La angustia de Beniamino

La angustia de Beniamino

El reputado pianista italiano Beniamino della Tastiera, de gira por España, se levantó aquel día a las 4 de la mañana presa de una rara e incontenible agitación. Había tenido pesadillas por la noche. La tarde anterior había leído en SCHERZO la noticia de que en Oxford iban a revisar los curricula musicales porque se basaban en un predominio de la música blanca occidental, con preferencia en el periodo esclavista, que resultaba dañino para los alumnos de color. Diferentes imágenes habían tomado su sueño al asalto. Primero fueron las de la notación supremacista, donde la blanca valía el doble que la negra, o el triple si llevaba puntillo. Intolerable preminencia que la causó un primer respingo. Luego le asaltó la imagen del teclado de su instrumento, el piano. Y recordó que había en él 88 teclas, de las cuales, ay, 52 eran blancas. El segundo brinco en la cama casi termina con sus huesos en el suelo. Inaceptable desequilibrio a favor del color blanco.

Lo que es peor, recordó que, en algún instrumento pretérito de teclado, la coloración de las teclas era la inversa, predominando las negras. Eso no podía querer decir otra cosa: el perverso supremacismo blanco le había dado la vuelta a la tortilla, probablemente aprovechando ese momento dorado del esclavismo, tal vez con el concurso culpable de algún célebre compositor que ya rezumaba fascismo siglos antes de que se inventara. Della Tastiera estaba a aquellas alturas de la noche sudando a todo meter y con la taquicardia supraventricular a punto de desencadenar una catástrofe.

La cosa empeoró cuando súbitamente recordó algunas partituras que interpretaba habitualmente. Chopin, Debussy, Ligeti… La angustia se tornó falta de aire, y en ese momento decidió llamar a su representante en España, don Celestino Temperado, de la agencia San Antón, no pierdas el son, bien conocida por llevar a muchos otros pianistas, entre ellos, sin ir más lejos, al reconocido griego Kristophoros Tekladopoulos, que recientemente había atribulado con sus dudas tremendas en torno al programa de un recital, al reconocido crítico don Uldarico Calderón de la Semigarrapatea.

Don Celestino Temperado atendió solícito la llamada de su representado (no le quedaba otra, por demás).

– Don Celestino: Dígame…

– Della Tastiera: Celestino, soy yo, necesito ayuda urgente. Estoy que me subo por las paredes, vivo sin vivir en mí, no siento las piernas y todas esas cosas…

– Don Celestino: ¡Caro Beniamino! ¿Qué pasa?

– Della Tastiera (dudando): … es que… no sé cómo decirle… es que el piano tiene 88 teclas y…

– Don Celestino (interrumpiéndole, entre incrédulo e impaciente): Beniamino… son las cuatro de la mañana… hace muchos años que el piano tiene 88 teclas y muchos años que tú lo sabes perfectamente…

– Della Tastiera (interrumpiéndole): sí, sí, claro, pero es que anoche leí lo de Oxford y de repente caí en la cuenta de que… (como temiendo la reacción)… de las 88 teclas, 56 son blancas…

– Don Celestino (dudando si colgar, tomarse un Valium, un whisky doble, ambas cosas o mandar un sicario siciliano a liquidar a Della Tastiera, para finalmente armarse de paciencia, pensando que esto le iba a costar a Beniamino un cinco por ciento más): ¿Y qué? ¡Siempre ha sido así!

– Della Tastiera (cada vez más angustiado): ya, ya, bueno no siempre, en algunos clavecines antiguos era al revés…

– Don Celestino (irritado, buscando el teléfono del sicario…): ¡Válgame Dios! ¿Y quéeeeee?

– Della Tastiera (a punto de salir corriendo): pues que el supremacismo blanco…

– Don Celestino (tras respirar muy hondo y contar hasta tres, como el que acaba de descubrir la pólvora por casualidad, justo cuando estaba a punto de hacer trizas la paciencia y el apellido que la honraba, todo en un acto único): Mira Beniamino, creo que, en efecto, necesitas ayuda. Acabo de caer en la cuenta de que tengo un buen amigo, el eximio Doctor Don Higinio Sanamente Eneldiván, director de la reconocida “Clínica Para los muy, muy nerviosos”, que seguro que puede ayudarte.

Colgaron, y don Celestino se aprestó a llamar al Dr. Sanamente Eneldiván. Concertó una cita para su estimado Beniamino y se dispuso, de paso, a rezarle a San Judas Tadeo, especialista en casos difíciles y desesperados, para el caso de que la labor del doctor no respondiera a sus apellidos.

