ISLA CRISTINA / El soberbio Ensemble Insula abrió el Festival Internacional

ISLA CRISTINA / El soberbio Ensemble Insula abrió el Festival Internacional

Isla Cristina. Teatro Horacio Noguera. 3-VIII-2021. Ensemble Insula (Alexander Sitkovetsky y Matjiaz Bogotaj, violines; Danka Nikolic, viola; Valentin Radutiu, violonchelo). Obras de Mozart, Haydn y Beethoven.

No sabemos si es por la crisis epidémica y sus correlatos económicos en sí mismos o porque esta situación esté sirviendo de pretexto más o menos encubierto, la verdad es que los pequeños pero ambiciosos festivales como el de Isla Cristina se están encontrando con la retirada de patrocinadores que en años anteriores aseguraron una programación de alto nivel. Con todo, gracias al apoyo del Ayuntamiento de Isla Cristina, de la Diputación Provincial y de algunos patrocinadores locales, el certamen isleño ha podido alcanzar su quinta edición con un cartel reducido pero ambicioso y brillante, en el que sobresalen las presencias del Cuarteto Quiroga y de este Ensemble Insula que abrió la celebración musical veraniega de esta localidad de la costa onubense.

No es el Ensemble Insula un cuarteto estable al uso, si bien sus integrantes se conocen sobradamente y han tocado juntos en varias ocasiones. A pesar de ello y gracias al elevadísimo nivel de calidad individual de sus integrantes, el cuarteto ofreció un soberbio programa sustentado sobre un sonido sumamente empastado, con homogeneidad en la articulación y en la producción del sonido y una conjunción en ataques, acentos y regulaciones dinámicas extraordinaria.

Abrió el programa el Divertimento KV 137 de Mozart, que fue versionado por el grupo desde el control del sonido y una articulación no excesivamente ligada, con arcos cortos en los momentos más rápidos y con el necesario lirismo contenido en el Andante inicial, deletreado con un fraseo ensoñador muy rococó, podríamos decir. A pesar de la energía en los ataques y acentuaciones del Allegro di molto, la claridad y la transparencia en las texturas fue extraordinaria, con lo que las voces intermedias eran plenamente identificables. Sitkovetsky, espectacular toda la noche por sonido y virtuosismo, aportó ligeras figuras ornamentales y condujo a sus compañeros por la senda de los juegos dinámicos en el Allegro assai final.

El asombroso Cuarteto op. 76 nº 1 de Haydn, un milagro de construcción y de inspiración formal, consiguió una inmejorable interpretación en la que de nuevo hay que señalar la espectacularidad del violín de Sitkovetsky en los complicados pasajes escritos para él por Haydn y, especialmente, la relevancia de la viola de Nikolic, que se erigió en el resto del programa en el verdadero corazón tonal del sonido global merced a la redondez y calidez de su sonido, de perfecta afinación. Sin olvidar la contundencia sonora y la calidez del sonido del chelo de Radutiu. Si el Allegro con spirito se definió mediante juegos con la densidad del sonido, el Adagio sostenuto fue aún más allá, consiguiendo cerrar un momento realmente mágico. Con un fraseo delicado hasta el mínimo detalle, con sonido regulado en infinitas gradaciones y una expresión casi religiosa en la enunciación hímnica del tema principal, el tiempo parecía detenerse y el sonido flotar. El Minuet: Presto empezó con una lección de conjunción en la rápida transición de piano a forte inicial sobre una articulación en staccato, para luego evolucionar a un trío central fraseado alla rustica por un Sitkovetsky saltarín sobre los exactos pizzicati de sus compañeros. Violín primero y violonchelo tuvieron nuevos momentos de lucimiento personal en el último tiempo y a fe que no desaprovecharon el momento para mostrar su maestría.

Y para cerrar, nada menos que el tercero de los Razumovsky de Beethoven. No se lo puso nada fácil el de Bonn a Schuppanzigh en la escritura de la parte del primer violín de este cuarteto, llena de pasajes complicados y de una gran demanda técnica. Sitkovetsky pudo con ello y con sobrados medios y brillantez de sonido, aquí ya más corpóreo y fornido. Junto a sus colegas comenzó con unos inquietantes acordes de séptima regulados en su intensidad con apreciable sentido del dramatismo, como preparando el clima para la transición teatral hacia el Allegro. Radutiu sostuvo todo el segundo tiempo sobre los profundos y resonantes pizzicati, permitiendo que sus compañeros se delectaran en un fraseo sinuoso y cambiante, culminado por una exacta combinación de crescendo y diminuendo al final. El inusual Menuetto fue entendido por el ensemble como una mirada nostálgica al pasado dieciochesco, con un fraseo lánguido y dulce, en contraste con un trío más saltarín. Y faltaba el impactante final fugado con el que Beethoven cumplió el encargo del embajador ruso y que en este caso tuvo una espectacular realización en la que todos los músicos pudieron lucir su maestría, tanto individual en sus sucesivas entradas como en lo colectivo, con claridad en la conducción de las voces y densidad global en momentos como la stretta que condujo a un final apabullante.

(Foto: José Manuel Crenes)