Scherzo | CRÍTICAS / LA CORUÑA / Bomsori y Víctor Pablo Pérez: virtuosismo y memoria, por Luis Suñén

LA CORUÑA / Bomsori y Víctor Pablo Pérez: virtuosismo y memoria

LA CORUÑA / Bomsori y Víctor Pablo Pérez: virtuosismo y memoria

La Coruña. Palacio de la Ópera. 20-I-2023. Orquesta Sinfónica de Galicia. Bomsori Kim, violín. Director: Víctor Pablo Pérez. Obras de Chaikovski y Shostakovich.

Para entender del todo la Quinta sinfonía de Shostakovich hay que considerar su circunstancia, conocer las condiciones en que se compone y el momento anímico de su autor metido en problemas como tantos de sus compatriotas, compositores o no, intelectuales o no, obreros o no en aquellos años. Tras la prohibición de representar Lady Macbeth y de estrenar la Cuarta sinfonía, es llamado, a principios de 1936, para ser interrogado por un agente del NKVD apellidado Zanchevski que le pide cuentas por su amistad con el detenido mariscal Tukhachevski y que a su vez será depurado a los pocos días de aquel encuentro, cuando el compositor tenía la maleta preparada por si lo detenían. Se lo cuenta Venyamin Basner a Elizabeth Wilson, quien lo recoge en su Shostakovich. A Life Remembered.

Todo esto viene a cuento de cómo en la producción sinfónica de Shostakovich —y en la Quinta en particular— nos encontramos con diferentes niveles de lectura con los que, inevitablemente, tiene que ver el conocimiento de primera mano de los hechos. De los contemporáneos del autor —Rozhdestvenski (que una vez en A Coruña nos explicó cómo determinados pasajes de la Cuarta representan los golpes de los presos en la Lubianka para demostrar que aún estaban vivos), Kondrashin, Barshai— hemos recibido ejemplos impagables. A partir de ellos esa misma realidad pareciera disolverse poco a poco en un olvido que afecta a la entraña de lo que, por descontado, debe ser leído y juzgado como música por encima de todo pero que aquí es esencial a la hora de saber por qué la partitura es como es. Por cierto, según cuenta la citada Elizabeth Wilson, el subtítulo de la Quinta, “Respuesta de un artista soviético a una crítica justa”, no es de Shostakovich, sino que lo acuñó un periodista tras el estreno absoluto en Leningrado en noviembre de 1937. De ahí pasó al programa del estreno en Moscú para, después, aceptarlo como un tal vez útil expediente de admisión de sus ‘errores’ y consiguiente gesto de arrepentimiento.

Con todo eso, pues, hay que fajarse si se quiere obtener un resultado —uno diría que hoy casi imposible por definición, lo que, por otra parte, actúa en contra de la propia partitura— que traduzca todo lo que contiene. Víctor Pablo Pérez, director honorario de la Sinfónica de Galicia —que ha vuelto a servirse de la batuta en una especie de técnica mixta—, ha sido siempre un muy buen traductor de Shostakovich y su Quinta de este fin de semana ha resultado muy convincente. Pérez parece partir de la evidencia de lo que la página ofrece más allá —o más acá— de su circunstancia para, a partir de ahí, establecer un discurso muy coherente que ofrece una evocación suficiente del estado de ánimo de un creador a través de lo que su propia pieza trasluce, moviéndose en equilibrio estable entre la intención y su resultado sonoro. Bien planteado el primer movimiento, un punto falto de ironía el Allegretto, espléndido el Largo y muy bien armado el Allegro non troppo —excelente la transición entre el episodio lento y el inicio de la coda—, la sensación final fue la de que quienes le habían prohibido a Shostakovich la Cuarta habían sido sabiamente engañados por alguien más listo, aunque más miedoso, si cabía, que ellos. Y eso es un logro. Magnífica la orquesta, con una sección de trompas en uno de sus mejores días. Impecable la joven concertino invitada, Raquel Areal. Buena ocasión, pues, para, de paso, sacarse la espina del deficiente Concierto para violín nº 2 —del que sólo se salvó el Allegro final, con Baiba Skride como solista y Thierry Fischer dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, de hace una semana en el mismo escenario.

En la primera parte un nuevo nombre que añadir a la lista de violinistas que la OSG propone esta temporada. Tras el genio único de Kachatrian, la clase prometedora de Comesaña y la vehemencia de Jackiw llega la luminosidad y la frescura de la coreana Bomsori (Daegu, 1989), menuda y ágil, a veces extremando un poco el movimiento en escena, como necesitando sitio. Técnicamente anda sobradísima la artista —recién fichada por DG, aunque aún no haya entrado en la parte del catálogo dedicada al gran repertorio—, que le saca todo lo que tiene a su maravilloso Guarnerius prestado por la Fundación Samsung y la Sociedad Stradivari de Chicago —y es que para eso están los instrumentos de música, no para salir de las vitrinas dos veces al año. Pero, además, es sumamente expresiva sin tratar de ir más allá de las muchas posibilidades que a esa tendencia ofrece Chaikovski en su concierto. Sabe servirse de un virtuosismo a prueba de bomba para que su lectura se adecúe perfectamente a una obra que lo pide a raudales y que seguramente ofrezca más posibilidades a la brillantez que a la indagación, por más que una casi coetánea de Bomsori, Vilde Frang, nos ofreciera hace años una grabación discográfica que pondría en duda tal afirmación.

El acompañamiento de Víctor Pablo Pérez fue excelente, cuidadoso en las dinámicas para que se escuchara bien a la violinista y especialmente atento en ese momento esperado por todos como es la entrada de la orquesta tras la amplia —y magníficamente resuelta por la solista— cadenza del primer movimiento, afortunadamente precedida por una orquesta menos rotunda de lo que suele ser habitual en el pasaje. Como encore, Bomsori siguió deslumbrando al respetable con una preciosa versión del Estudio-capricho, op. 18 nº 4 de Wieniawski.

Luis Suñén