JEREZ DE LA FRONTERA / Javier Perianes, abrumador

JEREZ DE LA FRONTERA / Javier Perianes, abrumador

Jerez. Teatro Villamarta. 24-X-2020. Javier Perianes, piano. Obras de Beethoven y Chopin.

Hace ya más de veinte años que seguimos a Javier Perianes, desde que daba sus primeros conciertos en Juventudes Musicales de Sevilla y la sensación después de cada concierto es la misma, la de un artista que se supera a sí mismo año tras año, concierto tras concierto, programa tras programa, disco tras disco. Y siempre pensamos lo mismo: imposible ir más allá en la introspección y en la profundidad del discurso, por no hablar de las posibilidades expresivas del instrumento. Y, no obstante, lo consigue, alcanzando dimensiones galácticas, calificativo que sé que le gustará a alguien capaz de apearse de la Sonata op. 110 de Beethoven y lanzarse a consultar su móvil y regocijarse por la victoria del Real Madrid sobre el Barcelona. Noche redonda, pues.

El Beethoven que surgió ante nosotros en las manos de Perianes es un Beethoven desprendido de todo lo accesorio, esencializado al máximo en su universo de emociones, más allá de la propia fisicidad del sonido y de su producción. Porque el mago del sonido de Nerva es capaz de extraer del piano una infinita gama de colores merced a su prodigioso dominio de las gradaciones dinámicas, con unas inacabables matizaciones por debajo del piano hasta límites inauditos, lo que, unido a su magistral técnica de pedal, le lleva a hacer cantar al instrumento con un soplo de voz, nítido y seductor. Beethoven siembra su discurso a menudo de trampas armónicas y de cambios dinámicos inesperados, como esos subito piano que de golpe agitan nuestra atención en el Allegro final de la Sonata op. 26 y que Perianes resolvió con pasmosa sencillez Los crescendi de la marcha fúnebre fueron graduados al detalle, con una continuidad y una coherencia absolutas. Pero donde Perianes se vació por completo fue en la visionaria op. 110, atacada con poética sutilidad, tejiendo el clima afectivo preciso para presentar los temas más emotivos. Y siempre desde una articulación nítida y clara, sin precipitaciones, permitiendo que cada nota adquiera su entidad sonora independiente dentro de un discurso homogéneo. Nunca sonó con más acongojante angustia el arioso dolente del tercer tiempo, ni más visionario todo el pasaje fugado posterior, un dechado de juegos de dinámicas y pedal.

Entre ambas sonatas beethovenianas y completando un programa que giraba en torno a la despedida y la muerte, la Sonata nº 2 en Si bemol menor op. 35 de Chopin, en la que Perianes hizo un uso inteligente y siempre expresivo del rubato, en conjunción con un sonido expansivo en el Doppio movimento. En el Scherzo puso de manifiesto ese interno tempo de vals que recorre la pieza, especialmente en el trío central. Fue la suya una Marcha fúnebre contenida, doliente, íntima, sin exagerar los ataques en los pasajes en forte centrales. Y no cabe sino quitarse el sombrero ante su manera de frasear ese alucinado Finale, como un borboteo de fuerza contenida a base de octavas y tresillos que en sus manos sonaban como oleadas recurrentes sustentadas en una prodigiosa mano izquierda.