JAÉN / Cantar a Beethoven

JAÉN / Cantar a Beethoven

Jaén. Teatro Infanta Leonor. 31-I y 1-II-2020. Javier Perianes, piano. Real Filharmonía de Galicia. Director: Manuel Hernández Silva. Beethoven, Integral de los conciertos para piano.

Hemos vuelto a escuchar los cinco Conciertos pianísticos beethovenianos de la mano del onubense Javier Perianes, esta vez en compañía de la buena formación santiaguesa dirigida por el venezolano Hernández Silva. Un acontecimiento musical muy notable para la ciudad andaluza, que comienza de esta manera los actos que conducirán a la celebración de la edición número 62 de su Concurso Internacional de piano; que por cierto ganó el propio Perianes en 2001.

Ha sido un feliz reencuentro del artista con la agrupación gallega y con su maestro en esta ocasión: se advirtió desde el principio un entendimiento entre todos ellos, tanto desde el punto de vista de lo que podríamos considerar el engranaje, la correlación de ataques, diálogos, planteamientos rítmicos, respiraciones, como en lo tocante a los criterios estéticos y estilísticos. Desde este punto de vista quizá este acercamiento a las cinco obras haya sido aún más convincente que el que nos ofreciera hace unos meses en Madrid el propio pianista en compañía de la Orquesta Filarmónica de Londres con Juanjo Mena en el podio. Otra de las diversas ocasiones en las que Perianes se ha acercado a la integral.

La colaboración en Jaén ha partido de un enfoque de menor amplitud romántica y ha propuesto soluciones más ancladas en un clasicismo evolucionado, puede que más rigurosas estéticamente, lo que dado oportunidad al solista a brindar su juego de colores y de matices, a exhibir su fraseo bien cincelado y a esclarecer en mayor medida, con una acentuación más estricta y una sonoridad especialmente refinada, el tejido contrapuntístico, la elaboración transparente de los a veces complejos y ricos desarrollos, de manera especial en las obras cuarta y quinta de la colección.

Ha vuelto a poner de relieve Perianes su capacidad para las suaves regulaciones, de aromas, de sutilezas y refinamientos nacidos de un temperamento y de una elegancia innata. Han pasado los años y esas virtudes, que en ocasiones marginaban, o eso parecía, algunos aspectos estructurales o dejaban en un segundo plano la musculatura básica de las obras, orillando pasajeramente los puntos en los que el vigor, la potencia, la energía, la pegada debían dominar el conjunto, se han hecho más presentes gracias a un equilibrio distributivo, una sapiencia formal y una indiscutible claridad en la enunciación.

Pero el artista no ha perdido ninguno de sus valores primigenios, que lo distinguen de otros colegas. En todas sus recreaciones ha brillado, aparte su habilidad para el matiz, una técnica no por poco ostentosa menos reconocible, que le permite realizar, por ejemplo, ataques de singular limpieza y exactitud y trinos de rara perfección, en los que la rápida alternancia de dos semitonos se nos ofrece equilibrada, tersa y cristalina. Lo pudimos apreciar, por ejemplo, en el curso del ciclópeo primer movimiento del Concierto Emperador, abierto con una perfecta introducción, realizada con una limpieza proverbial. La repetición de estribaciones del tema principal, con las que el piano inicia su andadura tras el prólogo orquestal, nos puso en antecedentes de lo que habría de venir. Las impresionantes octavas fueron atacadas sin vacilaciones y la independencia de manos estuvo siempre presente con rara diafanidad.

No faltó ímpetu en el cierre del movimiento, en donde el piano dialogó nítidamente con el tutti. El Adagio ofreció dinámicas muy cuidadas, con unos maravillosos trinos cromáticos que habrían requerido incluso una mayor demora. Nos pareció observar una mínima vacilación poco antes del ataque  del Rondó, donde el teclado voló y diseñó con mucho aire los distintos episodios apoyado por una orquesta vigorosa y cantarina, no exenta en determinados instantes de mordiente y de sonoridades un tanto agrestes, con acordes secos y enjutos. Lo que no perjudicó la confluencia estilística.

Percibimos un juego refinado en el arranque pianístico del Concierto nº 1 tocado de manera estilizada y pimpante, con atención primordial a las impresionantes modulaciones de ese Allegro con brio inicial. Hubo un momento peligroso de desconcentración a causa de un inoportuno fotógrafo, pero el curso se retomó para abordar la cálida cantilena del Largo, en el que se consiguieron instantes verdaderamente incandescentes envueltos en un rubato de libro. Los contratiempos y los momentos sandungueros del Rondó tuvieron un brillo especial y una realización estupenda, solista y orquesta perfectamente ensamblados.

Suave, transparente, haydniana, ligera y amena la interpretación del Concierto nº 2, con unos sforzandi bien subrayados por la clara batuta del director, siempre eficaz, de gesto inteligible, de mímica más sugerente que elegante y que obtuvo en el Adagio magníficos pianos sobre los delicados trinos del teclado. Los mordentes del tema base del Rondo tuvieron clarísima reproducción por parte de solista. En la introducción orquestal del Concierto nº 3 la cuerda nos sonó algo seca y falta de vuelo, lo que también, en este momento como en otros, cabe achacar a la poco reverberante acústica de la sala. Cadencia soberana –como las tocadas en las cinco obras, todas de la mano de Beethoven excepto las del Concierto nº 2-, a excepción de lo que pareció un pequeño traspiés sin importancia. Pero el soliloquio del teclado en el Largo marcó unos de los puntos culminantes de los dos días. En el cierre del Rondó apreciamos ciertas borrosidades en el acompañamiento.

De la obra nº 4 tuvimos una recreación sobresaliente desde la breve y desnuda introducción pianística, con una ejemplar ejecución del complejo desarrollo del Allegro moderato de apertura, en el que tutti, director y solista dialogaron magistralmente. Ligeras vacilaciones en los ataques de los imponentes acordes de las “Furias” en su callado y dramático diálogo con “Orfeo” –de acuerdo con la descripción fantasiosa de algún estudioso- no empañaron la sobria y espartana atmósfera del Andante con moto, que quedó ahí, para el recuerdo. Las calidades de Perianes nos evocaron algunas actuaciones de Maria Joao Pires, tal fue la entraña poética aplicada, en la que orquesta y maestro llegaron a participar casi siempre. Bien el chelo de apoyo en el Rondó, que rubricó una interpretación de altos vuelos y que, como sucedería aún en mayor medida al final de la segunda sesión, destapó el entusiasmo del respetable que ocupaba las 900 localidades del Auditorio. Han empezado con buen pie los festejos que preludian la celebración del Concurso nº 62, que este año como siempre en los tiempos más modernos prepara, diseña, organiza y produce, con todo en su sitio, la Diputación de Jaén.