949), miembro de la magnífica plétora de compositores nórdicos que llevan años proponiendo una música directa, potente, accesible al común de los mortales y que ha encontrado, y con razón, un mercado internacional abierto de par en par a sus creaciones. La relación de Dima Slobodeniouk, el titular de la OSG, con el panorama nórdico —formado en Helsinki, es titular también de la Sinfónica de Lahti— ha contribuido seguramente a que la orquesta haya presentado recientemente obras de Saariaho —una estética, sin embargo, muy diferente—, Lindberg y Fagerlund, con lo cual sus abonados conocen bien ese universo al cual pertenece Aho, por lo demás uno de sus representantes no ya más destacados sino también más fecundos. No en vano ha escrito diecisiete sinfonías y treinta y un conciertos, a los que añadir cinco óperas, canciones, música de cámara y hasta una orquestación de las Canciones y danzas de la muerte de Mussorgski.

El Doble concierto para dos fagotes y orquesta —Aho ya había escrito uno para un solo solista en 2004, otro para contrafagot al año siguiente y, antes, Solo V en 1999— es un encargo del fagotista Braum van Sambeek, el Borletti Buitoni Trust, la Filarmónica de Varsovia, la Sinfónica de Amberes y la Sinfónica de Galicia —lo que da idea de los encajes que hay que hacer para financiar la creación de un compositor absolutamente reconocido; de los que todavía no lo son, ni hablemos—, fue terminado en 2016 y veía en esta sesión su estreno en España. Ni que decir tiene que la obra rezuma por los cuatro costados las características de la madurez de su autor mientras, al mismo tiempo o precisamente por ello, homenajea a la tradición más o menos inmediata. Por ejemplo en la presencia indudable de Sibelius y del paisaje —el arranque en el registro casi onomatopéyico de los dos solistas es toda una escena de la naturaleza que recuerda a su maestro Rautavaara— que se le supone a la música de su país o en la estructura de su movimiento final, un rondó enmascarado en la misma brillantez que envuelve toda la pieza, basada en unas cuantas células que se presentan, se evocan, se repiten y alcanzan siempre una expansión mesurada, especialmente en el Adagio intermedio –casi un dibujo de figura sobre el fondo, de nuevo, de un paisaje- y en el tercer movimiento. Los dos fagotes cantan juntos, dialogan, vuelan, se remansan pero huyendo casi siempre de la visión más asimilada y suave de su función en la orquesta y, casi al final, llegan a esa esperada cadenza que todo concierto clásico atesora. Una partitura, en suma, bien armada y magníficamente escrita por momentos que muestra la sabiduría de su autor pero que, sin embargo, raras veces conmueve  a lo largo de su media hora de duración. Los dos solistas —el holandés Braum van Sambeek y el americano Steve Harrisswangler, principal de la OSG— estuvieron magníficos al mando de un Rumon Gamba que supo sacar todo ese brillo que se impone finalmente a su médula.

El maestro británico es un seguro para cualquier orquesta, dominador, seguro y claro, con un plus, además, de esa gestualidad que suele gustar al público. Su labor, sin embargo, fue irregular. Comenzó con una excelente versión del ballet de The Perfect Fool de Gustav Holst, de 1916 y la única de sus composiciones para la escena —procede de su ópera del mismo título— que vuelve de vez en cuando a las programaciones —para la OSG, por vez primera. En ella está, junto a esa sensación de la mejor música idílica, tan inglesa, alguna reminiscencia de Los planetas y la evidencia de la buena mano del compositor de Cheltenham. En la segunda parte, la escena de amor de Romeo y Julieta de Berlioz fue dicha con trazo demasiado rígido, de manera que la orquesta no voló lo suficiente en música tan maravillosamente arrebatadora. Y algo parecido sucedió en una más bien prosaica Rapsodia española de Ravel que solo alcanzó toda la belleza que lleva dentro en momentos puntuales de Fiesta. Una pena porque esta segunda parte estaba demasiado llena de hermosuras como para negociarlas solo con seguridad. Esta orquesta, que aplaudió a Gamba con afecto, lleva dentro mucho más.