Ileana Cotrubas: sentido y sensibilidad (1939-2026)

Con la muerte de la soprano rumana Ileana Cotrubas desaparece una de las cantantes más exquisitas de la segunda mitad del siglo XX. Empezó muy pronto a emitir la voz con sentido. Con 9 años ya producía agradables y afinados sonidos como miembro del Coro de niños de la Ópera Nacional de Bucarest interviniendo en funciones muy significativas de La bohème, Tosca o Carmen. El arte, todavía parvo, la natural sabiduría de la emisión, los llevaba en las venas. Fue perfeccionándose con los consejos de Constantin Stroescu. Con 25 años debutaba en Bucarest en el papel de Yniold de Pelléas et Mélisande de Debussy.
Muy pronto acumuló premios de canto: el Enesco de Bucarest en 1964, el Hertogenbosch en 1965, el de la Radiodifusión de Múnich en 1966. Siguió su formación en Viena tras adherirse a la Ópera de Bucarest. Siguió su formación en Viena tras adherirse a la Ópera de Bucarest. El Teatro de la Moneda de Bruselas la acogió con Constanze de El rapto en el serrallo, su primer gran papel, y como Pamina en La flauta mágica, ambas de Mozart, un compositor que marcaría buena parte de su carrera y con el que, sobre todo al principio, mantenía una gran afinidad. El repertorio se ampliaría poco a poco. Con la voz más redonda y una emisión de sorprendente amplitud desembarcaría en la exquisita parte de Mélisande, que parecía escrita expresamente para ella. Como si Debussy la hubiera presentido.
Quizá a Mozart le sucedió lo mismo cuando escribió la parte de Susanna de Las bodas de Fígaro, que interpretaría con frecuencia. La carrera estaba lanzada. Cantó mucho en Frankfurt entre 1968 y 1971. Ya en 1986 la encontramos en el San Carlo de Nápoles como Amelia en Simon Boccanegra. Al año siguiente apareció en Montecarlo como Alice Ford del Falstaff verdiano. En La Scala había debutado en 1974; año en el que defendió en el Liceo de Barcelona el cometido de Desdemona del Otello de Verdi. Fue frecuente huésped del Covent Garden a partir de 1971 (Tatiana de Eugenio Oneguin de Chaikovski). Por supuesto que pisaría repetidas veces el escenario de la Ópera de Viena, donde había debutado como Pamina en 1969.
Chicago le abrió sus puertas en 1973. Allí interpretó numerosos personajes: Mimì, Norina, Euridice (de Gluck), Traviata y Gilda. París la recibió en el papel de Manon de Massenet. Debutó en el Met neoyorkino en Mimì y causó sensación su Violetta. Curioso su desembarco en 1984 como Ninetta en La gazza ladra de Rossini. Lisboa, Ámsterdam, Berlín, Hamburgo fueron escalas habituales. El Maggio musicale florentino la contempló en 1989 como Mélisande. En sus últimos años se dedicó particularmente a dar recitales y a intervenir en oratorios. Y, por supuesto, a impartir sus sabias enseñanzas. Las propias de una artista veterana y muy completa, que se lo sabía casi todo en lo que se refiere al arte canoro.
No era la voz de Cotrubas especialmente bella, dotada de unos armónicos espectaculares, de una extensión fuera de serie, de una tersura inusitada. Pero era un instrumento bien ahormado, bien educado y bien apoyado. En sus comienzos podríamos colocarlo en el ámbito de la lírico-ligeras, pero con el tiempo fue ampliando su radio de acción. Gracias a una emisión muy canónica, a una musicalidad innata y a un reforzamiento progresivo de los resonadores alcanzó a servir sin especiales problemas papeles propios de una lírica y de una lírica rozando lo lírico-spinto. Esto último no por la naturaleza del sonido, sino por la habilidad para regularlo, proyectarlo, depurarlo.
Había en su canto mil y un matices, luces cambiantes, expresión y una palpable humanidad. Nos llegaba cálido y efusivo. Recordamos una Mimì madrileña en el Teatro de la Zarzuela en el año 1980 en compañía de un joven José María Carreras. Otorgó a la modistilla singulares luces; una atractiva fragilidad gracias a los claroscuros y a las técnicas de ataque y respiración. Brindó una Sì. Mi chiamano Mimi de excepción. La suya era sin duda una voz singular, capaz, pese a la relativa falta de peso, de dar en la diana con el arduo personaje de Violetta de Traviata (que grabó junto a Domingo).
El personaje, ya se sabe, vive una tragedia y se retrata en la frase declamada y desgarradora. No es la belleza del sonido lo que debe contar, por tanto, de manera primordial. Así lo entendía el compositor, que estaba encantado con la interpretación de Marietta Piccolomini, la creadora, “voz pequeña pero gran talento”. En La traviata es fundamental el recitado dramático, la declamación musical, la expresividad a flor de piel, los “gritos del corazón y palabras de todos los días, espasmos y sollozos en lugar de las esperadas gracias”, como explicaba André Tubeuf. De ahí que podamos preferir en muchos casos voces que llamaríamos imperfectas, de tímbrica discutible, incluso desiguales, para que den en la diana del corazón del atribulado personaje. Voces como las de Maria Cebotari, Maria Callas, Raina Kabaivanska, Renata Scotto… o Ileana Cotrubas. De esas que, aunque no venzan tampoco siempre con perfección las exigencias de virtuosismo vocal, son capaces de sobrecogernos por la fuerza de su dicción y el fuego de su canto.
Era lógico que Cotrubas, que además era una voz especialmente microfónica, grabara mucho y bien. He aquí un pequeñísimo resumen: La fedeltà premiata de Haydn, Così fan tutte y Mitridate de Mozart (Phillips); Pescadores de perlas de Bizet, Manon de Massenet (HMV); La Calisto de Cavalli, Bodas de Fígaro de Mozart (Decca); Rigoletto, La Traviata de Verdi, Miridate de Mozart, Carmen de Bizet (DG); Flauta mágica de Mozart (RCA); Rinaldo de Haendel (Sony). Alan Blyth escribió una biografía en 1976 (Opera).
Arturo Reverter


