Juan Floristán: “Sentarse ante Gershwin es estar entre dos continentes”

Juan Floristán (Sevilla, 1993) me atiende por teléfono desde Nápoles en la mañana del jueves 30 de octubre, justo después de cumplir con su parte de solista en un ensayo general. Por la tarde tocará en el San Carlo las Noches en los Jardines de España de Falla junto a la orquesta del teatro y la batuta de Pablo Mielgo. La próxima semana, Floristán tiene previsto regresar a la temporada de la Orquesta Nacional de España con la Rhapsody in Blue de Gershwin (7, 8 y 9 de noviembre). El pianista sevillano reflexiona para Scherzo sobre su relación con Gershwin y Bartók, la evolución de su carrera, el papel de las redes y la industria discográfica y la importancia de mantener espacios privados en medio de una profesión cada vez más expuesta.
¿Cuál es su relación con esta obra y con Gershwin, un compositor que ha estado siempre muy presente en sus conciertos?
Cierto. He programado mucho sus preludios, y de la obra concertante he tocado las tres que tiene. En Sevilla por ejemplo las he tocado más de una vez: las Variations on “I Got Rhythm”, el Concierto en Fa y la Rhapsody in Blue. La Rhapsody in Blue es la que más veces he tocado y es mi favorita, sin duda. Una de las últimas veces fue en el Colón de Buenos Aires. Para mí es una obra de una inspiración rara, melódica y armónicamente hablando, que se da en momentos puntuales de la historia, incluso dentro del repertorio de un compositor, como cuando escuchas el Cuarto de Beethoven y notas un toque de gracia. La Rhapsody in Blue es así. Siempre la he disfrutado y me ha dado mucho que pensar, porque Gershwin une tradiciones muy distintas: música popular americana, jazz, blues, ragtime, y la música europea de gran orquesta. Sentarse ante Gershwin es estar entre esos dos continentes, y eso me parece muy interesante.
Harán la versión sinfónica, con una orquestación que no es de Gershwin…
No, claro, esta es la versión que orquestó Grofé. El Concierto en Fa sí lo orquestó ya el propio Gershwin. La Rhapsody in Blue la he tocado en las dos instrumentaciones principales: la original, para banda de jazz –con banjo, que es la que hice en Sevilla– y la de gran orquesta, que es la más conocida y más tardía. Para un pianista es muy interesante tocar ambas porque requieren sonoridades y agilidades diferentes. Con la ONE haremos la versión sinfónica que todo el mundo tiene en la cabeza.

Hábleme de su relación con la Orquesta Nacional.
Tengo la suerte de tener una muy buena relación. Llevo tiempo tocando con ellos, sobre todo en giras: Italia, Eslovenia, Colombia y también giras nacionales. La última vez, creo, fue en Murcia. Y en temporada toqué el año pasado el Triple concierto de Martinu, para orquesta de cuerdas y trío, con mi Trío VibrArt. Esta será la primera vez que toco dentro de su temporada de abono a solo. Estoy muy contento.
¿Conocía a la directora Gemma New?
No la conozco personalmente, pero le tenía ya echado el ojo, como quien dice. Es una fantástica directora con una carrera muy potente. Cuando me dijeron que sería con ella, me alegré mucho, porque aunque es neozelandesa la mayor parte de su formación y de su carrera la viene haciendo en Estados Unidos, por lo que el contacto con un compositor como Gershwin lo doy por sentado.
Este año termina el ciclo Bartók en Sevilla. Le quedaba el Segundo Concierto. Su relación con Bartók es también muy intensa.
Me pasa algo parecido a lo que me ocurre con Gershwin, porque Bartók une lo folclórico y lo clásico europeo. Para mí es el gran renovador del piano del siglo XX. Es impresionante cómo hereda la tradición húngara y germano-húngara, sobre todo de Liszt, y la lleva más allá, permitiendo tocar el instrumento de maneras nuevas. Sus tres conciertos son mundos radicalmente diferentes. Es una integral muy variada; cada uno es casi un planeta distinto.
¿Qué planeta es el Segundo Concierto?
Es el Bartók más neoclásico. El Primero es el más vanguardista, cercano a Stravinsky, un poco cubista, como el Stravinsky más experimental, con polirritmia, polimetría y un carácter incluso grotesco, poco tarareable, digamos. Luego Bartók dijo que quería hacer un concierto más sencillo para el oído del público, y así lo hizo. El Segundo tiene ecos del Stravinsky neoclásico, luminosidad, melodías que parecen del pasado… Para el pianista es muy virtuoso: escritura clara, transparente, pero muy de bravura. Para el público y la orquesta es más fácil que el Primero.
Los conciertos de Bartók se programan bastante, pero su música para piano solo no tanto. ¿Por qué?
En realidad, de los tres conciertos, el Primero no se programa casi nunca, el Segundo un poco más, pero no demasiado; el que se programa continuamente es el Tercero, el más romántico. Y la música para piano solo se hace aún menos. Bartók es el típico compositor que cualquier músico te dirá que es grande y siempre visitable, pero para el público no lo es tanto. Hay compositores en los que profesionales y público coinciden –Brahms, Beethoven, Stravinsky incluso– y otros donde hay más división. Y Bartók está ahí. Aunque en realidad él nunca tuvo intención de ser un músico experimental, de laboratorio; buscaba una unión con lo folclórico y con el público. Su música es una música primitiva en el buen sentido: ritmo, melodía… pero algo pasa y al público no siempre le llega.
Se cumplen diez años desde su premio en Santander que le dio notoriedad. ¿En qué momento se encuentra su carrera ahora mismo?
En un momento radicalmente diferente. Aquello era el comienzo, y yo tenía naturalmente un gran desconocimiento sobre la profesión. Esta carrera no tiene un camino claro: cada artista hace el suyo. Hoy soy más consciente de lo que no sabía en 2015 y de lo bien ubicado que me siento, pero también de lo fácil que es sentirse perdido. Cuanto más sabes, más sabes lo que no sabes. Cuanto más conoces tú profesión te das cuenta de lo complejo que puede llegar a ser todo. Y por supuesto nadie imaginaba entonces una pandemia ni la perturbación mundial en el mundo político que vivimos hoy. Así que la carrera se ha hecho aún más complicada.

