José Iturbi, en esencia

Sony recupera las grabaciones del gran pianista valenciano para RCA Victor en un exhaustivo volumen de 16 CD y un libro cargado de ilustraciones y documentados textos
FROM HOLLYWOOD TO THE WORLD
Grabaciones históricas de José Iturbi y Amparo Iturbi (piano). Consuelo Rubio, soprano. Orquesta Filarmónica de Rochester. Orquesta de Valencia. Orquesta Sinfónica RCA Victor. Orquesta Sinfónica Janssen de Los Ángeles. SONY (16 CD + 1 libro)
José Iturbi (1895-1980) fue el pianista español más universal de su tiempo. Se codeó y tocó con los mejores, de Toscanini y Mengelberg a Rubinstein o Paderewski. Sin embargo, su figura ha quedado desdibujada, devaluada incluso, por su incursión en el próspero cine hollywoodiense de los años 40, con películas, como Levando anclas, en las que siempre hizo de él mismo. Ahora, Sony recupera sus grabaciones para RCA Victor en un exhaustivo volumen cargado de ilustraciones, documentados y detallados textos, un par de ingenuas entrevistas y, lo más importante, 16 CD cuidadosamente reprocesados que suponen el mejor testimonio de la talla pianística y artística del pianista y director de orquesta valenciano. También de la de su hermana Amparo Iturbi, ya que el tesoro incluye, además, la alabada versión integral de Goyescas y El Pelele que grabó Amparo —alumna puntual ella misma de Granados— en 1954, y otras joyas como los Valses nobles y sentimentales de Ravel, La isla alegre de Debussy o, ya con su hermano, la suite En blanco y negro de Debussy, la versión para dos pianos de la Rapsodia en blue o el Concierto para dos pianos y orquesta de Mozart. Es el mejor testimonio de la talla artística de la hermana que siempre estuvo en la sombra.
Los textos del voluminoso álbum repasan la trayectoria y repertorio de José Iturbi desde que sale de Valencia en 1911, con 16 años, para estudiar en el Conservatorio de París, hasta su muerte en Los Ángeles, en 1980. Catedrático en el Conservatorio de Ginebra (en la misma plaza que había ocupado Liszt décadas antes), y en París; solista con las mejores orquestas y directores de la época —de Mengelberg a Toscanini, Stokowski o Erich Kleiber; de la Concertgebouw a Filadelfia o Filarmónica de Nueva York—, y virtuoso que difundió tempranamente el gran repertorio pianístico de su época, su acomodo en el mundo del cine, en 1943, enturbió la peripecia vital de uno de los grandes del teclado de la primera mitad del siglo XX. Comparado en su tiempo con los coetáneos Vladimir Horowitz y Artur Rubinstein, el vínculo era a todas luces desatinado, dado que ninguno de ellos tenía en sus maneras de tocar o expresar apenas más rasgos comunes que el virtuosismo y la capacidad de empatizar con el público. A diferencia de Horowitz —formado en Kíev con Blumental, y ocho años más joven— y de Rubinstein —ocho años mayor, y de raigambre básicamente germánica—, el valenciano atesoraba y aunaba lo mejor de la escuela francesa heredada de su maestro Victor Staub con la tradición clavecinística que había bebido de su también maestra Wanda Landowska.

Detrás de la imagen coloreada de José Iturbi se alza un maestro del piano en blanco y negro, que ya en 1913, con 17 años, se gradúa en el Conservatorio de París con el primer premio, que comparte nada menos que con Robert Casadesus y Marcelle Meyer. Un joven pianista que trata y conoce a lo más granado del París de la época, desde Claude Debussy, a Stravinsky, Falla, Ravel, Dukas o el venerable Gabriel Fauré, cuyo Tema y variaciones op. 73 tocó en el concierto de graduación ante el propio compositor, que presidía el jurado. Fue en este tiempo parisiense donde forjó su colosal repertorio, en el que Scarlatti, Couperin, Rameau, Haendel, Bach, Daquin y otros clavecinistas ocuparon lugar muy remarcable, herencia sin duda del magisterio de Landowska, que marcó su técnica de modo particularísimo y único, basada en una posición de la mano típicamente clavecinística —baja y con los dedos encorvados—, como también en el uso independizado de la pulsación, algo que definió esa sonoridad cristalina, limpia y precisa que distinguió su singular manera de tocar, y que él tuvo la virtud de saber adaptar a los más diversos repertorios.
Casi todo está recogido en este cuidado y sustancioso documento sonoro, imprescindible para cualquier buen melómano o profesional del piano. Pequeños tesoros —valses, mazurcas de Chopin; breves hojas de álbum, páginas sueltas de Albéniz, Granados, Liszt, propias…—, obras concertantes —Primero de Liszt, Concierto en Re menor de Mozart, Tercero de Beethoven, Concierto en sol menor de Mendelssohn—… Siempre tocando y dirigiendo, algo en lo que fue absoluto precursor en su tiempo. Incluso también está representado el Iturbi exclusivamente director, con sendas interpretaciones de la Sinfonía escocesa de Mendelssohn y la Sinfonía del Nuevo Mundo, o varias de música española (Falla, López-Chávarri, Rodrigo…), con la Filarmónica de Rochester (de la que fue titular entre 1936 y 1944), la Sinfónica RCA Victor o la Orquestra de Valencia (titular en 1957 y 1958). Tampoco faltan las Siete canciones populares españolas de Falla, en una peculiar versión cargada de acentos propios, con la soprano Consuelo Rubio, registrada en Londres en 1950.
En todas las grabaciones, fechadas entre los años 30 y 50, brilla el sonido cristalino, preciso y penetrante que tanto distinguió su pianismo, que enaltece un Chopin de muy primera factura. También un pulido Debussy, en el que no faltan las Dos arabescas y la suite Children’s Corner; Mozart y Haydn, y Bach, con una sorprendente y estilizada versión de la Fantasía BWV 906, grabada en 1941. Lástima que, entre tal festín de estilos y obras, no figuren algunas de mayor enjundia que fueron santo y seña en su repertorio, como Iberia de Albéniz, Petrushka de Stravinsky o los Estudios de ejecución transcendental de Liszt. Tampoco figuran otras obras no menos principales de su repertorio, pero que igualmente jamás llevó al disco, como los Estudios sinfónicos de Schumann o las variaciones Haendel y Paganini de Brahms. Con todo, este volumen supone un acontecimiento esencial no solo en el reconocimiento de José Iturbi, sino también en el universo inagotable del piano.
Justo Romero