El Dr. Sanamente apreció la urgencia del caso, y recibió al angustiado Della Tastiera esa misma mañana, sin dilación. Lo hizo justo después de despedir a don Uldarico Calderón de la Semigarrapatea, que había buscado también su auxilio urgente. Della Tastiera, que conocía a don Uldarico, no se pudo reprimir y le preguntó, extrañado, la razón de su presencia al cruzarse con él. El crítico, abrumado, afligido, compungido y acongojado, pasó por alto la indiscreción y se lo confesó: el partido animalista le había denunciado ante la comisión de derechos de los animales.

Alegaban que don Uldarico, no contento con portar un apellido alusivo a ese distinguido representante de los ectoparásitos hematófagos, la garrapata, le había colocado un “semi” delante. El hecho constituía indudablemente un atentado de menosprecio por completo inaceptable en el presente contexto de los derechos de los animales. Al fin y al cabo, la sangre para el que la trabaja, garrapatas unidas vencerán y todas esas cosas.

Don Uldarico era presa de una profunda depresión y había salido de la consulta del Dr. Sanamente con la prescripción de un inhibidor de la recaptación de serotonina, que se traducía en un comportamiento pasota, del estilo de los que enseñaba el gurú Passayá, además de un montón de sesiones de psicoterapia, porque el asunto era grave.

Della Tastiera contempló desolado el preocupado semblante de don Uldarico, y entró, si cabe, más angustiado en la consulta, volviendo a su propia preocupación de inmediato cuando le saludó el doctor.

– Sanamente: Recuéstese en el diván, y cuénteme.

– Della Tastiera (cayendo repentinamente en la cuenta de que los apellidos del doctor no eran casuales): Pues verá Doctor. Es que ayer salió una noticia de que en Oxford iban a revisar los curricula musicales porque consideraban que estaban impregnados del supremacismo blanco occidental, trufado de tintes del periodo esclavista. La perversa combinación llegaba hasta la notación musical, porque la blanca, equivale a dos negras…

– Sanamente (asombrado): ¡Virgen de la Soledad! ¿Qué me dice?

– Della Tastiera: lo que oye. Es más, la blanca con puntillo equivale a tres negras…

– Sanamente (patidifuso): ¡Jesús, María y José!

– Della Tastiera: entenderá mi zozobra. Pero esto es solo el principio…

– Sanamente (crecientemente perplejo): ¡La madre de Dios! ¿En serio?

– Della Tastiera (muy concentrado): Sí. De repente caí en la cuenta de que mi instrumento, el piano, tiene 88 teclas, de las cuales, 56 son blancas…

– Sanamente (decididamente atónito): ¡Cielo santo!, ya lo estoy viendo venir…

– Della Tastiera (claramente agitado, deseando soltarlo todo): Y lo que es peor, es que un par de siglos atrás, algún instrumento familiar indirecto, como el clavecín, tenía con frecuencia los colores al revés, es decir, que las teclas que hoy son blancas en el piano, antes eran negras…

– Sanamente (pasando de la sorpresa a la inquietud): ¡Ave Maria Purísima! ¿Me quiere usted decir que…?

– Della Tastiera: Sí, exacto, lo que está usted pensando. El malvado supremacismo blanco consiguió transformar la supremacía negra en un poderío blanco. Le dieron la vuelta a la tortilla.

– Sanamente (intrigadísimo): ¡La virgen del Carmen! ¿Y quién fue el autor de tan perversa fechoría, si puede saberse?

– Della Tastiera: Pues francamente, no sé, creo que lo debieron ocultar, pero para mí que Mozart y Beethoven tuvieron algo que ver…

– Sanamente (pegando un respingo): ¡Cristo de la sangre! ¿Qué me dice usted, hombre De Dios? Eso no puede ser posible…

– Della Tastiera: Que sí, que sí… es más, luego vinieron compositores fascistas y del Ku Klux Klan.

– Sanamente (aterrado ante la gravedad del cuadro, empezando a valorar si además de la medicación y la psicoterapia, no haría falta un electroshock): ¡Jesús del gran poder! (El Dr. Sanamente era muy religioso y devoto de san Judas Tadeo, algo que ocultaba astutamente porque quedaba mal tener ayuda del santoral en los casos complicados, pero su religiosidad le permitía un repertorio extenso de exclamaciones religiosas).

