JEREZ DE LA FRONTERA / Un ‘Don Giovanni’ metafísico

Jerez de la Frontera. Teatro Villamarta. 29-V-2026. Ramiro Maturana, Rubén Amoretti, María Rey-Joly, Berna Perles, Julián Henao, Alba Chantar, Francisco Bermudo y Julio Nomdedeu. Coro del Teatro Villamarta. Orquesta de Córdoba. Dirección de escena: Marta Eguilior. Dirección musical: Elena Salvatierra. Mozart: Don Giovanni
Tiene mucho mérito que un teatro como el de Jerez, con sus limitaciones presupuestarias, sea capaz de abrochar un Don Giovanni tan redondo en lo escénico, lo vocal y lo musical como el que ha presentado para cerrar su temporada lírica. Marta Eguilior, en esta producción creada para Oviedo en 2022, establece la clásica confrontación/simbiosis entre el Amor y la Muerte. La escena está presidida por la cartela “Omnia Mors Aequat”, “Todo lo iguala la Muerte”. Tres enormes calaveras marcan el espacio escénico en medio de una iluminación nocturna muy matizada que permite disfrutar de las tonalidades cromáticas y del fantasioso vestuario, muy de la marca Eguilior. A destacar el de una Doña Elvira ostensiblemente embarazada, lo que ayuda a explicar la fijación del personaje con Don Giovanni, quien le ha arrebatado la honra y la ha dejado grávida. Mezcla entre aires dieciochescos y fantasía futurista, la vestimenta de los personajes suponía un atractivo visual considerable. Leporello es el fiel perro de presa al que su amo lleva con una cadena, como perros son también los servidores del Averno. La acción transcurre con fluidez y todo es teatro absolutamente. Se prescinde del sexteto conclusivo para cerrar un final de la máxima carga trágica con la caída de Don Giovanni al Infierno, un recurso que fue habitual en el siglo XIX.
La jerezana Elena Salvatierra se graduó con gran nota en su debut en un gran título operístico. Desde la obertura se notó un pulso firme, atento a los acentos (salvo en momentos puntuales, como “Ah, fuggi il traductor”, falto de nervio dramático, mientras que “Mi tradì quell’ alma ingrata” fue demasiado rápido, poniendo en serios problemas respiratorios a Berna Perles). Los números de conjunto, especialmente los dos finales de acto, sonaron con claridad y equilibrio entre la orquesta y las voces, siempre audibles. Todo un lujo contar con una orquesta tan disciplinada y empastada como la de Córdoba, de una transparencia (algo esencial en Mozart) exquisita y con prestaciones individuales de altísima categoría, como la del violonchelo en “Batti, batti, o bel Masetto” y capaz de aportar la carga dramática del final del segundo acto con densidad y brillo al mismo tiempo.
El Don Giovanni de Ramiro Maturana fue un dechado de fuerza dramática y vocal. La voz es de un timbre muy redondo, de barítono más bien central, flexible, con fraseo muy cuidado y proyección más que suficiente, con apropiado uso de reguladores y de medias voces, como quedó palpable en una delicada “Deh, vieni alla finestra”. Pero a la vez supo vestir de rotundidad y garra sus últimos momentos en este mundo. Vistas en la partitura, las partes de Don Giovanni y de Leporello son intercambiables por el rango vocal y, de hecho, muchos son los cantantes que han alternado los personajes. En este caso ha sido un acierto optar por un contraste de color con un bajo auténtico para el servidor, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un Rubén Amoretti que no se sabe si es mejor cantante o actor, dada es su pericia en ambos terrenos. Su aria del catálogo fue modélica, matizada y coloreada y su sonido siempre se imponía sobre el conjunto gracias a su técnica de proyección y su color. María Rey-Joly aportó a Donna Anna toda la carga trágica con la que la visten Mozart y Da Ponte. La voz tiene brillo y anchura y su manera de decir está siempre cargada de sentido dramático y expresivo desde sus primeros compases. En los recitativos orquestales, sobre todo en “Don Ottavio son morta” expresó a la perfección la turbamulta de afectos que pasan por su corazón. Donna Elvira es un personaje frágil y totalmente entregado al recuerdo de Don Giovanni, al que nunca ceja en el empeño en recuperar. Así lo vio Berna Perles en una interpretación llena de delicadez y de lirismo, con una soberbia capacidad de matización del sonido, apianando y abriendo según el sentido del texto y de la situación teatral. La voz de Henao es bella, muy lírica, más apropiada para “Dalla sua pace” que para “Il mio tesoro”, porque el paso al registro de cabeza no está del todo bien resuelto y se apreciaron pérdidas de color. Pero en los momentos más líricos y, sobre todo, en sus diálogos con Donna Anna consiguió un fraseo muy cuidado. Inocente a la vez que sensual, la Zerlina de Alba Chantar fue una pura delicia de principio a fin, con una voz de un brillo diamantino, como unas campanillas y una manera de decir llena de matices. Escucharla frasear palabra a palabra “Vedrai carino” fue comprender la riqueza del personaje. Estupendo también el Masetto de Francisco Bermudo, de voz sobrada de anchura y fuerza. Y, finalmente, el sonido de un auténtico bajo resonante de Julio Nomdedeu, una voz que siempre está fuera, de dicción clara que en la escena final supo imponerse sobre todos los demás. Correcto en sus breves cometidos el Coro del Teatro Villamarta.
Andrés Moreno Mengíbar
Fotografía: Esteban Abión

