Inútiles sobras del abismo

Inútiles sobras del abismo

Más conocidas que las dotes vocales de Montale fueron las de Maxim Gorki, cuya voz de bajo alababa su amigo Chaliapin. Gorki editó unos retratos que, con el nombre de Vida de las personas ilustres, hablaban de los hijos de la tierra y corazones nobles que produce cada pueblo, e incluía a Tolstoi, Chejov, Esenin, Korolenko, Lenin, Maiaskovski o Feodor Chaliapin, algunos entre sí tan dispares.

El gran poeta genovés Eugenio Montale desarrolló dos actividades paralelas a la escritura. Por un lado, pintaba cuadros al pastel que él mismo tildó de primitivos e ingenuos, en los que el verdor de la naturaleza era veces el sujeto. Por otro, quería ser cantante, su vocación primera, y educó con estudios una voz de barítono. Sobre la misma no es fácil ser específico, pero, según el maestro de canto Francisco Gutiérrez, era un material apto para el canto lírico. En su rostro, vagamente tittaruffesco, destaca la opulencia de los pómulos, siempre tan buenos centros de resonancia. Melómano temprano, no es casualidad que ejerciera la crítica musical en el Corriere della Sera. Más novedoso es que un periodista musical, que además cantaba, fuera distinguido en 1975 con el Premio Nobel de Literatura. También Romain Rolland, novelista y musicólogo, lo ganó, aunque esta decisión de la Academia Sueca perjudicó las opciones de Galdós que, tras el paréntesis bélico, ya no lo obtendría.

Del ese año es la traducción al castellano de Lejos de casa, que recoge artículos de viaje. Esta rareza bibliográfica contiene textos como Visita a Brancusi, el más desasosegante, o La condesa de Sarre, a quien veía el poeta en la Universidad de Ginebra o los conciertos de Ansermet. Léase la sutileza de Montale al describirla: “No tiene los ojos de miope que esperaba ver y lee sin gafas o sin lupa. Tiene unos ojos azules que ven muy bien, aunque por desgracia sólo en una franja de espacio horizontal, muy restringida, ni más abajo ni más arriba de unos pocos centímetros. Sólo ve los ojos del interlocutor que tiene sentado enfrente; lo demás permanece oscuro. Una cinta de luz la circunda, la guía; dentro de esa cinta puede hacer entrar a retazos, a destellos, fragmentariamente, todo el mundo que la rodea. Vive en una prisión con un tragaluz luminoso. Pero puede mover esta prisión”.

Buen entrevistador, sostiene un vivaz diálogo con Georges Pompidou, sobre una antología poética francesa del presidente, que editó Hachette durante su mandato. El autor de Ossi di sepia le reconoce una libertad crítica fuera de lo común; Pompidou le confía que, por encima de las modas, el suyo es un libro de preferencias. ¿Se imaginan un trabajo similar de Pepu Hernández, Pedro Sánchez o Almeida sobre la Generación del 27? No tienen un minuto libre, y aunque lo tuvieran no sabrían cómo emplearlo.

Siguiendo la estela de Stravinky, la espléndida crónica final del libro, lo es del estreno mundial, en 1951, de su ópera The rake progress. Alojado junto a un canal hormigueante, nos cuenta que el compositor, gran hipocondríaco, llegó a Venecia acompañado por su familia y el médico de confianza. También que el libreto, leído antes, acaso contenga los mejores versos de Auden. ¿Cuántos años hace que no se tejía una tela de araña tan perfecta?, se pregunta, y tararea con notas inventadas una estrofa sobre Tom Rakewell y la mujer barbuda.

El médico le sugiere abordar al pintor Teodor Stravinsky, hijo del músico, quien revela la religiosidad de su padre, de adhesión ortodoxa, aunque interesado en la fe católica. Más tarde, acude al ensayo general de Rake progress y pondera el oficio de Leitner; un día después dirigirá el propio Stravinsky. Se muestra cauto sobre el valor de la nueva música, pero no deja de celebrar que al fin una ópera contenga papeles para los cantantes. No obstante, tras el estreno la califica como “un delicioso trabajo de ebanista, que tira como una pipa Dunhill de vieja raíz”. También cree acertada la supresión de un gran aparato sinfónico, en favor de su construcción como una sonata de cámara. Y añade que es música camaleónica, en el sentido de que toma el color de sus ideas sin quedar prisionera de ellas. El músico degusta el triunfo de su nueva obra, saludando desde el escenario con saltos parejos a los de un muñeco de goma. Al dejar La Fenice, el alcalde ofrece un vermut a la intelectualidad que ha viajado desde lejos para conocer el Libertino. Montale puede cruzar al fin unas palabras con Stravinsky, pero no le sorprende su sencillez.

Cuando es él mismo el entrevistado, se refiere a sus poemas de juventud y también de su etapa senil. Tajante, afirma que no existe en el hombre un verdadero anhelo de libertad, de ahí el ascenso del fascismo. Walter Mauro y Elena Clementelli, autores de Los intelectuales frente al poder, que contiene entrevistas con Böhl, Neruda, Sartre, García Márquez, Gombrowicz o Moravia, al presentar a Montale aluden a su temprana vocación por el canto, añadiendo: “Lo saben bien los inquilinos de Vía Bigi, de Milán. Cuando se traduce en versos, conserva intacta una carga sonora que casi parece abstraer y aislar”. A este hermetismo, cuando es Montale quien recita, se une un suave temblor que le confiere cierto patetismo, como sucedía con Eluard. Rompe entonces en decasílabos náuticos, llenos de melancolía y añoranza de la niñez, que sondean “la solemne admonición del aliento del mar”. La música circunda con su aureola las palabras, y esa sonoridad la destaca Edward O´Neil, musicógrafo cuyos méritos el propio Eugenio ensalza. En la voz expresiva de Tomás Galindo, Mediterráneo evoca la vida como un frágil junco que la mar engullirá entre estrellas, corchos o algas, como inútiles sobras de su abismo.