– Della Tastiera (en plena efervescencia): Si, sí. Fíjese como será que Chopin llegó a componer un estudio (el Op. 10 numero 5) en el que casi solo se tocan las teclas negras…

– Sanamente (respirando un poco, y aliviado de no tener que agotar el repertorio): bueno, pero eso, en el fondo, no es malo, ahí prevalecían…

– Della Tastiera: hombre, depende de cómo se mire… sólo se golpean las negras…

– Sanamente (definitivamente considerando el electroshock y considerando si habría que recurrir además a la lobotomía, despachurrado y recordando que el italiano también venía bien para el caso exclamatorio): ¡Madonna santissima! y ¿hay más?

– Della Tastiera: Sí, porque en contraste con lo anterior, Ligeti tiene otro estudio en el que una mano se centra en las notas blancas (la derecha) y la otra las negras. Me pregunto por qué Chopin no hizo lo mismo…

– Sanamente (contagiado de repente de la intriga): Eso mismo digo yo… ¿por qué?

– Della Tastiera: Pues la verdad, no sé. Quizá Ligeti rechazó de plano ese supremacismo blanco que me está quitando el sueño y decidió restaurar el equilibrio.

– Sanamente (temeroso, haciendo una pregunta de tinte casi retórico para la que esperaba recibir un “no”): ¿Y hay más aún?

– Della Tastiera: me temo que sí. A Debussy le dio por titular una de sus piezas “Le Petit nègre”, imagínese… Y tiene otra que también alude a un muñeco para niños, también negro…

– Sanamente (ya siguiéndole la corriente, justo antes de pasar al diagnóstico y el tratamiento): ¡Virgen de la Macarena!, La cosa es grave, sin duda. (Tratando de recuperar la compostura, y comprobando si el paciente había pensado algún remedio): Y dígame ¿Usted qué cree que hay que hacer en esta tesitura?

– Della Tastiera (un poco desconcertado, pero rehaciéndose tras pensarlo unos segundos): He estado pensando en dejar el piano y toda esa ralea de compositores blancos racistas y fascistas, pasarme a la ocarina y tocar un repertorio variado y popular. Puedo llevar, por poner tres ejemplos, El torito bravo, el Only you y el Kumbayá, todo muy diverso e inclusivo. Incluso puedo bucear en el repertorio chino e hindú… y como propina siempre puedo preparar la jota de El dúo de la Africana, que queda muy castiza.

Sanamente (carraspeando, sin saber muy bien qué decir, pero finalmente decidido a sincerarse): Con franqueza, ay no, con sinceridad, a ver si alguien va a interpretar lo que no es, su decisión me parece un poco radical. Mire (intentando buscar un acercamiento a su paciente), caro Beniamino, si usted se pasa a la ocarina y plantea ese repertorio, le van a contratar para dar conciertos cuando las ranas críen pelo (Della Tastiera estaba hundido en la miseria). Eso sin contar que como a Don Celestino Temperado le digamos lo de la ocarina y lo del Kumbayá, va a tener que cambiar de apellido y probablemente requiera atención urgente porque seguramente le dará un sopitipando del que posiblemente no se recupere ni con desfibrilador. Eso como poco. Es cierto que igual, con una aproximación tan rompedora, inclusiva y diversa, igual se gana una cátedra en Oxford para enseñar Ocarina y Músicas del Mundo… Pero vamos, yo le sugiero un buen inhibidor de la recaptación de serotonina. El Amiplín en cápsulas va de lujo. Todo se la soplará, y, con la adecuada ayuda de psicoterapia (pensando para sus adentros… “y con la colaboración de san Judas Tadeo, que va a tener que hacer horas extras”), podremos conseguir alejar esas preocupaciones de su cabeza y que vuelva usted al piano con el excelso nivel al que nos tiene acostumbrados.

– Della Tastiera, entre compungido, meditabundo y resignado: Lo intentaré porque usted me lo pide doctor, pero eso de las 56 teclas…y lo de Chopin… y lo de Debussy…. y la blanca con puntillo, es que es todo muy fuerte doctor…

En efecto, era muy fuerte. El Dr. Sanamente Eneldiván despidió a su paciente y se fue directo a comer con unos amigos. Habían encargado un arroz negro. La mañanita había sido de aúpa y sólo le faltaba el arroz negro, así que buscó en el bolsillo un antiácido y un comprimido de Amiplín. Todo había empezado por el color de las teclas y de las notas. A dónde íbamos a llegar, señor. Por qué no se habrían contentado los de Oxford en honrar a Newton. Ay claro, que estudió en Cambridge. My Goodness. Estaba en el destino. O quizá en Oxford habían perdido el oremus. Estudiaría qué cátedra podía buscar en Oxford si la cosa se ponía peor. Porque todo apuntaba a que lo haría.