‘Jenůfa en Londres’: Grigorian y Mattila, insuperables

‘Jenůfa en Londres’: Grigorian y Mattila, insuperables

Londres. Royal Opera House. 9-X-2021. Janácek: Jenůfa. Asmik Grigorian, Karita Mattila, Nicky Spence, Saimir Pirgu, Elena Zilio, David Stout. Royal Opera Chorus, Orchestra of the Royal Opera House. Director musical: Henrik Nánási. Director de escena: Claus Guth. Escenografía: Michael Levine. Figurines: Gesine Völlm. Luces: James Farncombe. Coreografía: Teresa Rotemberg.

Tanto en vivo como en reproducción he visto y oído muchas veces esta maravillosa ópera, Jenůfa, que en mi opinión marca un estilo y un código que son los del siglo XX, aunque permaneciera desconocida su posible influencia y su grandeza durante un tiempo. Entre esas veces, no sé si alguna de ellas alcanzó el extraordinario nivel artístico de esta función de Londres. Lo más destacado lo constituyen las actuaciones sobrecogedoras de la armenio-lituana Asmik Grigorian y la finlandesa Karita Mattila. Las voces penetrantes, la capacidad de dar teatralidad a los extremos agudo y grave, los matices que encierran verdad lírica, la autenticidad dramática de la construcción de los personajes; todo esto, y más, hacen que esta Jenůfa sea portentosa. Pero, además, está la orquesta dirigida por el húngaro Henrik Nánási, que crea el mundo amenazador de esta tragedia que comienza poco menos que como una comedia. Los aplausos y el entusiasmo con que Nánási es recibido por el público al disponerse a dirigir el tercer acto hablan por sí mismos. La orquesta da ese Janáček verdadero que está en las células, los desarrollos, los timbres, el cantábile.

Grigorian debutaba en la Royal Opera House, y lo ha hecho, a sus cuarenta años recién cumplidos, con el aspecto de jovencilla y la fuerza que solo se tiene con la madurez. Mattila ha sido Jenůfa en muchas ocasiones, y ahora pasa con toda naturalidad al atormentado papel de la Kostelnicka. Porque Jenůfa es angustia, aparte de amor. Pero Kostelnicka es, desde el segundo acto, tormento. Todo un logro de Mattila, una obra de arte en ella misma. A lo largo de toda la ópera, ambas están siempre en un gran momento, pero en el segundo acto la emoción se dispara. Ahí empieza ese tormento de Kostelnicka, que Mattila desarrolla de manera escalofriante. No puede hablarse de duelo entre ambas, sino de simbiosis, de mutua comprensión en este acto intimista, en el que la intimidad es fuga, escondite, madriguera. Solo están en este acto, el que rompe y enriquece la lógica del primero, los cuatro personajes principales; con la escasa presencia de Števa, la algo más amplia de Laca y el protagonismo total de esas dos mujeres acosadas por una comunidad llena de prejuicios (empezando por los suyos mismos) que conduce a la tragedia. Si ven este montaje, no se cansarán de repetir para Griogorian y Mattila la palabra asombroso. Mas también tenemos un espléndido Laca, en la voz y actuación del tenor escocés Nicky Spence. Todo el reparto está cuidado al máximo, y la dirección de actores es uno de los aspectos que destacan por sí mismos, y no solo porque se deje desear en general en la dirección escénica de tantas otras óperas. Pienso, por ejemplo, en la extraordinaria abuela de Elena Zilio. En el espléndido encargado del molino, papel muy secundario, por David Stout. El tenor italiano de origen albanés Saimir Pirgu crea un Števa al que, es evidente, la dirección de actores ha ajustado a una medida menos histriónica de lo habitual, lo que es de agradecer. El papel del joven Jano no es aquí travestido; Guth considera necesario que sea una muchacha sin disfraz (Yaritza Véliz).

Asmik Grigorian como Jenůfa. © ROH/Tristram Kenton

Claus Guth hace auténtico teatro con esta Jenůfa. Con la escenografía de Michael Levine crea un espacio escueto, austero, pero con sensación de encierro, lo que se nota desde el principio, con esa valla, tapia o verja que confina a los personajes. Lo que culmina en la especie de jaula en que viven las dos mujeres durante su huida del segundo acto. No en vano quedan fuera de ese recinto Jenůfa y Laca cuando caminan, solos, hacia su futuro, en el cierre de la ópera. El realismo de las escenas no folclóricas, en especial el segundo acto, queda matizado por un desmentido de ese realismo mediante una propuesta no sé si expresionista (el expresionismo tiene fecha, pero no sabría ahora improvisar otro concepto), más estilizada, a partir del movimiento de los personajes femeninos que no hablan, que son la aldea, el pueblo, la comunidad.

De nuevo: asombro y extraordinario.

(Foto: Tristram Kenton)

Nota: Puede verse íntegra en YouTube, con muy buenos subtítulos en inglés; pero quedan pocos días. La retiran el 9 de noviembre: