Intimidades de Martinů y Kaprálová

MARTINU: Cuartetos de cuerda nos. 2, 3, 5 y 7. Pavel Haas Quartet. SUPRAPHON (1 CD)
SPARKS FROM ASHES: Canciones de Kaprálová, Dvorák, Bartók y Kricka. Nicky Spence, tenor. Dylan Perez, piano. CHANDOS (1 CD)
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No es habitual tener la oportunidad de reseñar grabaciones de dos compositores que se acostaron juntos, de modo que voy a aprovecharla con ambas manos. En 1938, el compositor checo Bohuslav Martinu vivía en París, contemplando en la distancia la desaparición de su país. Su esposa Charlotte, una costurera francesa, era la encargada de traer a casa los medios de subsistencia.
Entonces apareció la hija de un amigo, Vítězslava Kaprálová, que quería recibir clases del gran compositor. Tenía 22 años y ya había actuado junto a Rafael Kubelik y la Filarmónica Checa. Al poco tiempo se convirtieron en amantes, pero ella no tardó en dejarlo por un hombre de su misma edad, el periodista Jiri Mucha. Poco después, los Martinu se mudaron a los Estados Unidos. Kaprálová murió a los 25 años en un hospital provincial francés.
El quinto cuarteto de cuerda de Martinu, contemporáneo de su romance, es sombrío hasta lo siniestro, lleno de golpes cortos de arco y cuerdas pellizcadas, con un final realmente apocalíptico. En comparación con los cuartetos segundo, tercero y séptimo de este álbum, es dolorosamente introspectivo y carece por completo de las melodías checas a las que Martinu recurría en busca de apoyo moral. Este estado de ánimo inusualmente oscuro de Martinu es plasmado con apasionante veracidad por el impecable y excelente Cuarteto Pavel Haas. Si el quinto cuarteto le despierta pensamientos suicidas, ponga inmediatamente el séptimo para recuperar el ánimo.
Las canciones de Kaprálová, que nunca había escuchado antes, son interpretadas en un checo impecable por el tenor escocés Nicky Spence, especialista en los antihéroes operísticos de Janáček. Hay mucho de Janáček en Kaprálová, pero también una vivacidad propia de una joven artista al borde del éxito. Su oda Despedida, de apenas seis minutos de duración, escrita en 1937 y dirigida a su Praga natal, es profundamente conmovedora. Más romántica es la pieza Chispas de las cenizas, de 1933. Spence, acompañado por el pianista Dylan Perez, parece encontrarse en su elemento. Sus dinámicas, que van desde el susurro hasta el grito, son realmente fenomenales.
El resto del recital está integrado por canciones de Dvorák, Bartók y Kricka. ¿Podría algún compositor checo haber soñado que alguna vez serían tan magistralmente interpretadas?
Norman Lebrecht


