LA CORUÑA / ‘Carmen’ de Bizet-Bieito: Nunca es tarde para un clásico

A Coruña. Palacio de la Ópera. 5-IX-2025. Temporada Lírica de Amigos de la Ópera. Sofija Petrovic. Oreste Cosimo. Jean-Fernand Setti. María José Moreno. Susana García. Irene Zas. Jacobo Rubianes, Pedro Martínez Tapia, Gabriel Alonso. Eduardo Pomares Sainz. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos. Coro Infantil Cantabile. Director musical: Gianluca Martinenghi. Director de escena: Calixto Bieito. Bizet: Carmen.
A pesar de su recepción más bien hostil en su estreno en Perelada en 1999, el montaje que Calixto Bieito firmara de la Carmen de Bizet para el Gran Teatre del Liceu ha devenido un clásico. Es cierto que por algunos detalles muy concretos del primer acto ha pasado el tiempo —un tiempo que se correspondía con una estética paralela sobre todo en el cine— o, mejor, ese tiempo no existe del mismo modo para los espectadores más jóvenes que para los más talludos. Detalles, digo: los deslumbrados desde el primer día podemos caer ahora en la cuenta de que la actitud de los legionarios en ese mismo primer acto no es la de los guardias ociosos a que aludía Bizet y que Bieito lo sabe. Pero eso es peccata minuta ante el derroche de inteligencia teatral que regala todo el espectáculo. Trasladar la taberna de Lillas Pastia o los riscos de la sierra a un espacio vacío en el que, sin embargo, no se echa de menos decorado explícito alguno y, sobre todo, elaborar, a partir del sorprendente derribo del toro de Osborne que ha hecho de paisaje de los contrabandistas un último acto absolutamente genial, es asunto que sólo corresponde a quienes, como Bietio, han nacido para esto y han sabido hacerlo. Ejemplo evidente es ese coro que se dirige al espectador desde el borde de un escenario al que antes ha llegado una bañista con su toalla rojigualda y que marcará con la línea de cal del ruedo ese personaje siniestro que es la muerte borracha.
Un cuarto de siglo ha tardado la lectura de Bieito en llegar a A Coruña —que ya conoció su inolvidable The Rake’s Progress stravinskiano en una de las ediciones del Festival Mozart—, cuyos Amigos de la Ópera, su director artístico Aquiles Machado, han visto que no había mejor ocasión que aprovechar los ciento cincuenta años del estreno de Carmen para salir de una cierta dinámica de alquiler de producciones baratas obligada por mor de un presupuesto escaso. Esta vez se ha optado por una que se ve habitualmente en los mejores teatros de ópera por el mundo adelante y que, a pesar de su edad, sigue funcionando estupendamente.

El problema estuvo, me parece, en que la fuerza de la escena pudiera llevarse por delante la atención a y del foso. Algo de eso ha pasado, un cierto desequilibrio entre la potencia expresiva de la propuesta escénica y la mezcla de timidez y brillantez ocasionales que ha surgido de una orquesta —excelente por cierto la OSG— dirigida por Gianluca Martinenghi —uno de los protagonistas de una rueda de cancelaciones la pasada temporada— sobre la que no ha recaído suficientemente el necesario peso emocional y poético que requiere una partitura primorosa. Ello sucedió claramente en los entreactos primero y segundo —mejor el tercero—, momentos donde la orquesta debe asumir y traducir esa exquisitez bizetiana no exenta de la gracia que se pide en un drama cuyo contexto es la suma del amor, la muerte, la fiesta y la fatalidad. Igualmente quedó demasiado frío el subrayado del final de la ópera, cuando la música debe sonar verdaderamente dramática desde el inicio del último encuentro entre Carmen y Don José.
Las voces han sido en general otro tanto a favor de esta primera función de la temporada Lírica de A Coruña. La serbia Sofija Petrovic, que debutaba en España, es una mezzosoprano de voz oscura —ha recibido clases magistrales de Elena Obraztsova—, una Carmen tendente a lo dramático de su suerte más que a lo aparentemente exultante de su libertad presente, buena actriz, de presencia escénica perfectamente adecuada a su papel y a cómo Bieito imagina a la heroína bizetiana. Resolvió muy bien sus grandes momentos, como la Habanera o la escena de las cartas, y plantó cara a Don José con esa mezcla de arrestos y temor ante el destino que le marcaron desde que aquellas se lo revelaron. El Don José de Oreste Cossimo fue igualmente notable, una voz lírica, bien medida y elegantemente enunciada su La fleur…, con una muy buena caracterización del personaje entre la debilidad y la impotencia. Excelente impresión, pues, la dejada por la pareja protagonista. La cosa bajó con el Escamillo de Jean-Fernand Setti, una voz con volumen pero poco sutil, más tendente a abrirse que a redondear, en contraste con una presencia escénica que casaba bien con el carácter heroico-popular del personaje.
María José Moreno fue una Micaela de antología. Desde su aparición en el primer acto dio la sensación de que estábamos ante una cantante que juega en otra liga. La granadina afincada en A Coruña está en un momento esplendoroso, luciendo unas cualidades que a otras colegas de su quinta les cuesta Dios y ayuda mantener. Facilidad en los registros, un fiato sin mácula, ni una pizca de vibrato y una seguridad que sabe extraer de su consciencia de haberse cuidado como es debido. Simplemente sensacional. Excelentes Susana García como Frasquita e Irene Zas como Mercedes —metidas de lleno en esa estética poligonera a que las somete Bieito— y competente el resto de un reparto en el que figuraban Jacobo Rubianes (Zúñiga), Pedro Martínez Tapia (Morales), Gabriel Alonso (Dancaire) y Eduardo Pomares Sainz (Remendado), así como Laura Alonso (Niña) y Manu Fernández (Lillas Pastia).
Punto y aparte para los coros, que aquí tienen una labor decisiva y sobre los que descansa buena parte de lo que rodea a la esencia del drama. Lo dieron todo el Coro Gaos que dirige Fernando Briones y los niños y niñas del Coro Cantabile de Pablo Carballido, asumiendo con valor y expresividad ese papel fundamental que les corresponde muy principalmente en lo escénico en el último acto. Entendieron a la perfección la idea de Bieito aportando a su funcionalidad una emoción suplementaria en una más que notable prestación canora.
La función comenzó con quince minutos de retraso —las autoridades presentes llegaron tarde, por cierto— y se leyó un texto de salutación de Calixto Bieito. El Palacio de la Ópera se llenó hasta la bandera de un público que respondió con aclamaciones a todo el elenco, incluida la asistente de dirección de escena, Lucía Astigarraga.
Luis Suñén
Fotos: Alfonso Rego


