ITALIA / La Scala en tiempos del coronavirus: espléndida versión de concierto de ‘Aida’

ITALIA / La Scala en tiempos del coronavirus: espléndida versión de concierto de ‘Aida’

Milán. Teatro alla Scala. 12-X-2020. Giuseppe Verdi, Aida (versión de concierto). Saioa Hernández, Anita Rachvelishvili, Francesco Meli, Jongin Park, Roberto Tagliavini. Coro y Orquesta del Teatro alla Scala. Dirección: Riccardo Chailly.

 

La covid 19 está dañando con cierta severidad al mundo de la lírica internacional. Un ejemplo claro lo tenemos en el Teatro alla Scala. La programación para el otoño de este año ha tenido que cambiarse a fondo debido a las restricciones por motivos de seguridad impuestas por las autoridades sanitarias locales y nacionales. El aforo de los teatros de ópera se ha reducido drásticamente y las escenificaciones han sido sustituidas por versiones de concierto.

Los amantes de la lírica deben estar agradecidos de que, pese a todo, el espectáculo continúe, aunque sea a trancas y barrancas. Porque resulta bastante chocante presenciar una Aida en el coliseo milanés en versión de concierto y con el aforo reducido a un tercio de su capacidad. Por muy buena que sea la versión de concierto, se pierde, en este caso, la espectacularidad de las puestas en escena de Franco Zeffirelli y Nicola Benois, o de la más austera de Luca Ronconi y Lauro Pagano Ronconi y la sensación de excitación y expectación propia de las grandes ocasiones y que se masca en el ambiente de una La Scala llena a rebosar, sobre todo en su ruidoso, conocedor y entusiasta paraíso.

La versión elegida por el maestro Chailly fue la que tuvo como definitiva el compositor hasta agosto de 1871. La diferencia respecto de la versión del estreno absoluto, que hoy día se interpreta en todos los teatros del mundo, está en el principio del tercer acto, en el que aparecía originalmente un coro propio de un savant (como dice el propio Verdi) a cuatro voces y en el estilo de Palestrina, que antecedía al recitativo de Aida que lleva a su dueto con Amonasro, y faltaba la bella romanza de la esclava etíope ‘O ciel azzurri’, en el estilo del exotismo musical de la época.

El reparto era importante. Empezando por la soprano madrileña Saioa Hernández, en un momento clara ascensión vocal y artística, que se encuentra, más que en el orto, en la consolidación del brillo de una gran estrella de la lírica. Su registro, más que notablemente homogéneo, es equilibrado en toda su extensión y es difícil inclinarse por los agudos carnosos y plateados o por los graves rotundos y llenos de armónicos, emitidos sul fiato y conservando todo su timbre y redondez. Esta característica, propia de las grandes cantantes, le permite colorear con la voz y, con asombrosa riqueza, hacer evidentes todas las emociones y los claroscuros de los personajes que interpreta, como pudimos comprobar en su extraordinaria Aida.

A su lado, la mezzosoprano georgiana Anita Rachvelishvili no desmereció ni un ápice de la protagonista en su rol de Amneris. Tanto ella como Saioa Hernández conocen la sutil diferencia entre el canto dramático y el de forza. Un momento de fulgores verdianos, tan difíciles de oír en estos tiempos, sucedió durante su gran escena del inicio del cuarto acto en la cual la mezzosoprano georgiana desplegó toda la riqueza de su canto para dar carne y sangre a la celosa hija del rey. Empero, el mejor momento, el de mayor gloria y esplendor, fue su gran dúo con Aida, el cual pareció una competencia (muy conjuntada a la vez) de la esencia misma de una de las cumbres del melodrama verdiano.

Al lado de estas dos grandes damas verdianas, el resto del reparto palideció un tanto, aunque manteniendo en todo momento un alto nivel que se hizo patente en todos los conjuntos de los solistas en los que interviene también el extraordinario coro, así como en los finales de actos cantados al unísono, en los que destacaban por potencia y brillantez las voces de Aida y Amneris.

Entre los roles masculinos destacó el de Ramfis, interpretado con voz potente, oscura, autoritaria y noble por el bajo cantante coreano Jongin Park. A su lado, el bajo Roberto Tagiavini fue un Rey menos imponente y autocrático. Su voz tiene un bello color, aunque tal vez demasiado juvenil para este personaje, que requiere de graves oscuros y resonantes, cosa que sí exhibió en mayor medida Jongin Park.

El tenor lírico -con pequeñas gotas de spinto- Francesco Meli se ha convertido en el tenor de moda en La Scala y favorito de Chailly, y su Radames fue notable pese a las limitaciones de su voz y de su técnica. Se siente en terreno seguro y de lucimiento en los agudos, bien emitidos en forte y fortissimo, aunque sin las deseables resonancias de testa. Cuando tiene que apianar notas agudas, recurre con frecuencia al falsete.

Amartuvshin Enkhbat, barítono mongol que se prodiga últimamente en Italia, cumplió como Amonasro. Es a veces algo tosco y canta, como está de moda, casi siempre en forte. Su registro grave es endeble y no supo dar réplica adecuada en el dueto padre-hija con Aida, otro de los ejemplos de dúos entre genitore e figlia en los que Verdi era un maestro.

Estupendo el resto del reparto vocal, como es obligado en La Scala, sobresaliendo Chiara Isotton como Sacerdotisa.

Tal vez la principal ventaja de las óperas en versión de concierto sea que los cantantes están delante de la orquesta, una circunstancia que, desde el punto de un oído analítico, permite apreciar mejor la calidad de todos los solistas y la conjunción y el equilibrio de planos sonoros de todas las secciones de la orquesta. En estas circunstancias la Orquesta de la Scala tal vez sea la mejor del mundo para el repertorio melodramático italiano, en el que se muestra mucho más convincente que cuando interpreta repertorio sinfónico. Empero, con todos los problemas técnicos que debe afrontar el maestro para el equilibrio sonoro entre escena y foso, la experiencia sonora se acerca más a oír una estupenda grabación en un gran equipo doméstico de Hi Fi de audiófilos (High End ) que a la de presenciar en vivo una ópera en el Teatro alla Scala.

Riccardo Chailly se mostró como el gran verdiano de sus primeros años, conocedor de que, para Verdi, la música operística es muy diferente de la sinfónica.  En consecuencia, los pasajes instrumentales y los numerosos conjuntos de solistas, coro y orquesta resultaron insuperables. Un verdadero festín sonoro de la más puras esencias verdianas.