Ha tenido una formación muy definida: empezó con su madre, luego el encuentro con Leonskaja, los años con Eguiazarova en Madrid, los pasados con Nebolsin en Berlín…
Sí, pero ahí yo tengo que distinguir entre mundo académico, mundo de concursos, mundo musical y mundo profesional. Son esferas que a veces se cruzan, pero no tienen por qué hacerlo. Sigo teniendo muy claro cuáles han sido mis maestros, cuál ha sido mi camino musical, pianístico. Ahí sí que veo una línea muy clara de maduración, maduración, maduración… Eso no ha cambiado desde 2015. Lo veo igual. Lo que cambia es lo profesional, un terreno en el que hay mucho que aprender.
Pues vayamos a lo profesional. Usted ha buscado siempre herramientas para estar presente en la conversación pública: las redes sociales, su canal de YouTube. ¿Qué peso tiene eso ahora?
La importancia la marca el mercado. Como bien dice, son herramientas. Si son fundamentales o prescindibles no lo decidimos quienes nos dedicamos a esto, lo decide el mercado. Lo que yo piense no importa tanto. Los trabajadores, y hablo en sentido amplio, tenemos que adaptarnos. Como ahora mismo con la IA. Da igual lo que uno piense de la IA sentado en su oficina, lo que importa es si me adapto a ese entorno nuevo o no. Ahora que una orquesta grabe y ofrezca sus conciertos por YouTube es algo que se da por hecho. Hace diez años era algo que marcaba la diferencia; hoy, ya no. Y hay instituciones, orquestas, que llegaron tarde. Como solista también tengo que estar alerta: qué hay que hacer, qué es obvio y qué va más allá. Y a veces nadie lo sabe: la industria está siempre mirando quién marca la próxima tendencia. Pasó con TikTok. Mi primer conocimiento de ese mundo era la publicidad invasiva que inundaba mis cuentas de Facebook y de Instagram, una aplicación china, una frikada más, pensaba yo… Pero de repente empezó a marcar tendencia y la gran industria vio que esa era la tendencia y para adelante…
Para la profesión, el mundo del disco siempre ha sido también decisivo. Algo(Ritmo) salió en 2023. ¿Qué impacto ha tenido y qué viene ahora?
Acabamos de hablar de que quizás el que una orquesta ofrezca sus conciertos en YouTube es algo que está bien, pero que ya no es rompedor. ¿Qué le voy a decir del disco? El disco hoy es un elemento puramente publicitario: nadie gana dinero con él; al contrario, cuesta dinero. Pero es una inversión, porque abre puertas. Yo por ejemplo he notado que me han pedido más el repertorio que dejé registrado en Algo(Ritmo). En cualquier caso, necesito enamorarme del proyecto, y ahora mismo ando dándole vueltas a mi próximo disco en solitario. Con VibrArt Trío grabamos ya un nuevo álbum en el Auditorio de Zaragoza, con el Dumky de Dvořák y el Trío en re menor de Mendelssohn. Saldrá el año próximo
Ha trabajado bastante con Alberto Iglesias y se reconoce como un enamorado del cine. ¿Se plantea escribir música para sus propios proyectos?
No. Nunca me lo he planteado. Tengo relación con pianistas de jazz –Moisés Sánchez, Daahoud Salim, Andrés Barrios– y aprendo de ellos para ampliar mi visión en el lenguaje, la armonía, la improvisación… Eso me ayuda a ver la música desde otras perspectivas y a añadir detalles, por ejemplo, en la Rhapsody in Blue. Pero nunca he tenido la tentación ni he sentido la necesidad de escribir música.
Pero el interés por la actuación escénica, por el trabajo de actor no lo ha abandonado…
No, no, con eso sí que sigo. Pero ahí he cambiado. Lo he dejado más en el ámbito privado. Es algo para mí, para mi tiempo libre. Ni hablo de ello ni lo publicito. Es sano apartar ciertas cosas de lo público.
Pablo J. Vayón
Concierto 40 aniversario de la Revista SCHERZO
1 de diciembre de 2025. Auditorio Nacional. Madrid.


