LA CORUÑA / Amanecer

LA CORUÑA / Amanecer

La Coruña. Palacio de la Ópera. 17-I-2020. Lucas y Arthur Jussen, pianos. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Otto Tausk. Obras de Gómez-Chao, Poulenc y Brahms.

Lo más interesante a priori del concierto de este fin de semana de la Sinfónica de Galicia era el estreno absoluto de sol, quizás o nada de Hugo Gómez-Chao (A Coruña, 1995), obra encargo de la Fundación SGAE y la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas, lo que hace pensar en su aparición en los programas de estas en temporadas sucesivas. Gómez-Chao, cofundador del Festival de Música Contemporánea Resis de A Coruña, se ha formado en Madrid con David del Puerto, trabaja actualmente en Graz con Beat Furrer y Clemens Gadenstätter y ha recibido lecciones de Friedrich Haas, Bernhard Lang y Jesús Rueda, lo que si sobre el papel resulta una garantía, revela también, a la vista de los resultados de la obra de estreno, que una buena formación rinde sus frutos.

Y es que sol, quizás o nada es una obra llena de interés, ambiciosa, sin constricción ninguna en lo expresivo, propia de un autor seguro de sí y de su audacia, de sus herramientas técnicas y de la relación entre su mundo propio y la forma de transformar en música sus ideas o sus obsesiones o sus pasiones. Déjenme citarlo de las notas al programa: “En sol, quizás o nada pensé en escribir aquello que no podía oír pero que imaginaba como la aparición de un fantasma, la encarnación o la resurrección de la carne. Un amanecer sobre el mundo que pudiera hacer visible lo que aún no podía oír, que alumbrara ferozmente el mundo y me dejara ser espectador de esa revelación del día”. Nada menos. Y prosigue: “No el amanecer romántico, misterioso y edulcorado; no ese mítico de los dedos de rosa de la Ilíada; sino el amanecer en toda su plenitud, violento y salvaje, traspasando los campos, las aguas y los montes e iluminando ferozmente todo lo que existe”. Naturalmente, en las dos primeras frases está el núcleo de la intención del compositor, un núcleo que nos lleva a cierta literatura extremada y, en algunos de sus ejemplos más gloriosos —Byron, Blake— romántica a pesar de todo. Y en el resto a lo que no quiere hacer, aunque recordemos grandes amaneceres del canon musical: Ravel, Sibelius o Schoenberg, no edulcorados, pienso, plenos pero no feroces, muy bellos en cualquier caso.

Pues bien, Gómez-Chao —que, recordemos, solo tiene veinticinco años— consigue su objetivo casi por completo en una obra de una enorme, por momentos tremenda intensidad en la que el oyente es sometido a una suerte de cataclismo sonoro en el que cada célula, cada pequeño espacio expresivo tiene peso por sí mismo tras el que le ha dado el anterior y hace pertinente lo que sigue, es decir que, dentro de esa aparente crispación, de esa intensidad feroz el orden no se pierde. Y cuando se llega al límite, el segundo episodio de la pieza parece como un respiro de los propios elementos convocados hasta que de nuevo se nos recuerde que aquello es ese amanecer —y más que eso— del principio, volviendo a la atmósfera inicial.

El único problema de una composición que creo que revela a un nombre a seguir con mucha atención es su final, en mi opinión demasiado abrupto, inesperado para quien sigue la pieza con la atención que merece y la emoción que suscita. No hubiera pasado nada porque hubiera sido más larga —ese condicionante injusto y absurdo para lo contemporáneo. Los creadores son reacios, y con razón, a los consejos, pero creo que no le vendría mal a sol, quizás o nada alargar su duración, rematarla, ser, si se quiere, un poco más convencional en ese punto —planteamiento, nudo y desenlace— porque sabemos también que a veces las convenciones, incluso en materia de arte, forman parte de ese sentir común que une a quien escribe y a quien escucha.

Tras el estreno absoluto, otro pero esta vez para la orquesta, el Concierto para dos pianos de Francis Poulenc, esa muestra preciosa de elegancia, hondura sin aspavientos, moderado exotismo y felicidad relativa tan características del autor francés. Los hermanos holandeses Arthur y Lucas Jussen —de magnífica escuela y herederos mediáticos y artísticos de las Labèque— hicieron una versión magistral de la pieza, en su punto justo entre lo íntimo y lo ligero, muy bien acompañados por la OSG y su compatriota Otto Tausk. Como aplaudidísimo encore ofrecieron una paráfrasis de Igor Roma del primer movimiento de la Sinfonía 40 de Mozart.

Ocupaba la segunda parte la Primera Sinfonía de Brahms, una de esas obras en las que el buen aficionado tiene puestas su complacencias y establecida, en cuanto a las versiones escuchadas en su vida, su propia comparativa. Y que por ello hay que hacer muy bien para que la experiencia resulte. Tausk es maestro seguro, de esos que garantizan lecturas cumplidoras. Esta lo fue sin más, con lo que unas cuantas cosas, gestos, matices, subrayados y vuelos se quedaron por un camino perfectamente asfaltado, pero sin paisaje.