Khatia en el laberinto

Khatia en el laberinto

LABYRINTH: Obras de Morricone, Satie, Chopin, Ligeti, Johann Sebastian Bach, Rachmaninov, Gainsbourg, Villa-Lobos, François Couperin, Brahms, Part, Glass, Domenico Scarlatti, Liszt y Cage / Khatia Buniatishvilli, piano / SONY 19439795772 (1 CD)

Muchos pianistas, antes o después, incluso para empezar, otras veces para despedirse, recurren a la fórmula de la antología de favoritos, de pequeñas piezas que les gustan especialmente, de encores que brindan después de sus programas. Khatia Buniatishvilli digamos que le ha tomado gusto al género, pues lo hace en este disco por segunda vez, después de su Motherland (2014).

Da la sensación por sus palabras acerca de este disco que ahora se trata de una suerte de reflexión, de parada meditabunda en medio de un momento complicado para todos pero también de su éxito personal como pianista: “El laberinto, nuestro destino y creación; nuestro impasse y nuestra liberación; la polifonía de la vida, el sentido, los sueños despertados y el presente olvidado; giros inesperados y esperados de lo dicho o no dicho… El laberinto de nuestra mente”.

Y con ese pretexto bien respetable lo que hace la pianista georgiana en este Labyrinth es una selección de lo que en inglés llamarían highlights de la literatura pianística con algunos toques personales entre los que aparece parte de lo mejor del disco, así el Estudio nº 5 del Libro I de Ligeti, Valsa da Dor de Villa-Lobos, La javanaise de Gainsborough. Muy bueno el Scarlatti —la Sonata K32—, como la Vocalise de Rachmaninov, el Preludio op. 28 nº 4 de Chopin, el Liszt de la Consolación nº 3 o el Brahms de la Op. 118 nº2. Y el Glass o el Pärt o el Morricone. Correctas Les baricades mistérieuses de Couperin. Peores, en mi opinión, los Bach en arreglo o no para piano a cuatro manos con su hermana Gvantsa, un poco fuera de tiesto pero también demasiado cerca para este crítico de la escucha del último disco de Igor Levit.

Quede claro que Khatia Buniatishvilli no es una intérprete que últimamente me haya gustado demasiado en concierto. Su capacidad técnica es evidente, me parece muy respetable su grado de virtuosismo pero creo que hay en ella un punto de exceso algo gratuito, quizá de entrega alegre y confiada que merma la hondura de una expresión que sabe que recibirá de inmediato la respuesta de una parte del público. Pero con esa veta más exterior convive una clase que cuando se expresa adecuadamente no deja de deslumbrar. Este buen disco, que la revela en su aspecto tal vez más íntimo, es un modo de compartir las músicas que le gustan, incluidos los 4’33” de John Cage. Es decir, el silencio también.